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La oposición con argumentos más religiosos que médicos o éticos a la eutanasia pasiva se está debilitando.
Se encuentran pronunciamientos de jerarcas de la Iglesia en el sentido de que la medicina debe hacer todo para curar al enfermo, pero no diferir la muerte artificialmente con procedimientos que puedan prolongar la vida a costa de insoportables sufrimientos. Las decisiones en casos como la muerte cerebral, estado vegetativo, pueden ser más complejas: no parece existir alto grado de sufrimiento, pero no puede afirmarse que el enfermo conserve las características de una persona humana. No se discute la obligación de preservar la vida, los textos legales se refieren a la vida humana: en otra forma, ni siquiera los vegetarianos podrían subsistir para poder consumir sus alimentos: se debe matar una vida vegetal. Hoy se acepta que el enfermo tiene el derecho a rechazar tratamientos que sólo prolongan el sufrimiento sin ninguna esperanza de recuperación. No le corresponde a la Iglesia decidir sobre el derecho de un enfermo que no pertenezca a esa comunidad a aceptar o no una prolongación de sufrimiento. Esta decisión sólo le compete libre y espontáneamente al paciente.
El debate en la actualidad se centra en la eutanasia activa, que busca directamente acabar la vida y así tener el derecho a una muerte digna. No hay una separación tajante entre la eutanasia activa y la pasiva. Una dosis normal de un potente analgésico unido a la privación de alimentación forzada se considera eutanasia pasiva; puede tener el mismo efecto que una sobredosis liberadora de morfina, que se catalogaría como activa.
El notable teólogo católico Hans Küng, en el libro escrito con W. Jens, Morir con dignidad, aboga por la eutanasia pasiva, pero se acerca a la justificación teológica de la activa. En sus palabras, “la vida es ciertamente ‘creación’ de Dios, pero, conforme a la misión encomendada por Dios, también es responsabilidad para el hombre. La devolución prematura de la vida es ciertamente un ‘no’ del hombre al ‘sí’ de Dios, pero ¿qué significa a la vista de una vida aniquilada física y/o psíquicamente?”. Como creyente, Küng afirma que la muerte es sólo un paso hacia otra vida, y le permite asumir una actitud distinta hacia la muerte “¿No podría esto facilitar una nueva y distinta forma de morir? ¿Por qué no va a ser posible morir con sosiego, en plácida expectación?”.
En reciente entrevista, Küng dice que está preparado para morir y que ha tomado medidas para una muerte asistida, eutanasia activa, en Suiza, su país natal, donde esta práctica es legal. Afirma que nadie está obligado a soportar lo insoportable; añade que “procurar la muerte antes que ésta llegue no atenta contra el derecho exclusivo del creador, que los dolores se reduzcan a una medida soportable, y se ayude con psicofármacos, a superar el último tramo de la vida”. Concluye: “he tomado provisiones con respecto a mi vida y a mi muerte cuando mi conciencia me diga que ha llegado el momento”.
Si bien Küng tiene diferencias con su condiscípulo Benedicto XVI, el papa Francisco ha hecho explícitas muestras de reconciliación de Küng con el Vaticano.
Con inteligencia y humor negro, la película francocanadiense Las invasiones bárbaras, dirigida por Denys Arcand, muestra el final feliz de un enfermo desahuciado, gracias a la eutanasia activa.