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Desde que John Kerry asumió como el secretario de Estado de Estados Unidos, hizo del conflicto palestino-israelí su principal prioridad. Solucionar esta vieja confrontación significaría para Barack Obama cumplir buena parte de la promesa que hizo en 2009, después de ser elegido por primera vez como presidente: llevar la paz a Oriente Medio. Después de ese anuncio que dio en un histórico discurso en la Universidad de El Cairo, el mandatario estadounidense obtuvo el premio Nobel de Paz.
Durante su primer mandato, aunque Oriente Medio fue la prioridad de su política internacional, solo se vio un enorme derramamiento de sangre en la región. En marzo de este año, ya posesionado en su segundo mandato, Obama visitó Israel y Cisjordania y exhortó a trabajar por la paz, aunque no propuso una iniciativa específica para apaciguar la tensión entre las partes. Sin embargo, su secretario de Estado, John Kerry, visitó desde entonces seis veces esos territorios, todo para lograr que los gobernantes de uno y otro aceptaran reunirse este lunes y martes en Washington, para realizar unas reuniones preliminares al inicio de nuevas negociaciones.
Las revoluciones árabes, hasta ahora, derrocaron a algunos dictadores pero mantienen a países como Egipto y Libia sumidos en agudas crisis sociales, políticas y económicas. En Siria, la guerra civil ya superó cualquier límite y los muertos son alrededor de cien mil, según la ONU. El papel de Washington en estos episodios es crítico: en Libia, lideró desde atrás la operación internacional que terminó con la muerte del exdictador Muamar Gadafi; en Egipto, perdió a uno de sus aliados estratégicos en la región con la caída de Hosni Mubarak; en Siria, está cada vez más cerca de decidirse a intervenir directamente para derrocar a Bashar Al Asad y ponerle punto final a la cruenta guerra, pero nada garantiza que su intervención no genere un mayor derramamiento de sangre. En Irak y Afganistán, Obama cumplió con finalizar la ocupación estadounidense, pero el estado de fragmentación e inestabilidad en que están sumidos esos países deja un amargo sabor.
En Irak, por ejemplo, ya no es sorpresa ver series de atentados que dejan centenares de muertos en un solo día y en los cuales están infiltrados grupos a los que EE.UU. pretendió eliminar, como Al Qaeda.
En medio de los levantamientos populares de la primavera árabe, en los que la cofradía de los Hermanos Musulmanes ha sido protagonista, se detonó un creciente sentimiento antiestadounidense en la región. Prueba de esto fue el asesinado del embajador de EE.UU. en Libia, Chris Stevens, en septiembre del año pasado, y las posteriores protestas violentas contra las sedes diplomáticas estadounidenses en casi todos los países del mundo musulmán.
La dialéctica, atravesada por la violencia y el rechazo, entre los valores estadounidenses y los de las naciones árabes y musulmanas de Oriente Medio, tiene parte de sus raíces justo en el conflicto israelí-palestino. La creación aprobada por la ONU del Estado de Israel en 1948 y las consecuentes guerras que desencadenó esa decisión, y luego la crisis de los rehenes estadounidenses en Irán en 1979, hicieron que los medios empezaran a asociar al inasible concepto de ‘terrorismo’ la imagen de los grupos de resistencia contra la ocupación israelí y del islam en general.
Asimismo, esto hizo que se despertara en el mundo árabe y musulmán un creciente rechazo a Israel, bastión por excelencia de los valores occidentales en Oriente Medio. El atentado contra el World Trade Center de Nueva York, y la consecuente guerra contra el terrorismo impulsada por George Bush, radicalizó al extremo esas interpretaciones de uno y otro lado.
Por eso, lograr que palestinos e israelíes lleguen a un acuerdo razonable no significa solo resolver un viejo desacuerdo fronterizo, sino dar un paso importante hacia la reconciliación de los valores que hoy dividen al mundo. Es una oportunidad para que Obama demuestre los méritos por los cuales recibió el Nobel hace cuatro años. Después de su visita en marzo pasado a Tel Aviv y Cisjordania, Kerry corrió con la diplomacia para poder tener hoy en Washington a la negociadora israelí, Tzipi Livni, y al palestino, Saeb Erekat.
El presidente de los estadounidenses, que durante su segundo mandato tiene menos presión electoral, considera “muy prometedora” esta reanudación de negociaciones, y ve en ambas partes un “profundo deseo de paz”, según dijo este lunes con motivo del inicio de los encuentros preliminares. Pero el verdadero protagonista de este episodio es el escepticismo, por no decir el pesimismo. Después de más de una docena de encuentros para intentar resolver diferencias, y desde que el último intento quedó congelado en 2010 por la negativa israelí a detener su programa de construcción de asentamientos, la ilusión en la paz y la soberanía de los dos países parece más débil que nunca.
La razón de fondo para tanta incredulidad está en la ocupación. El avance de la construcción de asentamientos israelíes, que dificultan cada día más la continuidad geográfica del estado palestino, es un crimen según la ley internacional y ha sido rechazado desde todos los frentes, pero no se ha detenido. Benjamín Netanyahu, el primer ministro israelí, logró que su Consejo de Ministros aprobara la liberación de 104 presos palestinos, lo cual es visto por el grueso de la comunidad internacional como un gesto que demuestra su voluntad de paz antes del inicio de los diálogos.
Pero Netanyahu, suponiendo que quisiera hacerlo, difícilmente lograría la aprobación de su gobierno a iniciativas que solucionen las causas importantes del conflicto, como es el programa de asentamientos, el levantamiento del muro que encierra a Cisjordania, la posibilidad del retorno para los cerca de 4 millones de palestinos que no han logrado volver a sus tierras. Por eso, aunque palestinos a israelíes saludan la determinación diplomática de Washington, la falta de una fórmula para sacar del estancamiento al conflicto no despierta más que una débil esperanza.