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Odio a los indiferentes

Aldo Civico
16 de diciembre de 2014 – 10:00 p. m.

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Odio a los indiferentes. Hace algunos días recordé esta frase del filósofo italiano Antonio Gramsci, mientras participaba en Medellín en un foro sobre memoria y derechos humanos. En particular, pensaba en la indiferencia de la política.

Las periferias de Medellín, al igual que en las zonas marginales del resto del país, territorios principalmente marcados por la violencia y que los grupos ilegales, al igual que la fuerza pública, han convertido en espacios de muerte y de terror, se han convertido, al mismo tiempo, en espacios de resistencia, en donde se ha practicado una ética de la vida y de la libertad contraria a una cultura de opresión, explotación y muerte.

Caminando por las laderas de la zona nororiental de Medellín, Marta Marulanda, con sencillez y en un tono sosegado, pero al mismo tiempo firme, me contó de sus 42 años de compromiso trabajando por su comunidad, que fue abatida durante décadas por la violencia. A pesar de que Marta ha sido varias veces, y en distintas épocas, objetivo militar de los paramilitares, las milicias y hasta de la fuerza pública, ha persistido en su lucha y en su compromiso, negándose a someterse a la arrogancia de las armas, renunciando incluso al ofrecimiento de asilo político que le hicieron hace un tiempo.

La historia de Marta es una historia de coraje. Hay muchas Martas en Medellín y alrededor del país: ellas representan los pilares que han permitido que Colombia no sucumba.

Pero, al coraje de líderes como Marta no ha correspondido el coraje de la política y de sus representantes. Por el contrario: el coraje de las comunidades y de sus líderes ha sido, con muy pocas excepciones, acogido con indiferencia, quizás porqué la política fue, y a veces sigue siendo, aliada de los opresores y los violentos, o porque simplemente fue y sigue siendo cobarde.

Además, al indiferente, las historias de compromiso y de resistencia, así como las verdades que contienen, le provocan gran irritación, porque le gustaría pasar por lo alto las consecuencias de su indiferencia, y negar su corresponsabilidad en la producción de una historia de opresión.

Me llegan a la mente varios ejemplos recientes. La cobarde actitud de no intervención de la ministra Gina Parody frente al caso del suicidio de Sergio Urrego. El silencio cómplice de los altos mandos de la Policía frente a los abusos de sus mismos oficiales, como en el caso del grafitero Diego Felipe Becerra. O la abominable falta de acción por parte de la Fiscalía en la muerte del joven Juan David Guardo Martínez a manos del coronel Gustavo Chavarro. O el silencio del alcalde de Medellín Aníbal Gaviria, frente a las batidas ilegales del ejercito, además que frente al reclutamiento forzado de menores y jóvenes por parte de grupos mafiosos y armados.

Odio a los indiferentes, decía Gramsci, porque la indiferencia es abulia, parasitismo, cobardía, no es vida. La indiferencia es el peso muerto de la historia. Por el contrario, ejemplos como el de Marta nos recuerdan que quienes viven de verdad no pueden no ser ciudadanos, y deben decidir de qué lado están.

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