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Dos imágenes que me llegaron desde Medellín y Palermo, en Italia, me hicieron reflexionar sobre las distintas culturas políticas que producen efectos distintos, determinando la calidad del acceso que los ciudadanos tienen para la construcción de ciudad.
La primera imagen retrata a policías antimotines protegiendo el edificio del Concejo de Medellín donde, atrincherados, estaban los concejales votando el nuevo Plan de Ordenamiento Territorial. La policía antimotines no protegía al palacio de peligrosos criminales, sino de ciudadanos que expresaban de manera no violenta, aunque sí con indignación, y en algunos casos con rabia, su inconformidad con los métodos y las decisiones que determinaron el nuevo POT.
La imagen expresaba una fractura existente en este momento entre representantes políticos y ciudadanos y se propone como un comentario social a lo que muchas comunidades en Medellín en estos últimos meses han venido denunciando: una participación ciudadana ficticia, porque no ha recogido en la sustancia las propuestas que surgieron de estudios y procesos adelantados por las comunidades en el territorio. En la imagen, la policía antimotines también parecía desplegada para proteger los intereses económicos y políticos firmados detrás de puertas cerradas al control democrático —como la reunión del último minuto que se dio entre la Alcaldía de Medellín, sector mixto y privado—.
La segunda imagen me llegó desde Palermo, en Italia. También en esta ciudad, conocida en el mundo por su resistencia a la mafia, se estaba planeando el POT. En la foto, en lugar de policía antimotines, había ciudadanos reunidos alrededor de mesas gigantes, imaginando y diseñando juntos el nuevo ordenamiento. En su cuenta de Twitter el alcalde Leoluca Orlando publicó: “la participación ciudadana, como método de gobierno”. El método está ligado al fin, y con la participación ciudadana la ciudad de Palermo eligió hacer de la democracia deliberativa un método para expresar y multiplicar liderazgos positivos en la ciudad. En ciudades como Palermo, la participación ciudadana es un mecanismo que mantiene el ejercicio de gobierno libre de la influencia de intereses y poderes mafiosos.
La yuxtaposición de las dos imágenes es una invitación a reflexionar no solamente sobre distintas y opuestas maneras de concebir el poder, sus formas de expresión, y sus lugares de deliberación, sino también sobre la calidad de liderazgo político y administrativo en un tiempo en que las ciudades son llamadas a gobernar una realidad compleja, interdependiente y frágil.
Hoy en día, la participación auténtica, de calidad, la multiplicación de los liderazgos y de las iniciativas comunitarias, son quizás el método mas eficaz, como lo resalta la misma Carta de Medellín, para enfrentar los desafíos del presente.
La política, reducida hoy a partidos que median intereses y favores, tiene que abrir la puerta a procesos deliberativos liderados por ciudadanos comprometidos con la transformación de la cultura política y de la cual las dos imágenes son opuestas y poderosas metáforas.