Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Hace unos meses escribí una columna titulada “Fatiga de guerra”: traje a cuento el testimonio de un muchacho que estaba, como muchos que han vivido en el campo de batalla, en medio de la crudeza de la guerra.
Entonces, por estar en el servicio activo del Ejército, no quiso que lo identificara por su nombre. Se llama Jason y es oriundo de Puente Rojo, una vereda en Ginebra en el Valle del Cauca. En una pausa hace unos meses, que aprovechó para regresar a su pueblo y compartir con sus amigos, dejó saber que estaba hastiado y que no quería seguir empuñando un arma. Pero en el Ejército no se permite estar cansado de la guerra porque la lucidez se confunde con cobardía, y Jason lo sabía. Y por eso aguantó sin dejar de hacerse la pregunta crucial: ¿qué sentido tiene matar a otra persona que no me ha hecho nada?
Y contaba lo que ocurre en esa Colombia lejana que no conocemos: “Uno como soldado es destructor de la naturaleza, porque por allá nos sueltan en medio del bosque para abrir trocha y helipuertos. La comida de los soldados llega por helipuerto, que daña mucho bosque. La minería ilegal tiene desbaratados los ríos. Los grupos armados controlan esa minería ilegal. También el robo de combustible destruye y contamina los ríos. La válvula se hace a la orilla del río para que el goteo de combustible caiga al agua y las autoridades no se den cuenta. La gasolina, éter, acetona, cemento, toda se utiliza para procesar la coca. La guerrilla cuida los cultivos: coca, marihuana, amapola. Y se cuida a sí misma: tienen cantidades de trampas —minas— y tatucos artesanales (morteros hechizos que no tienen dirección) que cuando los lanzan afectan mucho la población, dañan casas y caminos.
La guerrilla es muy numerosa y se hace sentir. Se impone y siembra miedo con sus armas. Antes buscaban poder, ya no pueden. Hay partes donde la gente es afecta al Ejército. En otras son más afectos a la guerrilla porque siempre han estado allí, de familia en familia. Allá casi no va el Ejército porque se sabe con certeza que hay mucha guerrilla y lo pueden matar a uno. Hoy en día un buen comandante es el que no arriesga a sus soldados. Todo al final es un fracaso operacional porque mi vida —la vida— no tiene precio”.
¿Usted espera la paz, Jason? “La verdad, yo siempre la he esperado. Hemos sufrido mucho. Yo que tengo mi hijo no quisiera para él un desplazamiento o un reclutamiento forzoso. La gente del campo quiere la paz, quiere otro estilo de vida. Quieren sus tierras y poderlas trabajar”.
La paz para torcerle el pescuezo a su destino, pero la violencia demencial no le dio tiempo. El 31 de octubre, el día de las brujas, un cilindro bomba lanzado por las Farc contra su patrulla en Barbacoas, Nariño, le truncó su sueño de regresar sano y salvo a Puente Rojo a recomenzar su vida. Permanece postrado, con una lesión en la columna vertebral que puede terminar dejándolo paralítico, y su rostro es otro, desfigurado por las esquirlas. ¡Jason entró a formar parte de las estadísticas de esta maldita guerra que hay que acabar!