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El expreso se estaba enfriando. Sentado un domingo en un café en Ámsterdam escogido al azar, miraba pasar la vida.
Una pareja joven caminaba con sus dos hijos: el pequeño de unos siete años, inquieto y corriendo delante de los papás, saltaba como una liebre por entre la gente. Escena amable de gente desprevenida. De pronto me di cuenta que estaba en el barrio rojo de Ámsterdam. O sea, en buen romance, en el barrio de las putas.
Pero lo extraño es que no podía identificar algo sórdido, empujado de lujuria o vicio. Más bien sitios tranquilos, con almacenes, galerías de modistos jóvenes, tiendas de comestibles, librerías y, lógico, las “vitrinas”. La multitud caminaba o se movilizaba en bici, sin percatarse de las “haditas” en las vitrinas – pequeños lugares con una ventana grande donde la que está de turno exhibe su cuerpo-, salvo los turistas curiosos con miradas perspicaces.
Hace un tiempo leí en un importante medio de comunicación español que alguien relacionado con la alcaldía de Barcelona iba a acabar con la prostitución, nada más ni nada menos.
El funcionario ya tenía el proyecto para sacar corriendo a las prostitutas de cierto sitio y así “limpiar” la ciudad. Háganme el favor hasta dónde puede llegar la demagogia, de verdad que no tiene límites.
Pero al leer la noticia pensé en todos los arrestos que habría. Me imaginé redadas contra esposos infieles; maridos que posan de ángeles y luego de un almuerzo horizontal se van para la casa a repartirle moral a su mujer; los que no pierden la cita de las once de la mañana los martes para llegar a casa frescos, relajados y “sin mancha”; borrachitos que después de pasar una velada echando contra el clero deciden ir a demostrar su independencia para pecar en forma, como lo manda la Santa Madre Iglesia cuando es la hora de ganarse el infierno; solitarios a quienes les queda más fácil pagar que conquistar; el ejecutivo de viaje que llega cansado al hotel, después de haber oído durante 10 horas seguidas al jefe que lo acompaña, y concluye que la mujer que está al otro lado del bar haciéndole ojitos se ha enamorado de él a primera vista y desea la intimidad para entregarle su corazón, quien luego se sorprende que su dulcinea le pida 400 dólares para pagar el taxi de devuelta. Hombre, el transporte.
Gente “célebre” como el ex del Fondo Monetario Internacional a quien una de sus “amadas” lo describió como “mico en celo”, para deshonra de los micos. En una declaración de enmarcar, este mismo señor, cuando le preguntaron si había estado en una fiesta organizada por un amigo que manejaba una red de prostitución, dijo: “¿Cómo iba a saber que eran prostitutas, si todas estaban desnudas?”
En fin, esta variopinta multitud hace parte de quienes solicitan los servicios de las haditas de la noche y por lo que la profesión existe.
En Holanda, un país al que le tengo gran admiración y donde vivo hace muchos años, este tipo de temas los manejan cogiendo el toro por los cachos. Nada de aguas tibias. Vayamos al grano: aquí la prostitución es legal. La trabajadora sexual ejerce un oficio respetado como tal. Tiene derecho a la seguridad social como todo holandés y a los beneficios que el Estado ofrece en salud y otros. Lógico, tienen que pagar impuestos. Además existen instituciones para ayudarlas a cambiar de oficio y para ayuda psicológica – algo que también los banqueros necesitan. En resumen estamos hablando que la ley está amparando a los suyos sin ambages ni hipocresías. No se trata de ciudadanos de segunda clase. Aquí nadie está sosteniendo que el tema es para: “Querida hija después de todos estos años de trabajo me encanta que hayas escogido la profesión de trabajadora sexual.” No, pero existe y el oficio tiene que respetarse y darle una cabida en la sociedad.
Es más, recientemente en este barrio se creó un museo, si señores, un museo de la prostitución llamado “Los secretos del barrio rojo”, pero como informa el artículo de El Sol de México, el museo “no estimula el morbo, por el contrario, refleja el lado humano de esta actividad”. (Si quiere leer más: www.oem.com.mx/elsoldemexico/notas/n3437395.htm).
Mi señora llegó al café donde estaba sentado y escuchó mis comentarios.
– Tengo una idea investigadora – dije sin mayor fuerza -. Mira, voy hasta la esquina y en la vitrina roja que ves allá, a 30 metros, puedo preguntarle a la “hadita” cuánto cobra. Es sólo material para el artículo, mi alma de reportero está brincándome.
– Muy bien Enrique – me dijo mirándome con ojos glaciales – tú eres madurito y verás lo que haces. De mi parte, si en los próximos diez minutos no estás aquí de regreso puedes empezar a incluir en tu vocabulario cotidiano la palabra divorcio.
Salí con aire muy serio. Organicé una serie de preguntas en mi mente: ¿cuánto me cuesta esto, que más ofrece?, etc.
Me acerqué a la “hadita” que estaba en la vitrina en proceso de pintarse las uñas.
– Sorry, how much?
– Depende de lo que quiera – me dijo en perfecto español.
Y así recibí información con el menú del caso. Me despedí como alguien quien iba a seguir mirando.
– Bueno – le dije a mi mujer – diez minutos.
– Y 45 segundos.
– Bueno, oye. Hablé con ella. El precio varía pues hay diferencias: el griego, latino a caballo, el universal. Es de familia italiana y ha incluido en el menú: “tropo vigoroso”, “lento appassionato”…
– ¡¡¡Por favor Enrique!!!
Enrique Aparicio Smith
Holanda, noviembre 2014