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Los sucesos en torno al secuestro del general Rubén Darío Alzate demuestran que el proceso de paz es sólido y que la opinión pública colombiana, en cambio, es veleidosa.
El secuestro del general Rubén Darío Alzate habría podido ser una crisis insalvable para el proceso de paz. Aunque al momento de escribir estas líneas el general y los soldados de Arauca no han sido liberados y cualquier cosa podría suceder (estamos en Colombia), también es razonable afirmar que las entregas de los militares secuestrados serán exitosas. Parto de este supuesto y espero que en los próximos días la realidad no me contradiga. También parto del supuesto que el secuestro del general no fue un montaje, lo cual tampoco me consta.
La maniobra para capturar a uno de los generales más experimentados de la guerra podría describirse como la Operación Jaque de las Farc. Quizás por esto me genera sospechas de que, al igual que las capturas de la Operación Jaque, el secuestro haya sido un montaje entre el gobierno colombiano y cabecillas de la guerrilla para generar en la opinión pública las afirmaciones que estoy por hacer en esta columna. Sin embargo, dejo toda sospecha de lado durante el resto de este texto, pues puede ser exagerada.
En medio de una situación muy desafortunada, como lo es que un ciudadano colombiano sea privado de la libertad durante un conflicto armado, el desenlace ha sido positivo, por lo que esto demuestra con respecto al punto en el que se halla el proceso de La Habana.
Nunca antes las relaciones entre las instituciones estatales y las Farc habían sido tan fluidas. Los secuestros de figuras públicas, por no decir militares, implicaban primero un largo silencio, luego información encontrada y por último el anuncio de tener a los policías y militares «capturados». Es decir, encadenarlos en una jaula durante años de padecimientos inhumanos.
En esta oportunidad las comunicaciones fueron veraces, centralizadas y rápidas. Al expresar Pablo Catatumbo que esta liberación es un gesto de paz, irónicamente tiene razón. Es un gesto de paz salido de un acto de guerra. El secuestro del general puede verse como un vaso medio lleno.
También deja ver que la división entre las Farc no es tan aguda como algunos sugieren. La información fue rápidamente del Chocó a La Habana, las órdenes fueron dadas para los frentes en este departamento y en Arauca, y hasta donde podemos asumir, serán cumplidas. Esto es positivo para el proceso, pues de haber unas Farc desmembradas y desorganizadas, su entrega sería difícil e incompleta.
La opinión pública colombiana debería aprender una lección importante de esta situación: la paciencia. Los comentarios hipersensibles y volubles que atacaban el proceso de paz y la voluntad de diálogo de la guerrilla, si bien pudieron haber sido útiles para presionarla, también delatan una impaciencia que no es buena para el proceso de La Habana, en especial si el paso final es su aprobación por referendo.
El espacio de opinión colombiano es apasionado, poco riguroso y demasiadas veces irresponsable. Unas conversaciones como las que se llevan a cabo son frágiles, y a medida que avanza hacia sus etapas finales se hacen más sensibles porque pasan del recinto privado de la mesa al espacio público. Los comentarios más sensatos que leí y escuché durante esta semana fueron los que llamaban a la espera y que no había suficiente información para emitir juicios.
Twitter: @santiagovillach