Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Cuando tenía 28 años y una brillante carrera por delante, el escritor japonés Kenzaburo Oé supo que su hijo recién nacido sufría una discapacidad mental. A diferencia del dramaturgo Arthur Miller, que por la misma época abandonaba en un orfanato a su hijo con síndrome de Down, Oé decidió dedicarse casi exclusivamente al cuidado de Hikari.
En algunas de sus obras, como Una cuestión personal y Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura, exploró la dura batalla interior de un hombre en tales circunstancias. Pero además de esos libros en los que arropó su propia vida con un tono de ficción, quiso regalar a Hiraki un diccionario para hacerle inteligibles conceptos como muerte o amor. “Me preocupaban las dificultades que tendría mi hijo cuando yo desapareciera y quise facilitarle las cosas, confeccionarle una guía sobre qué tipo de lugar es el mundo”, explicó Oé en alguna entrevista para luego confesar: “Ahora veo que era un libro más dirigido a mí mismo”.
Algo parecido le ha sucedido a Alejandro Escallón Lloreda. Desde hace 13 años es el presidente de la Fundación Fides, que trabaja por las personas con discapacidad cognitiva en el país. Siempre pensando en ayudar a estos niños y jóvenes, descubrió que eran ellos los que lo hacían más humano y le enseñaban a ver el mundo desde otro lugar.
“Soy lo que soy por ellos”, dice Alejandro apartándose unos minutos de sus obligaciones al frente de las XVII Olimpiadas Fides que esta semana tienen lugar en Bogotá, “he aprendido una cosa muy importante de ellos: la humildad y la sencillez. Cuando uno camina a su lado tiene que caminar más lentamente. Y ahí es cuando uno se da cuenta de que debe disfrutar el clima, oír los pájaros cantar, percibir los olores del campo, ver la naturaleza. He aprendido a vivir a través de ellos”.
Egresado del colegio Gimnasio Moderno de Bogotá, siguió los pasos de su padre Gustavo Escallón Caicedo al estudiar medicina en la Universidad del Rosario para luego especializarse en urología. No importaba qué tanto tiempo demandara la carrera, siempre encontraba algunas horas para acompañar a su familia en la organización de actividades de la Fundación.
Sus padres, junto a otras familias, como la de Rafael de Zubiría Gómez, exalcalde de Bogotá, Rafael Salazar Dávila, Jaime Ponce de León, entre otros, habían creado la fundación en los años 70 buscando espacios de inclusión para algún amigo o familiar con discapacidad.
A veces era el que se encargaba de cronometrar el tiempo de los atletas en las pistas, otras veces el que medía distancias en disciplinas de lanzamiento. Luego pasó a ser el encargado del comité médico. Hoy, reparte su tiempo entre la consulta como urólogo en la Fundación Santa Fe de Bogotá y la dirección de las distintas actividades de Fides. Por si fuera poco, publica el periódico Paciente al Día y el periódico Post Data con algunos colegas médicos. Y cuando todos sus amigos y familiares creen que debería estar descansando, se inventa alguna brigada de salud para ayudar a la Fundación Hospital Santa Matilde en Madrid, Cundinamarca.
Dice que esa voluntad de servir la aprendió de su padre, uno de los fundadores de la Sociedad Colombiana de Urología y director de distintos servicios de urología en hospitales colombianos. “Hasta el último instante de su vida, cuando estaba hospitalizado en Nueva York, porque padecía un tumor óseo, me transmitió la importancia de enseñar y servir todo el tiempo”. Por ese inquebrantable deseo de servir a los otros, Alejandro y su familia esperaron dos años para que llegaran a Colombia las cenizas de su padre porque había decidido donar su cuerpo al servicio de la medicina en el hospital donde fue atendido.
Fides es la prueba más palpable del trabajo incansable y la voluntad de servicio del padre y el hijo. En 1978, cuando se realizaron las primeras justas deportivas para personas con alguna discapacidad se reunieron alrededor de 300 atletas de 10 instituciones de Bogotá, Medellín, Cali y Cartagena. Hoy, son 450 las instituciones vinculadas a Fides en todo el país y el censo de atletas sobrepasa los 55.000. Además, la fundación ha creado vínculos con otras organizaciones en 12 países de América y algunas en Europa han mostrado su interés en trabajar juntos.
“Mas que una fundación es una filosofía. Fides significa fe y nosotros tenemos fe en Colombia, en nuestros muchachos, en la sociedad”, dice Alejandro convencido de que en 35 años se ha logrado cambiar profundamente la conciencia de miles de colombianos frente a estas personas con habilidades especiales. Además añade: “Antes ni siquiera se preocupaban por velar por ellos. No existía legislación. Hoy, cuando voy por los pueblos y ciudades del país, veo con grandísima satisfacción que hay más y más personas con discapacidad vinculadas a la actividad laboral. La sociedad los respeta y admira”.
Un momento que no olvida en esta larga historia de esfuerzos y satisfacciones ocurrió en una de las premiaciones de una olimpiada: “Fue un momento muy lindo. Cuando le pusieron una cinta a una niña de 10 ó 14 años ella dijo ‘gracias’. De pronto, la mamá se botó a los pies del delegado que le puso la cinta a la hija y le comenzó a besar los pies. No entendíamos lo que sucedía. Cuando la señora se calmó, nos explicó que era la primera palabra en 10 ó 14 años que decía su hija”.