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Sin duda son muchas cosas las que han cambiado en la Iglesia y muchas más las que se espera cambien. Hay quienes aplauden y sin duda hay quienes —preocupados— reciben resignados los cambios que se van insinuando. No se atreven a clamar contra los cambios, pero sí van comentando con sigilo acerca de la incertidumbre que guardan en su cabeza. “¿A dónde nos va a llevar este papa?”, es la pregunta que se hace gente de buena vida cristiana, así como otros que son enemigos totales del cambio y que se sienten debilitados en sus privilegios.
Más aún, habrá quienes reaccionen contra artículos como este por ser un seglar quien lo escribe, porque suponen que la función de los laicos es simplemente la de obedecer, ya que el pensar sobre lo religioso le está reservado a quienes ejercen el sacerdocio ministerial. Menos mal que son una minoría absoluta, porque no han dejado jamás entrar el espíritu y la gestualidad del conflicto en sus vidas. Y no es una cuestión de edad, ya que hay jóvenes de treinta años envejecidos —lamentablemente— en los privilegios que el Concilio Vaticano II quiso desmontar.
Benedicto XVI realizó una tarea increíble y fue aquella de dejar como herencia “una doctrina segura”. Con él —si se le lee y estudia— se tiene claro qué es lo “no negociable” y qué lógicamente han de dominar y saber quienes se atreven a cumplir la consigna de “evangelizar a todas las gentes”, para lo cual es preciso saber la norma de oro de que en la Iglesia todo es dialogable, mas no todo es negociable. Quien evangeliza debe saber qué piensa el que está en la otra orilla, oír y discutir y no solamente manifestar la intolerancia de quien se cree ser más inteligente que aquellos que piensan diferente.
Para todos, en especial para estos últimos, vino Francisco como signo de contradicción. Nos asombró a todos. Fue un nuevo aire. Pero han comenzado a dividirse las opiniones entre aquellos que somos felices con su llegada y otros —una minoría poderosa, es cierto— que tildan a Francisco de “populista eclesiástico” y de “demagogo”. Claro que lo dicen con cierta ternura, porque no se atreven a romper con el pasado donde aún tienen cimentadas sus seguridades.
La Jornada Mundial de la Juventud
Se considera que la primera fase del pontificado se cierra con el viaje al Brasil. Es el encuentro con el futuro. Y a decir verdad es la joya de la corona de este inicio de pontificado en donde hubo necesidad de cambiar muchas cosas, ya que se esperaba a Benedicto con su estilo de pastor auténtico a la usanza de ayer, pero que con su abdicación cambió todo el rumbo de la Iglesia y será conocido por todos como quien supo irse en el momento indicado y mantenerse al servicio de su sucesor sin ser un obstáculo como acostumbran aquellos poseídos del falso mesianismo de sicología inferior que los lleva a sentirse insustituibles.
Además, a esto se une la elección del Espíritu Santo con el nombramiento de este papa completamente atípico que ha sido saludado efusivamente por todos —por la mayoría— y que cambió los ritmos de todo el funcionamiento del Vaticano y llevó a temer en el caso mismo de la Jornada Mundial de la Juventud que se pudiera realizar y que si se cumplía habría de serlo de manera diferente a como se habría planteado. En efecto, en Río de Janeiro y Sao Pãulo los protocolos serán diferentes a los habituales.
Es de notar que Benedicto realizó su primer viaje a Aparecida Brasil con ocasión de la V Conferencia Episcopal; allí estuvo el obispo argentino Jorge Bergoglio, pero llama la atención que en los álbumes fotográficos de la reunión muy poco aparece él, ya que recibida la encomienda de ser responsable del producto final —el “Informe de Aparecida”—, a ello se dedica. También el primer viaje de Francisco al exterior es a América Latina y al Brasil, donde ha querido dejar una impronta distinta a la que dejaron sus antecesores.
Basta con leer las normativas de viaje y las referidas a la seguridad. La gente ha de prepararse ahora para recibir a un pastor de cercanía real, capaz de caminar la calle sin toda la parafernalia —justa y lógica por el personaje— de sus predecesores. Conoce Francisco aquel tango que afirma que cada quien es dueño de su propio coraje y este papa sabe a conciencia que está en las manos de Dios.
