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Ochenta y cinco años de anticomunismo

Alvaro Forero Tascón
23 de noviembre de 2014 – 10:24 p. m.

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Un sector político colombiano lleva más de 85 años obsesionado con la “inminente” llegada del comunismo al poder.

En la mitad del siglo pasado fue el Partido Conservador, instigado por Laureano Gómez. Hoy es el Centro Democrático, impulsado por el expresidente Álvaro Uribe. Primero fue la amenaza del bolchevismo. Ahora la del castrochavismo.

La preocupación política de los conservadores en los años treintas era comprensible, pues se iniciaba la internacionalización soviética. Sin embargo, fue populista e irracional equiparar el gobierno liberal de Alfonso López Pumarejo con el estalinismo. Esa obsesión con el comunismo terminó engendrando el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, y luego con el conflicto interno, generando fe en el uso de la fuerza como único instrumento “efectivo” para frenar a “los comunistas”.

El anacronismo de que sigamos dominados por las dinámicas ideológicas de la Guerra Fría es producto, por supuesto, de que a diferencia de otros países, nuestro conflicto interno no ha terminado. Por eso, como aún hay sectores de extrema izquierda que avalan el recurso a la violencia, sectores políticos de extrema derecha insisten que el conflicto interno debe terminarse por la vía militar.

Pero si el sectarismo primitivo de señalar a López Pumarejo de promoción del estalinismo llevó años más tarde al error histórico de asesinar a Gaitán, sostener en el siglo XXI que Juan Manuel Santos promueve el castrochavismo, y por esa vía arriesgar la posibilidad de terminar el conflicto interno, es muestra de que un sector de la clase dirigente sigue dominada por la anacrónica obsesión anticomunista, y su reacción ratardataria es un obstáculo para la modernización del país.

La pregunta es por qué si ese sector percibe el riesgo de que la izquierda tome el poder, no busca hacer las reformas que lo reduzcan, en lugar de confiar únicamente en la costosa vía militar (presupuesto de seguridad de Colombia de últimos 10 años es superior a 220 billones de pesos). Y por qué, si le teme a la competencia electoral de la izquierda en el posconflicto, no busca reformar su sistema político para hacerlo más efectivo por vía de la reducción del clientelismo y de la corrupción, en lugar de recurrir al peligroso populismo caudillista, que es el arma de la izquierda latinoamericana.

La obsesión anticomunista en Colombia es contraevidente: las guerrillas nunca han tenido opción de tomarse el poder, Gaitán fue un alcalde de Bogotá moderado, la izquierda ha decepcionado a las mayorías gobernando en Bogotá. En un eventual posconflicto, las Farc tendrían poca fuerza electoral, y si lograran cargos de nivel local, sería en zonas que ya controlan desde hace décadas. Al contrario de lo que creen quienes solo confían en la fuerza para atajar a la izquierda, la democracia no populista premia los proyectos políticos moderados. Y a pesar de sus problemas, Colombia tiene unos niveles de avance económico y social aceptables para competirle a proyectos políticos chavistas.

La exuberante obsesión con el “coco” del comunismo ha generado adicción por el conflicto armado, y distraído la atención sobre los cambios institucionales y sociales que se requieren para combatir democráticamente a la extrema izquierda.

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