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La vacuna contra el papiloma: medicina, sexo y religión

Klaus Ziegler
03 de diciembre de 2014 – 11:00 p. m.

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No había transcurrido una semana tras desatarse el misterioso mal que afectaba a varias niñas del Carmen de Bolívar cuando el inefable custodio de la moral de los colombianos ya se encontraba en el lugar impartiendo sus consabidas lecciones de educación sexual.

Por esos mismos días, Jesús Magaña, director de la plataforma pro-vida, fungía de epidemiólogo improvisado: “La vacuna del papiloma humano (VPH) no protege, sino que daña a las menores y promueve la promiscuidad”, declaró para el portal “Voto Católico Colombia”.

Por fortuna, aunque muchas veces solo sea en el papel, Colombia es un país laico y las decisiones en materia de salud pública ya no están en manos del Santo Oficio. La valiente campaña de vacunación iniciada por el Ministerio de Salud del presidente Santos, en 2013, ha continuado pese a quienes aprovechando el río revuelto se valen de sofismas para incitar a las buenas familias católicas a rechazar “la vacuna del pecado”, exponiendo así a miles de mujeres a padecer la aterradora tragedia del cáncer. Años atrás, en plena pandemia del sida, aquel purpurado virginal, aunque ducho en condones, Alfonso López Trujillo, ponía en riesgo la salud de millones de jóvenes después de recomendar ante los micrófonos de la BBC no utilizar jamás el preservativo por haberse probado ineficaz como protección contra el VIH: ¡una mentira criminal!

Al estallar la crisis de las menores se habló de vacunas contaminadas con plomo, una vez se descubrieron vestigios del elemento químico en la sangre de dos menores afectadas. Sin embargo, después de analizar lotes enteros de Gardasil mediante tecnología capaz de discernir trazas del metal neurotóxico hasta de millonésimas de gramo se descartó cualquier sospecha de contaminación. Los hallazgos, ahora se dice, podrían deberse a la presencia de una chatarrería cercana a la residencia de las dos hermanas.

También se señaló como responsable el aluminio. Dos investigadores franceses creen haber descubierto una relación causal entre los adyuvantes de sales de aluminio que llevan muchas vacunas para potenciar su efecto inmunizador y una condición denominada miofascitis macrofágica, asociada con una afección desmielinizante. Según afirman, nanopartículas del metal podrían adherirse al ADN de macrófagos capaces de cruzar la barrera hematoencefálica, y llegar así al cerebro [1]. La toxicidad de esas sales presente en las vacunas es hoy motivo de discusión.

Sin embargo, la conclusión del Comité Consultivo Mundial sobre Seguridad de las Vacunas de la OMS es tajante al afirmar: “No existe evidencia para concluir que la administración de vacunas preparadas con aluminio suponga riesgo alguno para la salud” [2]. En cualquier caso, el porcentaje de aluminio nunca superaría la cantidad presente en la ingesta de té y verduras en una dieta corriente.

En relación con la situación en Carmen de Bolívar, la presencia de síntomas tan graves (parálisis, y hasta deformaciones, según se dice) en algunas menores sería un hecho sin precedentes en ocho años desde la aprobación del Gardasil, en junio de 2006, y después de más de 120 millones de dosis distribuidas en el mundo entero. En opinión de expertos, se trataría de noticias de prensa poco rigurosas o de cuadros clínicos sin relación directa con la vacuna. Pocas veces se menciona, por ejemplo, que cuatro de las menores sufrían de cardiopatías congénitas, algunas estaban embarazadas y otras dos presentaban antecedentes de lupus y leucemia de vieja data. No obstante, la situación exige una investigación exhaustiva del Ministerio de Salud, como se ordenó en su momento en Japón y Francia donde llegaron a documentarse graves trastornos de las funciones cognitivas y hasta enfermedades de origen autoinmune (las autoridades sanitarias japonesas no recomiendan hoy la vacuna contra el VPH, aunque la ofrecen de manera gratuita a quien la solicite).  

Pero en la mayoría de los casos reportados bien se podría tratar de un fenómeno de “ansiedad colectiva”. La hipótesis no es descabellada, y tiene antecedentes: hace unos años, en Le Roy, una pequeña población del estado de Nueva York, doce adolescentes comenzaran a manifestar episodios de tics violentos y descontrolados días después de haber recibido la dosis estándar de Gardasil. Sin embargo, solo siete de las niñas en realidad habían sido inoculadas. Los síntomas desaparecieron tras alejar a las jóvenes de las redes sociales, excepto en tres de las menores, de quienes luego se supo sufrían desde tiempo atrás de desórdenes neurológicos asociados con movimientos involuntarios [3].

