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A menos de un mes de las elecciones en Brasil, la confirmación de un esquema de corrupción en la mayor empresa estatal brasileña hace temblar el sistema político y el mundo empresarial.
La operación Lava Jato entrará a la historia como una de las mayores realizadas por la policía federal brasileña que, de manera discreta, sorprendió al pueblo brasileño con las primeras 23 detenciones.
La séptima etapa de esta operación fue anunciada por los medios como “un día republicano”. Es verdad que el Brasil democrático ha aplicado la ley para juzgar a los corruptos, pero es la primera vez que corruptores poderosos serán juzgados. En ningún país del mundo es un secreto el vínculo de los grandes empresarios con el Estado y con los partidos políticos de mayor representatividad, sobre todo en lo que concierne a la financiación de campañas políticas y de partidos, lo que los ha transformado en empresas electorales. ¿Cómo se pueden explicar contratos entre las mayores constructoras brasileñas y Petrobras, aparentemente sin licitación, con presupuestos sobredimensionados por un valor de US$59.000 millones?
El proceso Petrobras exacerba el descontento de los brasileños, afecta la credibilidad de la mayor estatal de Brasil y denigra la imagen de otras empresas que se volvieron multinacionales en la última década.
Petrobras fue creada bajo la fuerza del eslogan “El petróleo es nuestro”. Sin embargo, hoy, con las enormes reservas de petróleo recién descubiertas en su zona económica exclusiva, está muy mal administrada. Aparentemente, uno de los errores del Partido de los Trabajadores (PT) fue entregar la dirección de la empresa a partidarios políticos y no a expertos en el área.
De lo triste y de lo malo en todo esto se podría pensar que la democracia camina, ya que la independencia de los poderes está funcionando, partidarios y no partidarios podrán ser juzgados. La pregunta es: en un país polarizado, una economía que tiene que encontrar su rumbo y una oposición “incansable”, ¿podrá el gobierno de la presidenta Dilma Rousseff sobrevivir al escándalo de la Petrobras? ¿Intentará la oposición un proceso de impeachment? ¿Tendrá esta oposición autoridad moral para hacerlo?
Lo más grave del Brasil actual es que esta situación alienta la “emergencia de un neofascismo de carácter racial, social y regional”. Incluso, con actitudes absurdas en el mejor estilo Banana Republic, voceros de esta corriente han clamado por el retorno de los militares y la intervención de Obama, ignorando que la mayor conquista de Brasil en los últimos 50 años ha sido la democracia.