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El procedimiento de acercamiento fue variado e inducido por una combinación de suerte, la particular situación laboral de cada entrevistado y cierto olfato que cualquier prospecto de investigador puede tener. En realidad lo que hice fue una especie de romería en la que siempre encontré una disculpa perfecta para estar cerca del personaje: un almuerzo con un magistrado amigo, un café con un político conocido, la inauguración de una exposición, el último consejo comunitario del año, un encuentro callejero y la misa de gallo.
La única pregunta cuya respuesta me interesaba conocer no fue lanzada en exclusiva al entrevistado, sino con arreglo al escenario en el que me movía en cada ocasión. Por ejemplo, al hablar de temas jurídicos con el magistrado amigo o con el político conocido, sólo al final de la conversación y como quien no quiere saber mucho del asunto, preguntaba a la víctima algo así como… “y bueno, ¿cuál es la sorpresa que nos tienes para el año entrante?”, o, “¿y qué… alguna meta especial para 2010? Y a continuación paraba bien las antenas, me convertía en una auténtica grabadora para no dejar escapar nada, al punto que puedo decir que los resultados obtenidos corresponden a citas textuales con muy pocas excepciones, en donde sólo parafraseo algunas versiones.
También me resultó fácil hacerle la pregunta al colega de la universidad, luego de conversar sobre exámenes y notas finales en un curso que compartíamos. Lo propio hice con el sacerdote de mi parroquia, con quien me une una vieja amistad y a quien la pregunta le pareció poco misteriosa.
Más difícil resultó preguntarle al autor de las pinturas que se exponían en la galería del centro, pues tenía un aire retraído y cada vez que me acercaba, se retiraba con respeto creyéndose un estorbo frente a un posible crítico de arte. Lo que hice en este caso fue lo mismo que tuve que hacer con el caso del presidente de la República: mandárselo preguntar con alguien cercano. Podrán imaginarse lo difícil que para un investigador puede ser intervenir en un consejo comunitario de los que encabeza el Presidente, de modo que encontré legítimo acudir a esta artimaña válida en las ciencias sociales conocida como la pregunta por interpuesta persona.
Aquí van dos finales posibles para este relato, en donde el lector puede escoger el que mejor se ajuste a sus intereses, convicciones o necesidades. El primero resalta que todo este agobiante ejercicio me sirvió para sacar al menos una conclusión global: la forma inocente como todos sin excepción respondieron a mi pregunta. Y ello se explica por dos razones: porque el interrogante fue hecho sin más propósito que escribir esta columna y porque todos en el fondo sabían que la misma sería publicada por la época de la conmemoración de los santos inocentes.
El segundo, resalta la angustia interior que puede producir la falta de solidaridad. Ahora que poseo esa valiosa información, que me proporcionaron mis entrevistados, ¿qué hago con ella? ¿Me la guardo? ¿La disculpa de la falta de espacio para publicarla es suficiente? En mi caso sólo quise sentir, momentáneamente, un agobio semejante al que algunos dicen padeció José cuando, conociendo lo que venía, sólo ayudó a salvar a Jesús de la masacre infantil que se recuerda por estos días en todo el mundo cristiano.
Propósito para 2010 en forma de moraleja: Lo valioso del saber no es poseerlo sino darlo a conocer… pero sin tomar del pelo.
* Investigador de Dejusticia y profesor de la UN.