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Perdón: concordia o venganza

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No hay duda, como los seres humanos, somos aprendices en la tarea de convivir. Nos equivocamos.

Aquellos que hoy día son maestros de la concordia, por un lado asumieron con valor sus faltas y repararon el daño que habían causado; desde luego no usaron su propio pasado doloroso para excusar sus agresiones. Y, por otro, decidieron sanar sus heridas sin esperar al castigo de quienes las habían propiciado.

Para salir de las dinámicas víctima-victimario, que inundan la cotidianidad ambos, agresor y lastimado, acuerdan que su pasado no determine su futuro. El provocador tomará la responsabilidad de lo que hizo y reparará, y el agraviado ha de renacer de sus cenizas para sanar sus heridas.

Qué maravilloso es que los dos procesos se den en simultáneo, que el trasgresor al sentir el padecimiento de la persona a quien violentó colabore en su reparación y que el maltratado encuentre la fuerza para integrarse. Cuando esto sucede el perdón regula la convivencia y el futuro puede ser generoso.

Jesús durante su crucifixión dijo: “Perdónalos Señor, porque no saben lo que hacen”.

Con esta declaración no parece implicar que quien lo estaba torturando no supiera que lo estaba martirizando, más bien aduce a que los centuriones, dada su estructura cultural e ideológica, no tenían conciencia plena del daño que le hacían y menos del que se hacían a sí mismos.

Taylor Caldwell, historiador y biógrafo de San Lucas médico romano y evangelista, nos cuenta que el hermano de Lucas era uno de los centuriones a quienes Jesús, en ese momento, miraba con compasión. Agrega que cuando Lucas oyó el relato de cómo esa mirada amorosa cambió la vida del centurión, se motivó para ir tras las huellas del Nazareno.

Otro es el camino que recorremos a diario, una persona herida, con frecuencia usa expresiones como: “Perdono, pero no olvido”. O, “Yo le perdono, pero cuando se dé cuenta de lo que hizo y yo vea que está en verdadero arrepentimiento”. Esto es como si dijéramos: “Por ahora no nos vamos a vengar, pero luego… quién sabe”.

La confusión se nos genera al creer que el perdón es el poder que el agredido puede usar para humillar al “malo” o que cuando perdonamos estamos siendo cómplices de lo imperdonable. En este escenario la misericordia, que reconoce al perdón como la virtud del amor con mayúsculas, deja de ser la expresión de la grandeza para convertirse en una de las máscaras de la venganza.

El perdón, lejos de ser una herramienta del poder, puede ser la fuerza reparadora del herido y la oportunidad de aprendizaje para el perpetrador.

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