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No son pocas las posturas que, con más pasión que razón, critican el proceso que se cumple en La Habana. Pero cada día surgen más en su defensa.
Independientemente de la torpeza del general secuestrado, de la incoherencia del gobierno en su reacción frente a ese hecho y de la mascarada de las Farc en la suya, todo el mundo coincide en la necesidad de desescalar el conflicto. Y, naturalmente, de mantener el diálogo.
En su columna de “El Espectador” Hector Abad apuntó que si, en el pasado, Uribe hizo bien al negociar con los paramilitares, en el presente Santos hace bien al negociar con los guerrilleros. El primero no se levantó de la mesa a pesar de los muertos, ni el segundo debe hacerlo a pesar de los secuestrados.
Sin embargo diversos analistas sostienen que la negociación en medio del conflicto dejó de ser conveniente. Hoy no es una solución sino un problema. El esquema pudo ser útil al comienzo y, quizás, ayudó a construir niveles de confianza entre las partes. Ahora sirvió –como dice Antonio Caballero en la revista “Semana”- para desvirtuar que lo que sucede fuera de la mesa sea ajeno a lo que se discute en la mesa.
Las Farc se miran a sí mismas de un modo singularísimo. Se sienten contraparte del gobierno en una negociación entre iguales. De hecho no lo son. Carecen de legitimidad, de representación, de sintonía con su tiempo. Necesitan entender que su relación con el Estado no es simétrica y que así se las dimensiona en todo el mundo. Así lo ven tanto la opinión pública nacional como la comunidad internacional. Los hechos son tozudos, decía Lenin, y si las Farc tuvieran esa claridad la negociación sería más fácil.
Pero el gobierno tampoco convence cuando explica las razones para seguir negociando en medio del conflicto. Y no avanza en la idea de convertir el proceso en una política de Estado. Prisionero de la lógica militar, ha sido incapaz de desatar una dinámica política. Guillermo Pérez Florez, en “El Nueva Día”, anota que esa lógica sólo es funcional a los enemigos de la paz, dentro o fuera del establecimiento. Y a las Farc por supuesto. Ambos necesitan un gobierno débil. Los primeros para apuntalar su lógica bélica y las segundan para presionar un cese bilateral al fuego.
Por eso –agrega Pérez- el gobierno necesita modificar el esquema de negociación: éste le favorece en lo militar pero le desfavorece en lo político. El proceso iniciado en la mesa de La Habana no está pensado para cumplirlo con soldados sino para adelantarlo con representantes de la sociedad civil. En efecto, el esquema de negociar en medio del conflicto se volvió perverso: estimula la confrontación y dificulta los acuerdos.
Enrique Santos Calderón en su libro “Así empezó todo” recuerda cómo el Procurador, uno de los grandes críticos del proceso, propuso suscribir “un pacto nacional por la paz que le dé sostenibilidad política y jurídica a los acuerdos con las Farc”. Tal cosa sería la concreción de una política de Estado y, desde luego, contribuiría a desescalar el conflicto. Pero esa prioridad es necesaria no sólo en los escenarios de la confrontación armada, sino en la psicología de los colombianos, en su lenguaje, en su espíritu.
*Ex senador, profesor universitario @inefable1