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En esta sequía de liderazgos nobles, de ausencia de referencias edificantes, donde proliferan egoísmos y egolatrías, sobresalen dos figuras que conmueven e inspiran: el Papa Francisco y Pepe Mujica, el presidente del Uruguay.
Los unen la humildad y la sabiduría, resultado de vidas bien vividas, con coherencia y generosidad. Creen en lo que dicen y hacen lo que dicen.
El primer pontífice no europeo después de 12 siglos sacudió a los 751 eurodiputados reunidos en Estrasburgo. Le interrumpieron su discurso 14 veces con aplausos de pie. Les hizo una reflexión sobre su poder y responsabilidad a los representantes de 800 millones de europeos en un continente cansado, según el papa, donde reina una atmósfera de soledad: ancianos abandonados a su destino, jóvenes sin oportunidades de futuro. El pasado se respeta, les dijo, porque da arraigo, pero no puede ser obstáculo para asumir las exigencias de los nuevos tiempos.
Invitó a una audiencia de dirigentes políticos avasallados por la crisis europea, a salir del sopor y la pobreza de ideas e iniciativas; a dejar a un lado el temor y el ensimismamiento para asumir riesgos y pensar en el futuro con mayor confianza; solo entonces serán protagonistas del cambio que sus países demandan.
“A ustedes, legisladores, les corresponde la tarea de custodiar y asegurar que los ciudadanos encuentren de nuevo la confianza en las instituciones, sabiendo que cuanto más se acrecienta el poder del hombre, más amplia es su responsabilidad individual y colectiva. El liderazgo solo puede entenderse como servicio a los demás y no como instrumento de poder; está conectado al bien común de la sociedad misma. El problema comienza cuando los derechos de los individuos no se armonizan con un bien más grande.
Porque la vida no puede seguir girando en torno a la economía sino a la dignidad, a los valores inalienables de la persona. Un líder es fuerte si defiende valores que tienen raíces profundas, porque la identidad de los seres humanos no es negociable. Respetar la vida y el medio ambiente no significa sólo limitarse a evitar estropearlo, junto a una ecología ambiental, se necesita una ecología humana, hecha del respeto de la persona”.
El papa Francisco tiene clara su misión de dar luces en un mundo confundido. Como lo ha hecho Pepe Mujica en los cuatro años de su gobierno, en los que logró proyectar ante una humanidad desconcertada y sin rumbo a su pequeño país de 3 millones de habitantes, con hechos tan audaces como la legalización del consumo mínimo de marihuana como medida terapéutica para combatir la drogadicción; o recibir a tres de los presos humillados por la soberbia norteamericana en Guantánamo, a quienes nunca se les acusó; él, que vivió 13 años en prisión en aislamiento total. Un demócrata fuera de lo común, quien con avasallador favoritismo y mayoría parlamentaria no buscó cambiar la Constitución para perpetuarse en el poder, pero sí afirmar con toda la tranquilidad: “Llegué a presidente de mi país, pobre. Me voy igual que cuando llegué, pobre. No les puedo definir, eso sí, cuánto más rico soy ahora al haber contribuido a servir a mi país y no haber cambiado en lo personal”. Mujica y el papa Francisco, un par de vidas que alientan.