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“Es frecuente que luego de que un transeúnte me hace la señal de pare, al ver que soy un taxista negro, me indique que me vaya”, me respondió en Boston el haitiano Evens cuando, a propósito de las protestas antidiscriminación racial en EE.UU., le pregunté si él había padecido segregación en sus 20 años de vida en ese país.
Y es que esta tensión racial que, en tierra de Martin Luther King, se creía superada, sobre todo después de que hace seis años gobierna un presidente negro, está lejos de erradicarse, como lo demuestran las manifestaciones que ha habido a lo largo y ancho del país y la gran protesta nacional que habrá mañana contra las decisiones de dos jurados, uno de Missouri y otro de Nueva York, que absolvieron a los policías blancos que mataron a dos jóvenes negros desarmados quienes, simplemente forcejeaban para que no los arrestaran. Las marchas se proponen, además, exigir que los agentes involucrados en esas muertes vuelvan a ser juzgados y se tomen acciones definitivas contra los abusos policiales.
Y es ahí donde radica el problema mayúsculo, porque en EE.UU. las leyes protegen a los policías quienes, según sentencias de 1985 y de 1989 de la Corte Suprema, por el solo hecho de temer por su vida o por la de algún ciudadano, están autorizados a usar fuerza letal. Por eso no extraña que únicamente el 8% de las demandas que se interponen por abusos de los policías sean procesadas y que, en el 98% de esos casos, ellos sean absueltos.
La tensión racial aumentó esta semana a raíz de que en Cleveland (Ohio) un policía mató a un niño negro de 12 años, quien portaba una pistola de juguete.
Y lo paradójico es que, según una encuesta, en EE.UU. el 53% considera que las relaciones entre las razas han empeorado en el gobierno de Obama: en el caso de las condenas a los policías, la inmensa mayoría de los negros las desaprueban y la mayoría de los blancos o las aprueban o no están seguros de la respuesta. Por ello, tal vez, a medida que aumentaban las protestas, activistas afroamericanos acudían a manifestarle al presidente que no estaban siendo escuchados. “Pero si ustedes están sentados en la Oficina Oval, hablando con el presidente de Estados Unidos”, les dijo él, quien agregó que el racismo “es algo que está profundamente arraigado en nuestra sociedad (y) no se resolverá de la noche a la mañana”.
No obstante que les pidió a los jóvenes que presionaran más en su lucha contra el racismo, al presidente se le ha criticado que no actúe con contundencia contra las absoluciones de los jurados a los policías blancos.
“La posición de Obama es muy difícil”, me explicó un editor de The New York Times. “Él ha insistido en que es el presidente de todos los norteamericanos, no solo de los negros. Y si se pone muy a favor de los negros, faltaría a su promesa”.
Sin embargo, en esta ocasión, quienes simpatizábamos con Obama hubiéramos esperado que defendiera de verdad los derechos de la gente de su raza, que no son otros que los pregonados por Martin Luther King en su discurso “Yo tengo un sueño”: el de que “todos los hombres sean creados iguales”; el de que un día sus “niños vivan en una nación donde no sean juzgados por el color de su piel, sino por la fuerza de su carácter”.
¡Quién iba a imaginar que durante el gobierno de un presidente negro en EE.UU. ese sueño de Martin Luther King iba a parecer tan lejano!