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El mundo al revés. Cuando Colombia logra una política exterior efectiva, algunos expresan nostalgia por la “firmeza” que provocó una crisis de aislamiento regional y amenazas de guerra.
Los nostálgicos quieren regresar a los tiempos en que la política exterior estaba al servicio de la política interna, para mantener altos índices de favorabilidad en las encuestas mediante la solidaridad popular que generan a los gobiernos las tensiones internacionales. Quieren regresar a cuándo la cooperación regional en materia de seguridad estuvo en su punto más bajo, con países vecinos justificando el conflicto interno en lugar de presionar, como ahora, a las Farc para que dejen las armas. Nostálgicos de cuando Estados Unidos rechazaba los ofrecimientos de bases militares, y los países del subcontinente nos aislaban señalados de ser el Israel de la región. Nostálgicos de firmezas populistas, que proponen violar abiertamente el derecho internacional desacatando fallos con tal de evitar daño político interno, sin siquiera intentar mecanismos que no dejen al país como un forajido internacional.
Ese llamado a regresar a una política exterior conflictiva viene de la obsesión de sectores del país con la firmeza como único instrumento legítimo de acción política. Obsesión que los lleva a asociar las acciones moderadas o concertadas con debilidad, aun en el campo diplomático, que por naturaleza busca evitar, no fomentar, los conflictos. Y a desconocer que la regla de la vida internacional civilizada es el respeto por la autodeterminación de cada pueblo. La firmeza en asuntos internacionales es cada vez más escasa, reservada a gobiernos caudillistas y expansionistas como el ruso, porque aun las potencias como Estados Unidos y China buscan acomodar sus intereses antes que imponerlos, pues en el mundo multipolar de hoy vale más la colaboración que las posturas principistas. La invasión a Irak y el fracaso de las Primavera Árabe son símbolos de que no es posible imponer desde fuera el respeto a la democracia. En el caso de Venezuela, desde el gobierno Bush Estados Unidos ha demostrado que lo menos ineficaz es evitar la conflictividad.
Toda política exterior debe evaluarse por su efectividad, por su capacidad de avanzar los intereses nacionales y de solucionar los conflictos comunes a las relaciones entre países. La política exterior del gobierno Santos aplica las teorías realista y del “soft power”, como la enorme mayoría de países hoy en día —incluido Estados Unidos después del fiasco de la aplicación de la teoría idealista en Irak— que busca la autopreservación mediante el aumento de poder y de influencia, evitando comportamientos moralistas que puedan entorpecer la búsqueda del interés nacional.
Las evidencias de que esa política exterior está siendo exitosa abundan. Temas como el apoyo cerrado de la comunidad internacional al proceso de paz, la comprensión internacional a la inaplicación de la sentencia sobre límites, que Estados Unidos considere a Colombia su principal aliado en la región mientras se tienen magníficas relaciones con toda Suramérica, el retiro de las visas de turismo, la Alianza del Pacífico, muestran que tras la política exterior actual hay bastante más estrategia que relaciones públicas.