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Petro, a la torera

María Elvira Samper
15 de noviembre de 2014 – 09:00 p. m.

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“Todo se pude hacer, pero no de cualquier manera”, dice mi hijo que le decía uno de sus profesores de ‘Taller’ de la facultad de Arquitectura, mientras destrozaba en forma implacable pero argumentada proyectos inviables o sin sustento.

Un consejo que le habría servido al alcalde Petro, quien no obstante sus buenas ideas y propósitos para hacer de Bogotá una ciudad más incluyente, es poco lo que ha logrado. ¿Las razones? No sólo las que él aduce, en parte ciertas, como el ensañamiento de los medios en su contra y la supervivencia de mafias enquistadas en la administración. También su talante autoritario y pendenciero, y la tendencia a improvisar, una mala combinación que lo lleva a dividir y a polarizar, y a imponer, por lo general a la brava, iniciativas que carecen de sustento técnico y/o jurídico, o que no obedecen a estrategia o planificación alguna.

Debutó en el cargo casando una pelea con los aficionados a la fiesta brava, pero guarda silencio sobre las riñas de gallos —permitidas como los toros—, aunque muchas galleras no están registradas y las peleas se llevan a cabo en lugares clandestinos donde se apuesta en grande y se blanquea dinero. A la brava impuso su modelo de recolección de basuras, y sacó el POT por decreto, saltándose a la torera observaciones sobre posibles vicios de legalidad y conceptos autorizados sobre la falta de estudios y de soporte económico, jurídico y técnico, razones por las cuales fue demandado y hoy está en el limbo.

A la brava trajo la máquina ‘tapahuecos’, adjudicada a dedo, sin licitación, modalidad de contratación que Petro fustigó durante su destacado paso por el Congreso, pero que, según la Contraloría Distrital, se volvió común en su administración. Y a la brava, sin estudios técnicos y financieros, y en contravía de las advertencias de los órganos de control, decidió subsidiar la tarifa por uso del SITP, un sistema que no funciona bien y que deja cuantiosas pérdidas. Los buses, busetas y colectivos compiten con los buses azules, que tienen muchas rutas que no responden a las necesidades de los pasajeros; el lío con las tarjetas subsiste; hay operadores quebrados y, para completar el cuadro clínico, Transmilenio colapsó.

La lista de improvisaciones y fallas de gestión es larga y a ella se suma ahora el anuncio de que el Distrito construirá 372 viviendas para víctimas de la violencia en lotes de estrato 6. Una propuesta detrás de la cual no hay estudios, ni un plan estructurado, amparada en la bandera de la inclusión social que contamina el debate. Porque si bien es cierto que Bogotá es una ciudad segregada, y que el clasismo, los prejuicios, la discriminación y la intolerancia son barreras para la inclusión, acudir a este expediente para descalificar a los críticos es una salida fácil que desvía la atención del problema de fondo —el déficit habitacional y la escasez de tierra—, y del carácter improvisado de la medida. Una medida con tufillo populista y demagógico que oculta mal los precarios resultados de la administración en materia de vivienda,

El alcalde Petro prometió 70.000 soluciones VIP y VIS, pero la ejecución no llega a la mitad. El plan de desarrollo del centro ampliado está en pañales y es poco lo que se ha hecho en recuperación o mejoramiento de las condiciones de zonas deprimidas. Los 372 apartamentos en zonas estrato 6 son fuegos artificiales. La mera vecindad no garantiza la inclusión, que es necesaria, deseable y conveniente pero que, como dice el profesor de marras, no puede hacerse de cualquier manera. Menos aun a las patadas.

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