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México en llamas

Santiago Gamboa
14 de noviembre de 2014 – 06:55 p. m.

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Estábamos un grupo de colombianos en Oaxaca, invitados a la Feria Internacional del Libro, y como siempre hablábamos de las delicias de este país en el que todo lo que llega se vuelve grande, más grande aún si ya lo es, y por supuesto pensábamos en los escritores anglosajones que fueron seducidos por él, como Graham Greene o D.H. Lawrence o Malcolm Lowry, este último el que mejor escribió a partir de México, en mi opinión, y mencionamos a los grandes colombianos muertos en México empezando por Barba Jacob y siguiendo con Álvaro Mutis y García Márquez, y de cómo uno de los mejores de la actualidad, Fernando Vallejo, ha vivido y escrito casi siempre acá, un país que invierte 1.300 millones de dólares anuales en cultura contra los 100 de Colombia, que sólo tiene la mitad de la población de México, esa generosidad mexicana expresada en su abundancia.

En fin, un grupo de escritores colombianos deslumbrados por la belleza de Oaxaca, por la catedral de Santo Domingo y el zócalo y Monte Albán y el mercado y las mil variedades del mezcal que bendice a esta tierra y que nos bendice a quienes la visitamos, todo eso vivíamos cuando la noticia cayó como un alarido en la oscuridad, los habían matado a todos con un tiro en la cabeza la noche del 26 de septiembre, a los 43 muchachos, todos de un balazo y luego los cuerpos fueron incinerados en una inmensa pira hecha con neumáticos y madera, en un botadero de basura a 30 kilómetros de Iguala, ese nombre que ya nunca podrá ser pronunciado del mismo modo. Cuarenta y tres jóvenes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, la misma del guerrillero Lucio Cabañas, que iban hacia el DF a participar en las marchas del 2 de octubre (aniversario de Tlatelolco), pero que al llegar a Iguala en un bus “decomisado” chocaron contra la barbarie y fueron recibidos a bala por la policía, dejando seis cuerpos en la calle, y luego entregados a los narcos, que remataron la faena por orden del alcalde. Dios santo.

Pero la cosa no acaba ahí: en pleno luto nacional y funerales, el presidente Peña Nieto se marcha a China a un encuentro de la APEC, acentuando con eso la soledad y el desamparo de esos jóvenes, y la sociedad civil mexicana grita, reclama, y en pleno dolor la cultura mafiosa muestra su preponderancia a los niveles más altos, pues se sabe con escándalo que entre la comitiva presidencial a China iba el peluquero de la primera dama, la actriz Angélica Rivera, y poco después, para acabar de completar, y desde otro frente de actualidad, se supo que la mansión de Peña Nieto y su esposa, en Lomas de Chapultepec, valorada en 7 millones de dólares, fue comprada en 2010 por una empresa que le pertenece al Grupo Industrial Higa, quien a través de una firma constructora ha obtenido millonarios contratos del Estado (esto según Aristegui Noticias).

Entonces, ante semejantes crímenes, corrupción y violencia, la conclusión vuelve a ser la misma: sí, en nuestro querido México, ahora en llamas pero que sigue siendo la patria de los escritores latinoamericanos (y anglosajones y puede incluso que de franceses o noruegos), todo lo que llega se hace grande, sea lo que sea. La muerte y la corrupción y el narcotráfico y el cinismo también. Todo lo que es grande, sea triste o feliz, se hace más grande aún.

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