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Mucha gente en Colombia, y países semejantes, juega a lo que dice el título: a cometer crímenes de diversa gravedad con la esperanza de que el castigo nunca llegue. Claro que de tarde en tarde sí llega, pero en muchas otras ocasiones no, porque si no estaríamos ante una idiotez colectiva. En Cartagena abundan las construcciones con permisos incompletos, cuando no espurios, y los castigos posteriores son escasos, si acaso ocurren. Uno casi que ve la conversación de café, cuando alguien dice: “escrituremos a nombre de mi tía este valioso lote mostrenco que está por aquí en manos de la alcaldía y después vemos cómo nos repartimos el botín”. El grueso de la ganancia suele ser para el autor intelectual.
Desde luego que el propósito de una columna como esta no es alborotar la culpa en la mente de los lectores. De seguro, si ya llevan vidas prolongadas, alguna actuación impropia habrán cometido y, por qué no, pueden haber incurrido en algo que tal vez implique un crimen en el código penal. Yo mismo recuerdo haber actuado de forma inadecuada algunas veces y, pese a que no recuerdo ningún delito grave, no me atrevería a que alguien revisara con lupa todas mis actuaciones porque algo no tan grave hallaría, aunque sí reprochable.
Por supuesto que al menos en mi entorno íntimo no nos rodeamos de delincuentes, como suele suceder en las películas y las series de televisión, en las que a cada nada alguien dispara a matar y muchas veces da en el blanco. También abundan allí los grandes ladrones de bancos. Manes de guionista, digo yo, que no hallan otra manera de dar un giro a la trama. Los balazos arreglan lo que la rutina tal vez ha trabado.
El crimen sin castigo es quizás el símbolo más potente de la corrupción rampante. No tendré que decir que una tradición semejante no abunda en los países que se ubican más abajo en la lista de los corruptos: Dinamarca, Finlandia, Suecia. Claro, delincuentes hay en todas partes, pero delincuentes socialmente aceptados no. En Colombia, en cambio, se codea uno con muchos de ellos en los clubes sociales, en los cocteles y hasta rondan tal cual actividad que acometemos. Algunas personas solemos cortar por lo sano cuando nos enteramos de que alguien ha incurrido en algo grave, pero la obsesión de la pureza absoluta de repente nos conduciría a la extrema soledad.
Hay que decir que venimos de peor. Hasta hace unos años, el único político de alto rango procesado por crímenes era el famoso Gurropín (Gustavo Rojas Pinilla). De resto, abundaban los ministros y hasta presidentes virtuosos que, por lo que parecía arte de magia, se volvían multimillonarios de la noche a la mañana. En el terreno de los crímenes sin castigo surgieron en paralelo los políticos comprados de forma abierta por las mafias y no nos fue posible descartarlos del todo de la vida pública, apenas dejar de saludarlos.
Sin embargo, hay que subir mucho el listón de la ética si queremos que el país se vuelva sano. Se requieren reformas potentes a la justicia, que empiecen por castigar a los jueces y magistrados torcidos, pues vaya que abundan. No tiene ninguna presentación, por ejemplo, aceptar pagarle a alguien por sus servicios profesionales en rama, con la obvia claridad de que así está capando impuestos. O sea, hay modas que se deben descartar del todo.
Por todo lo anterior, el ascenso político de Armando Benedetti es la peor de las noticias. Su proceso ante las cortes tiene que volverse un símbolo de la vitalidad de la justicia. Si él cae, al menos un episodio de peso habrá ganado la rectitud en Colombia.