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Tuve la suerte de estudiar en Alemania Federal entre 1986 y 1990 y, por eso, de haber sentido el terremoto que fue la caída del muro el 9.11.1989.
Una fecha llena de significados. En 1918 cayó la monarquía para dar paso a la República de Weimar. En el 23, Hitler intentó dar un golpe en Bavaria. La noche de los cristales rotos, la del incendio de centenares de sinagogas, ocurrió el 9 de noviembre de 1938.
El muro, como tal, estaba en Berlín. Sin embargo, era el símbolo de un corte que separaba en dos la Alemania actual, Europa y el mundo entero. Alemania estaba dividida por una cerca de concreto y alambre, que Churchill llamó la cortina de hierro (un concepto de los 20 para referirse a los límites de la Rusia bolchevique) y que partía Europa en dos territorios opuestos económica y políticamente, desde el Báltico a Trieste.
La pequeña ciudad donde vivía, Gotinga, en el estado de Baja Sajonia, estaba a poca distancia de la cortina. Un pasatiempo cuando llegaban colombianos de visita antes de noviembre del 89, consistía en llevarlos al pie de la cortina. Pueblitos del otro lado, impenetrables, torres de control con guardias armados.
A pocos minutos de conocerse la noticia de Berlín los puestos fronterizos entre las dos Alemanias se abrieron. A Gotinga comenzaron a entrar centenares de carritos Trabi (parecidos a los Simca de los 60) procedentes del “otro lado”, cuyos ocupantes eran vitoreados con pañuelos, flores y cantos por los “de acá” en medio de una euforia indescriptible. A medianoche era casi imposible caminar por el centro de la ciudad por la congestión de peatones y vehículos.
Durante los siguientes días entrarían muchos más alemanes orientales, en parte gracias a un subsidio otorgado por el gobierno federal (“dinero del saludo”) de 100 marcos alemanes por persona (unos 80 dólares del momento). En diez días, once millones de alemanes orientales entraron a las ciudades de frontera, incluida Gotinga.
Los supermercados, especialmente los de precios más bajos (recuerdo ALDI, uno de los obligatorios para nosotros los estudiantes con poca liquidez) se llenaron de colas: los “ossis”, como los empezaban a llamar los occidentales (a su vez, apodados como “wessis”) se gastaban su dinero del saludo en una sola incursión. Todos, sin excepción, compraban bananos.
A la euforia le siguió, en pocos días, el tiempo de los prejuicios entre “ossis” y “wessis”. Los primeros carecían, por ejemplo, de los códigos requeridos para conducir en la autopistas a altas velocidades o para vestir como los “wessis”. A su vez, los de occidente eran petulantes para muchos de los “ossis”.
Ha pasado una generación, y hoy una “ossi” está a la cabeza del gobierno alemán. La reunificación parece ser un hecho político, cultural y económico. Alemania es el país más poderoso de Europa después de haber perdido dos guerras mundiales y me pregunto si ello es el resultado de haber superado sus prejuicios y de haber decidido construir en conjunto.