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Torciéndole el pescuezo

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“Es propio de aquellos con mentes estrechas, embestir contra todo aquello que no les cabe en la cabeza”. Antonio Machado

Gustavo Petro, el alcalde de Bogotá, es un demagogo que le tuerce el pescuezo al sentido común. Entregarles a 374 familias de desplazados viviendas de interés prioritario (VIP) en barrios como Chicó y Santa Bárbara es un despropósito que, en vez de favorecer a estas pobres familias, las va a perjudicar. Precisamente por ser estrato 6, los comercios son bastante más costosos que en otros lugares de la ciudad. Y no es sólo la comida, que en algunos casos se triplica de precio, sino los elementos de limpieza, el vestuario y la salud. Asumiendo un mantenimiento de $200.000 mensuales, añadido a los sobrecostos y el precio del transporte para desplazarse diariamente, los escasos ingresos mensuales de estas familias pueden llegar a desaparecer.

Miremos unas cifras: Metrovivienda anuncia que el costo de dichas viviendas es de $30.000 millones. Es decir, $80 millones por familia (dos veces más de lo que le costaría a la ciudad hacer vivienda para los desplazados en otro lugar). Aparte de estos, la ciudad deja de percibir $80.000 millones; la suma de una eventual venta de 10.000 metros cuadrados hubiera alimentado las arcas del Distrito, cifra que le hubiera permitido al alcalde darles vivienda a más de 2.000 familias. En plata blanca, cada vivienda en el estrato 6 les va a costar a los contribuyentes $320 millones por familia. ¡La demagogia de Petro es costosa!

Doña Aída Pesquera, la directora en Colombia de Oxfam, sistemáticamente le tuerce el pescuezo a la verdad. Debería esta señora acatar el consejo de Mark Twain a los periodistas: “Primero relate los hechos; después distorsiónelos a su antojo”. En reciente entrevista con la periodista Camila Zuluaga (El Espectador, nov. 16/14), ante la pregunta “Quienes están a favor de este proyecto insisten en decir que la altillanura es una tierra muy difícil de cultivar, que la única forma es hacerlo con gran inversión privada…”, contestaba: “Es cierto que esas tierras son suelos frágiles, pero no es tan cierto que con el gran capital privado se pueden desarrollar. Allá viven desde hace décadas cientos de familias campesinas y familias indígenas que tienen proyectos productivos que demuestran que esas tierras pueden ser fértiles sin necesidad de meter gran maquinaria… los privados no están invirtiendo nada de su propio bolsillo”. Falta a la verdad doña Aída en dos aspectos:

El primero es que si bien algunas, no cientos, de familias campesinas tienen cultivos de pancoger, estos cultivos son casi exclusivamente de autoconsumo o ganadería extensiva (una res cada 10 hectáreas). Antes de llegar los grupos agroindustriales no existía ningún, absolutamente ningún proyecto que pudiera producir excedentes para alimentar los grandes centros urbanos.

En segundo lugar, afirmar que “los privados no están invirtiendo nada de su propio bolsillo” cuando han enterrado varios centenares de millones de dólares en la altillanura es una falsedad que desacredita a ella, a Oxfam y al periódico que publica esta falacia.

Doña Aída hace gala de un manifiesto desconocimiento agronómico: la maquinaria, grande o chiquita, no incide en nada sobre la fertilidad de la tierra.

¿De dónde y por qué sacarán doña Aída y Oxfam cifras tan alegres y mentiras tan insolentes? ¿Ignorancia? ¿Mala fe? ¿Agenda oculta?

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