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Un encuentro con ‘Pablo Catatumbo’

María Elvira Bonilla
14 de diciembre de 2014 – 09:00 p. m.

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El escenario no podía ser mejor para conversar con tranquilidad: la explanada frente al mar Caribe del Hotel Nacional de Cuba.

Allí llegó Jorge Torres Victoria, con su enorme humanidad una tarde caliente de agosto pasado buscándome, pues no nos conocíamos personalmente. El propósito no era otro que conversar y tratar de entender de primera mano los avances y las circunstancias de un proceso de paz que parece irreversible, pero sobre el cual el Gobierno, de manera equivocada, insiste en hacerlo innecesariamente hermético, casi que clandestino, dejándoles el espacio libre a la especulación e incluso a la tergiversación. Creo que es más fácil dialogar con ellos, los comandantes guerrilleros en La Habana, que con los negociadores gubernamentales, quienes desconfían de cualquier interlocución por fuera de la agenda oficial.

A Jorge Torres, convertido desde hace 40 años en Pablo Catatumbo, le gusta conversar. Y tiene curiosidad por un país, su país, una ciudad, Cali su ciudad y personas que significaron durante sus años de militancia juvenil comunista, a quienes le perdió la pista con su opción guerrillera. Disfruta de la literatura, Sandor Marai entre otros, tal vez porque le interesa la condición humana, alimentada por los dolores de la vida y de la muerte que, también a él, lo acompañan. Describió desde su orilla personal el horror de esta guerra, de la que él y las Farc definitivamente quieren salir. Pero no de cualquier manera.

Tiene claro que cuatro décadas sumergido en la selva, de fusil y camuflado, alzado en armas para buscar, fallidamente, derrotar la desigualdad y la injusticia que reinan en el país, no pueden concluir en una cárcel. No se concibe a sí mismo, de ninguna manera, entrando con sus manos esposadas a una prisión. Jamás. Un escenario absolutamente impensable e inaceptable no sólo para él, sino para las Farc como guerrilla que nunca van a aceptar los comandantes en Cuba. Ese es el inamovible superior y el presidente Santos y sus negociadores lo saben.

Pablo Catatumbo tiene memoria de guerrero y conoce bien la letra menuda de la guerra; por ello tiene presente la larga y variada lista de los protagonistas de un conflicto viejo y desgastado: guerrilleros y militares, paramilitares, políticos y empresarios, gobernantes y funcionarios de todos los niveles, comerciantes, campesinos y agricultores, periodistas, sacerdotes y académicos. En la guerra se tiene algún grado variable de responsabilidad, por acción pero también por omisión —pasividad, indiferencia, complicidad, miedo o conveniencia—. En el ápice de la responsabilidad, coronando el cuadro, está un Estado débil e impotente, que ilegítima e irresponsablemente alimentó o toleró un orden de cosas contrario al ordenamiento legal. Catatumbo es enfático: “Los únicos victimarios no somos las Farc”.

Por lo tanto, jamás aceptarán que se pretenda señalarlos como si fueran los únicos responsables, olvidando o negando que en este conflicto ha participado una multitud que arrastra una larga lista de cuentas pendientes. Así las cosas, la consigna uribista coreada por sectores ciudadanos de “paz sin impunidad”, tendrá que ampliarse a la de “paz sin impunidad, para ninguno de los responsables”, si se quiere avanzar con realismo hacia un acuerdo que firmen las Farc.

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