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País fluido

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Portugal es un oasis. País al que determina el agua: el mar y los ríos y su relación ancestral con ella.

Marineros y aventureros que han salido e invasores que han llegado. Sus aguas moldean este país verde, fluido y eterno. Verdes las aguas del río Tajo, verdes los campos sembrados y verdes los horizontes de viñedos. Denominación de origen, Ribera del Duero. Verde aceituna la piel de los portugueses y verdes pastel los baldosines de las paredes portuguesas. Verde el vino, aunque no sea verde. Alvarinho: mezcla de ene y hache que suena como eñe sólo aquí. El portugués está lleno de cadencia, fluido, surtido de palabras que sus viajantes sumaron a otros continentes e hicieron su Portugal allende.

Esta diferencia se percibe al rompe: es el resultado de algo que permanece. Una historia intacta va al tiempo de otra que va haciéndose. Un país que no se da golpes contra las paredes ni golpes de pecho, como acostumbramos por estos lados. Por eso renace a los ojos de quien lo mira.

El mar determina el corazón de pescadores de los portugueses, así sean citadinos. Símbolo del país es la sardina, aunque lo que comen a diario, a toda hora, es bacalao. Pez que sabe mejor que aquel que cuelga a la espalda en el jarabe de hígado que dan a los niños de por aquí. Bacalao y sardina, esencia que traen en sus redes otros sabores que alimentan el espíritu local. Portugal es liviano: fluye y nada al paso, sin estorbar como hacen los cuadrúpedos que se atraviesan. Si mucho hay ovejas o cabras —sus lácteos soberbios—, que pastorean en las afueras. El resto es verde y mar que entran por ojos y boca.

Estoril, Belem, Coimbra, Algarve, Lisboa, Oporto, nombres que merecen versos. El fado es tonada que en una queja curvea cada calle de la Alfama, barrio alto que mira al Tajo llegar a Lisboa. Fernando Pessoa, José Saramago, Luis de Camões, apacibles y descomunales sensibilidades, Portugal las alberga como distintivos. Flamean más que Cristiano Ronaldo. Sempiternos. Otros muestran ídolos pero aquí ondean escritores. Oporto guarda la más bella librería, Lello e Irmão, en dos plantas talladas en madera. Recinto para una liturgia.

En la Lisboa contemporánea, la trasformación reescribe el pasado. En la Exposición Mundial de los Océanos, en 1998, dan nuevo uso a la refinería y a la zona industrial abandonadas, y con su actividad actual muestran cuánto empata la historia con la modernidad. El oceanario pone en escena en vivo la fauna y la flora marinas. El Atlántico con su azul distinto se asoma por acantilados donde las olas más altas, en Nazaré, vuelven experimento el surf en este final de la tierra conocida al que llegaron fenicios, griegos, cartagineses y romanos. Es la caldera en la que se fraguó la diferencia.

Desde la monarquía al socialismo caben en el pensamiento abierto portugués. La trasformación es su constante. Así como vuelve a vivir lo descontinuado en el Museo de la Electricidad, instalaciones fantasmales e impecables en su conservación, hoy espacio de artistas. Allí está exhibido Vhils, portugués que recibe las viejas paredes del que será el nuevo puerto de Lisboa para reciclar las grietas con grafitis cuyas texturas dan rastros del tiempo, huellas nuevas. Vhils recorre el mundo buscando muros, demoliciones, ruinas de edificios que torna vestigios de la mutación de las personas y los lugares. Es símbolo del Portugal que sabe ser: que es, que era y que va siendo.

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