Una habitación como la de cualquier persona, la misma alimentación para todos; el mismo comedor para todos y aunque los han llevado tratará de no usar el papamóvil ni se trasladarán todas esas vestimentas elegantes y majestuosas como era de uso. De la misma manera los escribientes de la Santa Sede han tenido un verano suave.
La pobreza del pontífice
Francisco es el último capítulo del Concilio Vaticano II. Juan XXIII fue un papa atípico que sorprendió a la Iglesia citando la primera reunión universal no para discutir dogmas o doctrinas sino para ubicar la Iglesia en el mundo de hoy. Nadie creyó que pudiera hacer algo, pero puso en movimiento una capacidad de cambio que perdura luego de cincuenta años. Esa capacidad de cambio a veces pareció disminuirse con el paso del tiempo, se hizo lenta, creó divisiones entre las cuales la más dura ha sido la de los llamados lefebvrianos y no fueron pocos los que consideraron que Juan XXIII había cometido un grande error. Naturalmente todo ello se disimula y témales a algunos que consideran que la crítica sólo está reservada al círculo interno del poder al que ya pertenecen.
Por ello es magnífica la determinación que ha tomado Francisco de canonizar —vía milagro— a Juan Pablo II y excusando el milagro a Juan XXIII por su testimonio eclesial, dato que han revivido los ataques del ayer contra el llamado “Papa Bueno”, que sabía tantas cosas que sucedían y presentía tantas que iban a suceder como era propio de una de las grandes inteligencias de la Diplomacia de la Santa Sede.
Bergoglio era por entonces simplemente un jesuita que meditaba todo lo que leía y lo apasionaba —dicen— el famoso esquema XIV firmado por el cardenal Lercaro y al que adhirieron otros miembros del Concilio, como Montini, Helder Camera y Mercier, quienes afirmaban ya desde entonces que el liberalismo —o capitalismo si se prefiere— era “una despiadada máquina que fabricaba pobres”.
Ya por entonces se hablaba de la transparencia como una de las condiciones de la pobreza verdadera. Jorge Mario Bergoglio adoptó la pobreza siguiendo esa lógica del Concilio. Desde entonces pensó que sólo renunciando a las seguridades y a los privilegios estaría la Iglesia en capacidad de servir a los pobres. Podía pensar lo que quisiera, ya que era probable que jamás llegaría a ser obispo, ni cardenal, ni menos aún llegaría a papa. Hoy llama la atención que frente a más de diez títulos que le confiere el pasado luego de la mala alianza con Constantino prefiera ser llamado “obispo de Roma”, que se mezcle con la gente de manera espontánea y que haya puesto en marcha la preparación de unas propuestas de cambio real.
¿Teólogo de la liberación?
El papa que visita Río de Janeiro no pertenece ni ha pertenecido a la llamada teología de la liberación. En efecto, sus compromisos son con la vida y está totalmente ajeno a alternativas que partan de la aceptación de la muerte. Es un testimonial y un contestatario que cree que el cambio compromete en primer lugar a aquel que sinceramente lo desea. Bien sabe él que en la Jornada Mundial de la Juventud de Río puede proponer esa clase de compromisos que fácilmente se borran con el pragmatismo que comporta el tiempo.
El interés de Francisco es aquel de colocarle los gestos que hacen creíbles las palabras y viene haciéndolo crecientemente y sabe que es esa la actitud que aplaudirán, aceptarán y comprometerá a los jóvenes. Muy pronto se decepcionaron los teólogos de la liberación vinculados a la fácil política de la violencia.
