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Ocurrió el 25 de noviembre de 1960 en plena dictadura dominicana; morían las hermanas Mirabal; se elevaba la vida de las mariposas, sobrenombre con el que las conocía la gente, acompañadas de la convicción de derrocar poderes asesinos; volaba su historia después de la fuerza y la valentía con que vivieron la rebeldía. Desde 1981, cuando se marcó esta fecha como Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, miles de personas salimos a tomar espacios públicos para visibilizar las acciones ejercidas por las mujeres a través de la historia para erradicar la violencia machista: nacer mujer en cualquier país del mundo le impone una serie de estigmas y caracterizaciones que deben soportarse, sólo porque desde las construcciones de poder con las que se establecen las relaciones del sexo y del género, se encuentran establecidos los roles económicos, políticos y sociales para las mujeres.
Desde esta perspectiva, el feminismo lucha desde diferentes aristas para terminar con las acciones violentas y lucha por erradicar los sistemas patriarcales desde los que se construye la sociedad y que son alimentados día a día por patrones de carácter cultural. Al contrario de lo que afirman sus múltiples detractores, las feministas no buscamos una sociedad de violencias ejercidas por las mujeres, no queremos ver a los hombres como eternos victimarios y tampoco esperamos devolver toda esta historia de violencia.
Tampoco es cierto que ya no se necesite el feminismo porque las sufragistas consiguieron el voto o porque creyeron que de verdad éramos aptas para el trabajo. Aquí la discusión va mucho más allá de la concesión de derechos. Comienza con el punto de eliminar, en principio, la idea paternalista con la que somos vistas, y con que se tenga en cuenta que las exigencias que se hagan en medio de cualquier discusión política no son a manera de petición. Mientras continuemos con cifras tan alarmantes como que una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido o sufre de violencia física o sexual, las discusiones alrededor del feminismo están vigentes.
Hay algo que debe quedar claro, y es que estas prácticas violentas van más allá de los escándalos mediáticos que se fomentan alrededor del drama de la violencia física y sexual. Urge una profunda reflexión de nuestras prácticas cotidianas para comprender que la violencia no sólo es ejercida en caso de golpes, abuso sexual o feminicidio; es necesaria la visibilización de otras formas de violencia, que por menos sangrientas, no son menos reales. Entender que el verdadero reto no está en sentirse orgulloso por no golpear, sino en ver al otro desde el respeto. Urge eliminar la binariedad sexual y los roles impuestos para la sexualidad de las personas. Que las tareas, profesiones y oficios no estén condicionados biológicamente por el sexo, la raza o la condición económica con la que se nace, y saber la diversidad sexual como legítima y maravillosa. Manifestarse con hechos contra el sexismo, el racismo, la inequidad, la injusticia y la homofobia son apuestas éticas del feminismo como acto político para la vida.
Ángela Martin Layton *