Por razones desconocidas, esos extraños fenómenos de histeria colectiva suelen presentarse en lugares donde mujeres jóvenes conviven en un mismo entorno. A comienzos de la década de 1960 se reportó una curiosa epidemia de risa histérica en una escuela de misioneros en Tanzania. Los episodios duraban entre varios minutos hasta horas enteras, y llegaron a repetirse varias veces por día. El contagio duró dos semanas e inicialmente se atribuyó a una encefalitis debida a aguas contaminadas. La hipótesis se descartó más tarde, pues los ataques no se presentaron en ninguno de los varones internados. Y se sabe de un convento donde grupos de jóvenes monjitas pasaron días enteros maullando en coro, pretendiendo ser gatos. Algunas, según se cuenta, llegaron incluso a arañarse.

Durante cuatro años, entre 2006 y 2010, se siguió de cerca a más de novecientas mil niñas entre los 10 y 17 años de edad, de las cuales una tercera parte habían recibido en promedio dos dosis de la vacuna del VPH. El estudio, realizado en Suecia y Dinamarca, no encontró evidencia estadística significativa como para sospechar algún vínculo entre la exposición a la vacuna y cualquier clase de reacción adversa autoinmune, neurológica o eventos tromboembólicos venosos graves [4]. Las conclusiones corroboran el dictamen de la OMS y coinciden con los resultados de otras investigaciones independientes.

De 120 millones de dosis distribuidas en el mundo entero solo se han reportado unos 25.000 casos de efectos adversos, de los cuales una inmensa mayoría no van más allá del simple enrojecimiento en la zona de la inyección, dolores de cabeza, episodios de fiebre pasajera, leves mialgias y, ocasionalmente, desmayos. Según Shobha S. Krishnan, experta mundial en la materia y autor del libro “Sex, Cancer, God, and Politics” [5], el porcentaje de trastornos graves del sistema nervioso asociados a la vacuna (como el síndrome de Guillain-Barré) fluctúa alrededor de 1 en 100.000, estadística indistinguible de lo que ocurriría por simple azar en una población cualquiera. Según la doctora Krishnan, la eficacia de la vacuna se estima entre el 90% y el 100% en la prevención de las lesiones cervicales precancerosas y del temible cáncer de cuello uterino, vulva, vagina y ano, causados por varios tipos del VPH.

En una cita atribuida al Papa León XII, dos siglos atrás, se lee esta admonición: “La viruela es una sentencia de Dios: así, la vacunación es una afrenta al cielo”. Y en pleno siglo XXI, los líderes religiosos talibanes prohíben bajo amenaza de muerte las campañas de vacunación. En regiones paupérrimas de Pakistán, según la Unicef, cerca de 300.000 niños corren el riesgo de quedar lisiados o morir víctimas de la poliomielitis. Una enfermedad desterrada hace décadas amenaza de nuevo con convertirse en pandemia.

Son los mismos fanáticos de siempre, los mismos sectarios, los que apoyándose en las prohibiciones de un déspota imaginario o en libros escritos por pastores de la Edad de Bronce hoy nos exigen que dejemos morir a una niña de diez años violada por su padrastro, antes de permitirle interrumpir su embarazo. Son los mismos cavernarios capaces de citar algún pasaje bíblico para negarle a su propio hijo una transfusión de sangre. Quienes en su momento se opusieron al uso del condón y a la lucha contra el sida, castigo divino por el pecado nefando de la homosexualidad, hoy se oponen a la vacunación contra el VPH, al control natal, a los derechos de las mujeres y de las parejas gay, incluso al derecho a recibir una educación sexual afirmada en la evidencia científica, la razón y el conocimiento.

Algún día, tal vez, la ciencia médica logre derrotar las grandes pandemias que nos acechan así como pudo erradicar la polio, la peste negra, la viruela, la difteria, la tuberculosis…, y hasta podrá protegernos de la espada de Damocles del cáncer. Sin embargo, nadie vislumbra una cura contra lo que el biólogo británico Richard Dawkins ha llamado el peor agente infeccioso en la historia humana: el virus del fanatismo religioso.

[1] http://es.myofasciitis.com/Contenu/Divers/SintesisEstadoConocimientoCientifico.pdf

[2] http://www.who.int/vaccine_safety/committee/topics/aluminium/questions/es/

[3] http://www.whec.com/whecimages/repository/cs/files/Investigation_letter.pdf

[4] http://www.bmj.com/content/347/bmj.f5906

[5] http://www.amazon.es/The-HPV-Vaccine-Controversy-Teenagers/dp/0313350116

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