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Este raro llamado de atención por parte de un aliado cercano se da al tiempo que Gran Bretaña se prepara para anunciar que será un miembro fundador, aportando US$50.000 millones, del Banco de Inversión Asiático en Infraestructura (BIAI), convirtiéndose así en el primer país del G-7 en hacer parte de la institución que China lanzó el año pasado.
La reprimenda es una rara violación de la “relación especial” que ha sido la base de la política occidental durante décadas.
Las relaciones de Washington con el gobierno de David Cameron se han tensionado durante las últimas semanas, pues los funcionarios de Estados Unidos critican al Reino Unido por la reducción en el gasto en defensa, que pronto podría caer por debajo del objetivo de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que es de 2% del Producto Interno Bruto.
Un alto funcionario de la administración le dijo al Financial Times que la decisión británica se tomó luego de “prácticamente ninguna consulta con los Estados Unidos”, y en un momento en el que el G-7 discutía cómo acercarse al nuevo banco.
“Somos cuidadosos respecto a la tendencia hacia una constante acomodación a China, que no es la mejor forma de aproximarse a un poder emergente”, dijo el funcionario estadounidense.
Los funcionarios británicos se contuvieron de criticar a China en público por su manejo de las protestas a favor de la democracia en Hong Kong, al tiempo que Cameron dejó claro que no tiene planes para reunirse con el dalái lama, el líder espiritual de Tíbet, luego de la reunión de 2012 que provocó una respuesta airada de Pekín.
Aunque Pekín ha observado con suspicacia por mucho tiempo la influencia de Estados Unidos sobre el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, también considera que Estados Unidos y Japón tienen demasiado control sobre el Banco de Desarrollo Asiático, con sede en Manila. Además del BIAI, China es el principal motor tras la creación el año pasado del banco de desarrollo Brics.