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Paz y guerra (bis)

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(Todos estamos a la espera de la liberación de los militares y civiles secuestrados por las Farc. Bis)

Enrique Santos Calderón acaba de publicar, sobre los diálogos de paz de Juan Manuel Santos, el libro Así empezó todo. Circula en el preciso momento en el que su hermano frena la mesa de La Habana y dos días antes de cumplir dos años de conversaciones. Ocurre porque en Las Mercedes, Chocó, secuestraron al general Alzate y a dos asistentes que hacían trabajo social. Las Farc dicen haberlo hecho.

El mismo Enrique Santos publicó 29 años atrás el libro La guerra por la paz. Él estuvo también en el proceso de paz de Belisario Betancur, el pionero de esta época de intentos y al que salieron al paso los primeros y bien configurados enemigos agazapados de la paz, dentro y fuera del Gobierno, por los que Otto Morales Benítez, jefe de la comisión, renunció. Del primer al segundo libro, el paralelismo es escalofriante. El desahucio y la imposibilidad van formando una costra que nos impide airear y sanar esta herida de la guerra obstinada entre hermanos.

Militares, guerrilleros, combatientes y víctimas son colombianos que no han podido escoger destino distinto al de intentar a la torera lo que les ha sido negado como oportunidad. Y en la nebulosa siguen quedando el quiénes son los que orquestan esta rentable guerra que no cesa y no permiten parar. Ultras de todas las capas y con todos los intereses se camuflan y acuden a la trampa, a la provocación y a la mentira.

Gabriel García Márquez, con clarividencia, prologa el libro de Enrique Santos en 1985: “Ahora, cuando ya no hay remedio, tenemos suficientes elementos para no dudar de que el doctor Morales Benítez tenía razón. Los enemigos ocultos actuaron con más rapidez, con más poder, con más astucia, e inclusive con más inteligencia que los partidarios de la paz. Peor: el sabotaje empezó mucho antes que el proceso mismo”.

Militares desalineados hubo entonces como ahora. Políticos que los instigan a levantarse en armas obraban entonces en la sombra y ahora usan megáfono en internet. Acumuladores de tierras han ido agrupándose, cada vez más, para imponer sus intereses y bloquear por dentro cada intento de desarmar el espíritu colectivo.

La historia de Colombia es una noria, dijo alguna vez Antonio Caballero. Quiénes son los bueyes, cuál es el arado y, en especial, en torno a cuál eje giramos, es la incógnita. Aun con tantos esfuerzos de análisis y de reconstrucción hechos para conjurar nuestra amnesia e indiferencia, no logramos saber cómo este mecanismo de relojería funciona con precisión y detiene cada intento de abrir el círculo pernicioso.

Sigue García Márquez: “No recuerdo, desde que tengo la costumbre de informarme y ser informado, un tema que haya saturado y apasionado de tal modo al país, como éste de la paz. Sin embargo, no creo que haya habido nadie en los dos últimos años que tuviera una noción cierta de lo que estaba ocurriendo. La pobre opinión pública, que debía ser el árbitro final de la controversia, estaba reducida a la condición de una pobre señora sentada en medio del ventisquero de informaciones contradictorias, en el cual era imposible saber sin lugar a dudas dónde estaba la verdad”.

Parece escrito esta misma semana. Nuestro desahucio es no saber a ciencia cierta qué es lo que pasa, pero constatar, sí, que la enfermedad empeora. Esta peste de vivir en un lugar casi ajeno del que unos, sólo unos, se apoderan a plata y fuego.

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