Gustavo Gutiérrez y los verdaderos pensadores del establecimiento de la justicia social están satisfechos. “Nos gusta Francisco porque cuando habla de amor ama de verdad”; “me gusta que habla contra la corrupción y la descubre y denuncia en su propia casa”; “me gusta porque dice la verdad y tiene la cara propia para creerle”; “me gusta porque habla claro”; “yo estoy con él porque se ve que Dios le interesa”; “me gusta porque es un pastor y no es un príncipe”. Todas estas expresiones se escuchan en los jóvenes que se aprestan a participar en esta fiesta de la cristiandad que tiene en verdad dos anfitriones: el lejano Benedicto, quien de seguro enviará con Francisco un mensaje, y Francisco mismo, a quien no le termina la felicidad de la “encíclica escrita a cuatro manos” y está preparada a dos presencias. Difícil suponer más emoción.
Las sorpresas todavía no cesan y se sabe que habrá muchas más. La Jornada Mundial de la Juventud cerrará el capítulo del inicio y abrirá el camino a los grandes cambios. La pensadora alemana Hannah Arendt decía con razón que en los grandes momentos de la crisis, cuando parece ya no haber alternativa, surgen aquellos maravillosos líderes que son los “hombres en tiempos de oscuridad”, capaces de inventar el camino y de guiar incluso pagando ingentes sacrificios por ser guías hacia una nueva tierra prometida. Esto es lo que busca Francisco en la Jornada: sentir el apoyo de los jóvenes. Al fin y a la postre es de ellos el futuro y es de nosotros la alegría de ver cómo un hombre de nuestra generación transforma el rumbo de lo que parecía ir al fracaso.
Francisco ha querido en todos los casos dar los signos y gestos necesarios y ponerlos en evidencia, porque sabe que es su primer encuentro con su Latinoamérica y es la juventud el público más exigente. Él sabe que es un personaje distinto. Es el primer papa no europeo después del sirio Gregorio III, quien gobernó hace algo así como mil trescientos años. Es el primer papa latinoamericano; es el primer jesuita —asunto impensable para él— y sobre todo es el indicado para superar la crisis. Bienvenidos a la tarea. ¡Es la hora de inventar el coraje!
La razón de llamarse Francisco
Eso lo anunció el cardenal protodiácono Tauran. Francisco de Asís volvía a vivir luego de haber fallecido en 1226 cuando le reclamaba a Inocencio III que su tarea era ser santo y ejemplar, que debía estar rodeado de obispos ejemplares, de curas honestos y comprometidos y que debía arrepentirse porque estaban desfigurando el Evangelio. Y eso mismo —después de tanto dolor por los abusos de pedofilia de algunos extraviados de sus compromisos— reclamó desde el primer día el nuevo Francisco y lo hace luego de colocar la mano de sus decisiones sobre el “cierto olor a podrido” de un sector de cuentas del malamente llamado Banco Vaticano y asegurar que es preciso pagar por los crímenes cometidos y arrepentirse de los pecados. Francisco insiste en la conversión, en la trasparencia, en la certeza de la misericordia de un dios que siempre perdona, en la opción por los pobres, en el compromiso de los obispos que han de “oler a oveja”, como graciosa pero ciertamente ha dicho.
La parábola del buen pastor
Francisco ha de cambiar la parábola. Se decía que el pastor dejaba las 99 ovejas en el redil y salía en búsqueda de la oveja perdida, y al encontrarla la llevaba feliz sobre los hombros y regresaba con ella para regocijo de todos. Hoy, en cambio, con todas las transformaciones culturales del relativismo y del nuevo paganismo, sólo una oveja permanece juiciosa en el redil y las otras 99 han escapado. Por eso es preciso salir todos: laicos, curas, religiosos, obispos, cardenales y el mismo papa, a la calle a anunciar el Evangelio y lograr que sea un polo de atracción para la construcción de una nueva sociedad capaz de oponer al humanismo sin dios un humanismo que señale caminos ciertos para construir el porvenir. Es la base para empezar de nuevo con la tarea de proponer la fe, no de imponerla. No hay razones para el pesimismo, dice Francisco. Uno de sus maestros, el padre Teilhard de Chardin, afirmaba que “los cristianos saben que el mundo cambia, pero somos nosotros los que lo hacemos cambiar”.
* Consultor pontificio, exembajador de Colombia ante la Santa Sede y profesor de la Universidad Gregoriana en Roma.