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Traficando

Diana Castro Benetti
07 de noviembre de 2014 – 09:49 p. m.

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El amor sigue siendo un buen negocito. Unos se necesitan a otros y otros necesitan cariño, dinero o poder.

Tráfico de sensaciones, tráfico de intenciones, tráfico de acciones. El amor, tal como es concebido hoy, es el lugar donde se anclan las atrocidades más invisibles o las cadenas más dolorosas. Mezclado con llantos, sollozos, suspiros, quejas y, a la vez, pasión, desinterés, reconocimiento y algarabía. Hay amores aprendidos y hay amores renovados. De amores, todos sabemos porque es por donde circula la corriente del destino propio.

Y el amor sobrevive a sus tiempos de historia o a las modernidades. Se alimenta de los cambios forzosos que permean los átomos, pero también de los orgasmos convencionales o de los contratos sociales innecesarios. El amor no es uno solo ni tampoco muchos aunque, por su fuerza, se inmiscuya con todos y en las oscuridades más aterradoras. Hay tiempos para que el amor sea masculino o femenino o ambos para no ser ninguno. Hay tiempos en que el amor es fosforescencia o su más esmerada carnalidad. A costa del amor se trafica con los cuerpos, el dinero, la fama, la cartera, el mercado, el pan y la educación.

No hay manera de asirlo ni encapsularlo; huye para esconderse detrás de los más locos, los más lejanos o los más etéreos. Amor es, dirían algunos. Pero hay evidencias de que el amor no es el apego o la impaciencia, la violencia o la exigencia. Amor no es lo que nos venden ni con lo que comerciamos. Nos entregamos barato, sin medida, sin frenos, o tan caro que somos inalcanzables y vírgenes. Lo prístino tampoco tiene que ser el amor. El amor ni se viste ni se desviste aunque se persiga con furia o se defienda desde lo arcaico. Eso llamado amor es también incongruencia, narcisismo, misoginia, decadencia o dolor. Para algunos es sacrificio, espejismos o mística con o sin religión. Y con todo y sus confusiones, el amor siempre será otra cosa. Tiene más riesgo de ser todo eso que nunca comprendimos, el gesto que nunca vimos o la llamada silenciosa. Tiene otra cara porque no tiene cuerpo. Nacimos con él o sin él, lo jugamos, lo perdimos y del afán y el sudor jamás nos ganaremos su migaja. El amor no es compañía como tampoco ausencia, mucho menos ansiedad. Tal vez viva del tiempo y de la paciencia o tal vez sea la corriente que cada quien malgasta a su manera sin llegar a darse cuenta nunca de que no tiene fecha de vencimiento.

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