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Un púlpito es un megáfono de alto alcance, no sólo en las sociedades con un marcado dogmatismo.

En la modernidad, la religión se niega a perder protagonismo; la gente sigue apelando a ella para responder a crisis existenciales, inclusive en Europa, considerado el continente laico por excelencia.

En 2013, las iglesias más grandes de Irlanda del Norte (católica, presbiteriana, anglicana y metodista, y el Concilio de Iglesias, que representa a diversos credos con feligresías limitadas) se unieron para trabajar por la reconciliación en el posconflicto. El discurso de presentación del Proyecto de Paz de las Iglesias de Irlanda del Norte (Irish Churches Peace Project) dice: “Por una parte, la religión ha promovido el prejuicio reforzando las divisiones entre las comunidades. Por otra puede ser una fuerza del bien, con las iglesias trabajando en conjunto para disminuir los extremismos políticos y religiosos”.

De cara al posconflicto en Colombia, es pertinente plantear si es posible alcanzar desde los púlpitos un discurso con una identidad definida: la reconciliación, con respeto absoluto por las diferencias políticas y religiosas.

En el estudio La violencia en Colombia, Orlando Fals Borda observó de cerca la relación del mensaje religioso con el conflicto: “Al analizar la violencia es honrado confesar que la Iglesia está demasiado lejos de haber logrado una positiva impregnación religiosa del hombre colombiano”. El sociólogo agrega que con su discurso la institución “no logró contener el desangre de sedicentes cristianos en lucha de fieras”.

En Colombia, el primer departamento que empezó a pensar el posconflicto fue Antioquia, con el programa “Preparémonos para la paz” (que salió adelante a pesar del escepticismo de la Presidencia, la cual consideraba que la paz se construye desde el centro y no desde los territorios). En la actualidad adelanta encuentros con representantes de la Pastoral Social de la Iglesia católica, con quienes acaba de cerrar la primera fase del acuerdo de voluntades.

La trocha es larga: la Iglesia católica ha jugado un papel ambiguo en el conflicto y en el mismo proceso de paz; los desencuentros con su ala más conservadora (que controvierte los diálogos), impiden unificar el mensaje reconciliador. ¿Asunto de interpretación de las Escrituras? ¿Desconocimiento de la evolución de la mesa de La Habana? ¿Militancia política?…

“Mientras las imbricaciones con grupos políticos pesen en las iglesias, tomadas como estructura dirigente, las amenaza un serio peligro de quiebra en sus funciones, que les cierra el paso para el trascendental cumplimiento de su misión”, complementa el estudio publicado por Fals Borda en 1962.

Aunque la Constitución del 91 nos declare un país no confesional, el peso de la religión es indudable. La Iglesia católica enfrenta el reto de asumir una posición autocrítica, observar y limar asperezas internas, para entonces aspirar a unificar el mensaje de tolerancia con otros credos.

“La paz esté con vosotros”… ¿Cómo buscar un ‘vosotros’ más amplio, que supere los rótulos políticos y religiosos?

No es cuestión de dejar el hábito de la religión sino de establecer la reconciliación como hábito. 

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