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Por fin. Después de más de 50 años de enemistad, suspicacias y tensiones, el gobierno de Estados Unidos empezará a normalizar sus relaciones con Cuba.
El presidente Obama hizo el sorpresivo anuncio hace dos días, y mientras se oía el suspiro de alivio de millones de seres sensatos, a la vez se oían los lamentos de los sectores más reaccionarios, los que quisieran ver a una nación de 11 millones doblegada por un bloqueo económico que ha sido un fracaso y una ignominia colosal.
Hay pocos temas más delicados que el de Cuba. Cada vez que surgen en una mesa las posiciones, que ya están tomadas de antemano, se ventilan con pasión y vehemencia, y, peor aún, sin la menor posibilidad de cambios o ajustes. En este tema, como en pocos otros, la gente en realidad no desea buscar la verdad mediante el diálogo, sino defender una tesis y negar la contraria. Por eso casi nunca se llega a un punto de acuerdo.
Ahora eso va a cambiar. Las nuevas medidas anunciadas por Obama por fin conducirán a lo que el bloqueo y la política exterior de Estados Unidos se propusieron, al menos en teoría, desde el comienzo: el fin del régimen comunista. Si algo demuestra la historia reciente, como sucedió con la caída del muro de Berlín, es que lo que más representa una amenaza para este tipo de gobierno antidemocrático no es el aislamiento y el rechazo internacional, sino la apertura y el ingreso al concierto de naciones del mundo. Más aún, al igual que sucedió durante la Guerra Fría a lo largo de décadas, esa política tan ciega produce un efecto contrario: ofrece un arsenal de argumentos al represor, una excusa perfecta para perpetuar el régimen y aplazar la llegada de la democracia, una disculpa repetida para justificar la tiranía, amordazar la crítica y silenciar la libertad de expresión, prohibir la existencia de sindicatos e impedir la libre reunión, y así los dictadores se mantienen aferrados al poder. Al igual que fue la glasnost de Gorbachov lo que más contribuyó a agrietar el muro de Berlín, esta nueva era de relaciones diplomáticas, comerciales y sociales entre EE. UU. y Cuba llevará a que la democracia, eventualmente, triunfe en la isla.
La decisión de Obama es de una trascendencia sólo comparable al viaje de Nixon a la China en 1972. Porque si algo demuestra la inútil, costosa e inhumana política de EE. UU. hacia Cuba, es cómo un grupo organizado, por pequeño que sea, logra imponer su agenda y trazar la política exterior de toda una nación. Desde hace años la mayor parte de Estados Unidos se opone a esta política del gobierno, pero es una mayoría silenciosa, que no se organiza o expresa ni hace donaciones a campañas electorales. En cambio, la comunidad cubana del exilio sí se organiza, invierte dinero y se manifiesta cada vez que puede. El resultado es que esa minoría prevalece sobre la mayoría y termina imponiendo sus ideas en la agenda nacional. Eso también va a cambiar con este anuncio.
Es irónico. Quienes se oponen a la decisión de Obama opinan que sin reformas democráticas primero, no se debería premiar el gobierno de los Castro. Llevan más de 50 años diciendo eso y lo único que ha logrado es agravar la crisis. Más bien es al revés: esta valiente decisión de Obama seguramente conducirá a las reformas democráticas. Y bien se sabe cuánto las necesita el pueblo cubano.