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Viene para Colombia un escenario distinto en materia de crecimiento del PIB y lo propio en buena parte de los indicadores macroeconómicos.
Consideremos, por ejemplo, el comportamiento de la tasa de cambio que desbordó las estimaciones de cualquier analista y que para algunos podría llegar a más de $2.200 para finales de diciembre. Este nuevo escenario incluye países emergentes creciendo a menos del 3% y países desarrollados que podrían crecer más de lo que lo han hecho hasta el momento, pero aún con nubarrones en Europa y Asia, lo que pone de presente que el problema para nosotros podría ser peor.
En estos momentos vale la pena preguntarse como lo hace Asobancaria, si para Colombia es sostenible un crecimiento basado sólo en actividad pública, como ya lo indican las cifras macro. La respuesta es que “para mantener el crecimiento de largo plazo en tasas superiores a 4,5% no es suficiente la construcción de nueva infraestructura. Mantener este ritmo depende también de la dinámica del sector minero-energético (atorado por los bajos precios del petróleo y las demoras en licencias ambientales y consultas a comunidades), y de que la política económica no perjudique la actividad ni la demanda del sector privado”.
Y es justamente en esto último en donde quisiera concentrarme, por cuanto hay dos hechos que podrían ir en la dirección contraria. De una lado la reforma tributaria con el muy poco técnico impuesto a la riqueza y del otro lado los debates aún en ciernes sobre el costo de la mano de obra y la flexibilidad o inflexibilidad de la política laboral.
Es menester seguir insistiendo en la inconveniencia de volver sobre el denominado recargo nocturno en formato diferente al que dispuso la Ley 789 de 2002. Se trataba de generar dos jornadas laborales entre las 6 a.m. y las 10 p.m., para facilitar la creación de empleo en los sectores intensivos en mano de obra. Sabemos que Colombia es el segundo país de América Latina (26 en el mundo) que más remunera en términos relativos el trabajo en hora nocturna y es únicamente superado en costo por la legislación de Haití. Y sabemos también que a pesar del extraordinario avance del país en reducción del desempleo y en aumento en formalidad, seguimos teniendo una de las tasas de desempleo más altas en América Latina.
Sabemos también que la posibilidad de seguir bajando la tasa de desempleo es altamente improbable, por el crecimiento potencial del país y porque la única fuente para hacerlo sería aumentar la productividad laboral.
Revivir el recargo nocturno antes de las 10 p.m. es animar de nuevo el crecimiento del desempleo y significa un desincentivo al sector privado, aparte de inyectarle una nueva ineficiencia al mercado laboral, asunto que deterioraría aún más nuestros indicadores de competitividad.
De cara a las negociaciones que se avecinan entre trabajadores, empresarios y gobiernos, y en el marco de la nueva realidad de crecimiento mundial, surgen tres propuestas puntuales.
De un lado la opción de establecer salarios mínimos por regiones, en especial para reducir la tasa de desempleo en lugares donde el crecimiento del salario mínimo está siendo elevadamente alto en comparación con la inflación local. Esto rápidamente podría mejorar la generación de empleo, la formalidad y la reducción del desempleo en muchas ciudades del país donde aún hay margen para hacerlo.
En segundo lugar, repensar y no entrar a negociar el desmonte de la jornada ordinaria de trabajo vigente, para evitar que sectores como la industria, el comercio y los servicios entren a reducir su contratación de nuevos trabajadores o generen más desempleo.
Y, finalmente, como lo ha propuesto el BID, revisar con cuidado la inversión y el gasto público en formación para el trabajo y poner más atención al desarrollo de habilidades y competencias en esa formación, asunto que para muchas empresas está siendo no provechoso.
Logrando lo anterior, sigamos garantizando respecto del salario mínimo un pago básico de subsistencia que al estar por encima de la inflación y en función de la productividad laboral, mejore las condiciones y la capacidad de compra de las familias colombianas, sin caer en un populismo laboral que incentive un menor crecimiento económico.
* José Manuel Restrepo Abondano
jrestrep@gmail.com / @jrestrp