Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Todo comienza a principios de noviembre. El aire se llena de música de alas, literalmente hablando.
Cambian el clima, los decorados, el menú, la moda, el tráfico se ralentiza (v tiende a cero, ya casi andamos en reversa), ellas, las mosquitas muertas, se vuelven audaces y toman la iniciativa, la agenda se congestiona, el estrés alcanza picos históricos y las empresas emiten memos conminatorios: «El Espectador avisa que solo recibirá los formatos comprendidos entre C81 y C142 hasta el 5 de diciembre».
La que abre plaza es Caracol. «De año nuevo y Navidad/ Caracol por sus oyentes/ formula votos fervientes/ de paz y prosperidaaad…». Uno escucha ese coro perfecto, ese texto al que no le sobra una palabra —angélico, ecuménico, corporativo y santista— y se le apachurra el corazón, se le cruzan todas las emociones, como en una bandeja paisa de sentimientos hondos, y no sabe si brindar o suicidarse, si cambiar el carro o el cónyuge, si aprender mandarín o hacerse krisna, si comprar embutidos, abrazar la macrobiótica o mandarle un mensaje a la señora del general Alzate, y finalmente, patidifuso y laborioso, llena los formatos C81-142.
Pertenezco a la franja patidifusa, lo reconozco. No tengo la fortuna de pertenecer a las cohortes que tienen sentimientos claros frente a estos rituales de fin de año, como los niños más pequeños, que piden cualquier cosa, como si el Niño Dios fuera una lámpara infinita, v. gr. mi nieto, filósofo plástico: «Que haiga paz. Y un avión rojo de verdad». Tan chiquito y ya es demagogo, qué horror. Pero tienes razón, papito. Paz y un avión, eso es todo lo que necesitamos. Un avión propio para volar lejos de la Navidad. Y en primera. Y ojalá sin nietos. O como los más grandecitos, que empiezan a intuir que la lista de regalos es negociable, o como los señores amargados (perdón por la redundancia) que odian el combo navideño: villancicos, aguinaldos, luces, dulces, cenas, abrazos, fiestas…
Aunque no pertenezco a esta cohorte (soy amargado pero puedo soportar la Navidad), comprendo sus alergias. Debe ser horrible comprarle regalos a gente que uno no quiere con la plata que uno no tiene. Y embutirse una ristra de platillos navideños. Y saber que engordaremos más. Y que el volumen del equipo del vecino irá en crescendo hasta el Día D. Y soportar la parentela del cónyuge… y la propia.
Pienso en esa felicidad obligatoria a que nos condena diciembre. Uno puede ser amargado en enero, marzo o septiembre y nadie se entera ni nadie nos pide regalos, abrazos ni sonrisas ni nos embuten brevas con arequipe y whisky. Nada de esto sucede en el puto resto del año.
Pero llega la bendita Navidad y hay que ser feliz ¡y en familia! Desde noviembre uno empieza a pensar cómo será la noche del 31, con los muchachos impacientes por largarse temprano de la casa y reunirse con la pandilla, y la conversación flaquea, los silencios son espesos, embarazosos, y uno atajando, rogando que esperen la cena, ¡es una fecha de familia, María Camila!, y trata de ser chévere y tecnológico, hace esfuerzos para que la sala luzca como un comercial de Andino, o como esas familias que corretean en los trigales de los avisos de las epeeses.
¡Dulce Jesús mío, cómo harán los padres con hijos adolescentes! Y qué harán los cónyuges cuando se vayan los muchachos y queden enfrentados a esa soledad en pareja tiernamente llamada matrimonio. Pero no os amarguéis, hermanos casados, los solteros también son desdichados en esta época (más desdichados, quiero decir).
Mientras llega el final, trabajemos para que al menos sea feliz una parte de la primera cohorte, esa que el 24 recibirá en paz un avión rojo más bonito que los de verdad.