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París, como el lema de su escudo de armas, flota al vaivén de las olas, pero no se hunde.
Desde que los primeros hombres se establecieran en las orillas del Sena, ha soportado oleadas de invasiones, guerras y turistas; y sigue floreciente, manteniendo las tradiciones europeas vivas. Es difícil no encandilarse con sus luces, porque sigue siendo la condensación magnífica de lo que Occidente ha conseguido en el área de las artes y las letras, la religión, la arquitectura, la selección y preparación de la comida, el urbanismo, los modales ciudadanos… París «es la civilización occidental», dicen algunos, y quizá no exageran, pues es un referente ineludible del imaginario colectivo. Desde luego cada cual la vive según le va en la feria.
Mi impresión preliminar comienza deslumbrado y en silla de ruedas por sus calles y se centra en la aniquilación de los prejuicios acerca de la antipatía de los parisinos. Seguramente ayuda a la calidez de las sonrisas la luz dorada y oblicua de un otoño dulce, que exalta las falsas monocromías de la piedra y las pizarras y hace brillar las copas de los árboles del paseo del río. Con mis amigos residentes en París hicimos un cálculo y concluimos que en treinta días de vueltas y revueltas, de interacciones callejeras intensas durante el día y la noche, no habíamos encontrado más de dos parisinos de respuesta desabrida. El mesero atareado pero atento sin zalamerías, el guarda del museo, el taxista, la vendedora de juguetes en el Passage de Panoramas, el vendedor de los tiquetes en el Louvre, la panadera de la boulangerie de turno los domingos —como las droguerías, siempre hay una abierta por ley de la república— o la adorable Odile de la quesería más antigua de París, parecían confabulados para acogernos con una profusión de sonrisas genuinas hacia el otro, un ser humano. Ni qué decir del trato considerado a un minusválido.
Pero incluso antes del accidente que me dejó por muchos días «a mobilité réduit», montando en bicicleta pública ya había sentido la importancia de las prioridades humanas en la urbe. Sólo el peatón tiene más privilegios que un ciclista. Pero el ciclista tiene la vía y contravía (puede circular en dirección opuesta al tráfico en algunos lugares), lo respetan los buses, los Ferrari, los taxis y los motociclistas, de tal manera que no se requiere ni voltear la cabeza para un cruce pues basta una sutil señal con la mano para que el Rolls Royce del jeque pare de inmediato y ceda el paso. Escala humana. Respeto, conmovedor hasta las lágrimas para alguien que viene de vivir todo lo contrario. Para eso sirve la educación francesa antigua y admirable.
Por esta y mil razones es fácil proclamar: París, Je t’aime. La sensibilidad se abre, la esperanza en la convivencia humana se renueva, el intelecto se excita y se despierta y el interrogante sobre lo que somos aquí en Latinoamérica se agudiza. Mientras reflexiono al respecto, floto sobre las aguas caribeñas tratando de no hundirme bajo las oleadas del «american dream» y las marejadas asfixiantes de violencia nacional.