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Entraron en ruidoso tropel desde el gran corredor de las pinturas italianas.
En un mandarín impecable y blandiendo con actitud de domador de circo un estandarte con dragón en la punta, la guía francesa logró organizar a los turistas chinos frente al cuadro. Venían muy ocupados mirando el mundo a través de los visores de sus ipads y teléfonos con cámara.
La guía subió el tono, las hordas se calmaron y en formación de medialuna zigzagueante se voltearon hacia La Gioconda, dos segundos. De inmediato le dieron las espaldas, desplegaron los palitos telescópicos para que al alargar la distancia quepan todos y se tomaron muchos selfies con sonrisas quizá más enigmáticas que la del retrato cubierto con vidrios anti balas. Otra vez el bullicio y desaparecieron hacia la sala francesa del siglo diecinueve.
No se hizo esperar la siguiente oleada, que en rutinas precisas repetía los rituales como si fuera una orden de los genes: tropel, grito del guía, silencio, observación de la obra dos segundos, palitos, selfies, selfies, selfies y salida triunfal con el trofeo, enviado de inmediato a los parientes de Guangzhou vía Whatsapp. Lo que contesta la pregunta que se hacía Catherine Deneuve hace unos días: “Yo creo que un selfie es algo horrible. Me pregunto qué hacen luego con ellos”. Y bueno…
Para ser francos, los japoneses se comportaron con cierta discreción. La guía llevaba en lugar de cayado un girasol marchito atado a la punta de un paraguas, y no tuvo que usarlo para reunir al grupo. Cuando hicieron la formación marcial frente a la obra maestra de Leonardo, ejecutaron al unísono una reverencia, merecida, por cierto, y en vez de dos segundos de rápidas miradas, se tomaron su tiempo: cuatro segundos largos de profunda contemplación de la sonrisa. Y luego, amenazados por otra turbamulta de chinos y de chinas, dieron la media vuelta de rigor, y palitos de marca japonesa y selfies, selfies, selfies antes de salir por donde entraron hacia el oscuro socavón de artes islámicas.
Casi tan bulliciosos pero menos compactos y gregarios que los chinos, los de Estados Unidos cumplían el deber de arrimarse a la pintura y cambiarse los anteojos para ver de cerca y poder exclamar con genuina sorpresa sus “wows” y sus “amazing” ante el grosor del vidrio contra vándalos que protege a la obra de damas furibundas y de seguidores del poeta Guillaume Apollinaire, que con Pablo Picasso querían prenderle fuego al Louvre, según dice la guía, antes de agregar que se está investigando seriamente si las cejas de madame Joconde están depiladas a la usanza de la época o se han ido desvaneciendo con el tiempo.
Catorce segundos, y luego selfies, selfies. Como no usan palitos, lo que sale en sus Facebook son unas caras grandes con ojos de pescado y en el fondo unos reflejos misteriosos. Desalojaron pronto y salieron con rumbo a las verdaderas galerías; Lafayette, por ejemplo, a comprarse una postal de Mona Lisa y un llaverito con la torre Eiffel.