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El difícil camino a la paz entre Israel y Palestina

Después de tres años se reunieron en Washington representantes de ambos gobiernos, pero el escepticismo reina en el encuentro.

John Kerry (izq.), secretario de Estado de EE.UU., recibió en Washington a representantes de los gobiernos de Israel y Palestina.  / EFE
John Kerry (izq.), secretario de Estado de EE.UU., recibió en Washington a representantes de los gobiernos de Israel y Palestina. / EFE
Foto: EFE - MIKE THEILER

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No hay mayor razón para pensar que la reanudación de las negociaciones entre Israel y Palestina lleve esta vez a una paz duradera. Son casi diez intentos que han fracasado uno tras otro. Sin embargo, cada vez que los gobernantes de los dos pueblos se reúnen, revive la vieja esperanza de la paz y la soberanía de los dos estados. Un anhelo que cada vez parece más una utopía.

Que el primer ministro israelí haya logrado la aprobación de su Consejo de Ministros para liberar a 104 presos palestinos es visto como una muestra de su voluntad de paz. En los últimos meses, huelgas de hambre masivas en los centros de detención israelíes le recordaron al mundo la difícil situación que enfrentan los reos.

Médicos por los Derechos Humanos (PHR) y otras ONG denunciaron que muchos prisioneros son sometidos a castigos como el confinamiento solitario. Otros no saben por qué están tras las rejas. La “detención administrativa” es una medida que el ejército israelí usa en territorios ocupados para arrestar indefinidamente a quienes considera una amenaza, sin imputación de delito alguno ni necesidad de evidencias. Según PHR, la medida viola la cuarta convención de Ginebra y el Convenio Internacional para los Derechos Políticos y Civiles, y constituye una de las más serias formas de crímenes de guerra.

La liberación de los prisioneros apareció en la prensa global como un acto perfecto para mostrar la disposición a hacer la paz. Pero fijar la atención en ese gesto es perder de vista las causas del conflicto. Además, según dice a El Espectador Mohamed Odeh, presidente del Comité de Al Fatah para América Latina, “según los acuerdos de Oslo y los acuerdos de Washington en 1993, estos presos debieron haber sido liberados en el margen de cinco años, es decir a finales de 1998 o principios de 1999. Liberarlos hoy no deja de ser buena señal para el pueblo palestino, pero los israelíes deben dar señales no acordadas anteriormente”.

Los presos son sólo una cara de un viejo conflicto que, para muchos, es uno de los más complejos e inviables de la historia reciente. No obstante, Barah Mikail, investigador de Oriente Medio de la Fundación para las Relaciones Internacionales y el Diálogo Exterior (Fride), consultado por este diario, lo interpreta de manera sencilla. “El principal problema es que israelíes y palestinos no están de acuerdo con las fronteras comunes, mientras que se sabe que ésas deben ser las que prevalecían antes de la Guerra de 1967. Sin embargo, con el tiempo se han añadido cuestiones complejas, como los asentamientos israelíes que crecen en territorios palestinos, el número de refugiados palestinos que crecieron fuera de su país y las profundas divisiones políticas en ambos países”.

Desde 2010, las negociaciones quedaron estancadas debido a la negativa israelí a detener el programa de construcción de sus asentamientos en Cisjordania. Dicho programa, considerado un crimen de guerra por la Corte Penal Internacional (CPI) y condenado por múltiples resoluciones de la ONU, se ha convertido en el principal motivo de discordia a la hora del diálogo.

Los palestinos consideran que, como dice Mohamed Odeh, “poner fin a la ocupación israelí y eliminar todas sus consecuencias, como el muro (de 700 km que encierra a Cisjordania), los asentamientos y los puntos de control, y permitir que el pueblo palestino ejerza sus legítimos derechos, reconocidos por la comunidad internacional”, debe ser la condición previa y la clave para realizar un proceso de paz próspero y fructífero.

Los israelíes, en cambio, consideran que los asentamientos no son lo más importante para la negociación. Shlomo Ben Ami, excanciller israelí y vicepresidente del Centro Toledo por la Paz, ha dicho a este diario que hay obstáculos más fundamentales, porque desmantelar asentamientos es al final una cuestión técnica. Además, dice, los asentamientos no han sido empíricamente un obstáculo para dialogar: “Los dos primeros ministros que se acercaron más que ningún otro a un acuerdo final con los palestinos construyeron más asentamientos que nadie: Ehud Barak y Ehud Olmert”.

Ben Ami dice que los asentamientos van en contra del derecho internacional, pero “los conflictos los resuelven los políticos en un contexto ‘posibilista’, dentro de parámetros sociopolíticos complejos. Y éstos frecuentemente no coinciden, ni pueden coincidir, con el derecho internacional”.

En medio de esta antigua discordia, y a pesar de la presión de la comunidad internacional, el programa de asentamientos no se ha detenido. El Consejo de Derechos Humanos de la ONU señaló en enero que en la última década la población de colonos creció a un ritmo anual mucho más alto (5,3%) que la población en Israel (1,8%). Hoy hay alrededor de medio millón de israelíes viviendo en Cisjordania. Las viviendas y las carreteras, que son para su uso exclusivo, impiden la continuidad territorial del Estado palestino y el derecho de sus habitantes a movilizarse libremente.

Pero en marzo pasado, ya posesionado para su segundo mandato, el presidente Barack Obama visitó Tel Aviv y Ramala y llamó a negociar sin condiciones. Desde entonces su secretario de Estado, John Kerry, ha visitado seis veces esos territorios y logró que ambos gobiernos se encontraran esta semana en Washington, para adelantar reuniones preliminares a la reanudación de las negociaciones.

¿Por qué le importa a Obama la paz en Oriente Medio? Esa fue la promesa que hizo el presidente desde su primera campaña electoral en 2008, y se sabe que Israel es su principal aliado en la región. Además, explica Barah Mikail, significaría acabar con un conflicto que es epicentro de la inestabilidad en Oriente Medio y el norte de África, pero que también es la llave de acceso a esa región desde el punto de vista político y económico. “Si logra resolverlo, triunfaría en lo que todos ven como una misión imposible. Pero no veo que esté haciendo un enorme esfuerzo; los pasos que ha dado están más relacionados con su política de relaciones públicas”.

Lamentablemente, el protagonista en Washington es el escepticismo. Esto no sólo se debe a los históricos fracasos en la negociación, sino a que la situación de ambas partes no da para pensar hoy en una paz duradera: Palestina está lejos de una reconciliación entre Fatah y Hamás —sus principales partidos, política y geográficamente divididos— que le garantice la unidad nacional, y en Israel dominan fuerzas que difícilmente permitirían la solución de las causas gruesas del conflicto. Para Benjamín Netanyahu fue un logro la aprobación de la liberación de 104 presos palestinos, pero, aunque quisiera, difícilmente lograría aprobar iniciativas como el fin de los asentamientos, del muro o el retorno para los cerca de 4 millones de palestinos que no han logrado volver a sus tierras.

Aunque el mundo aplauda la determinación de Washington por sentar a palestinos e israelíes en la mesa de negociación, la falta de nuevas vías para sacar al conflicto del estancamiento no despierta muchas esperanzas. El mérito de la diplomacia no estará en iniciar un proceso, sino en lograr un acuerdo.

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