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Historias para cocinar

A través de un recetario escrito a mano, 60 adultos ex iletrados buscan transformar sus vidas.

22 de diciembre de 2010 – 03:57 p. m.

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Desde hace dos meses las vitrinas de las librerías cartageneras comenzaron a exhibir un libro de cocina. Un libro negro cuya portada destaca a seis cocineros sonrientes preparando carimañolas, pescado y sancocho en ollas gastadas. Un libro llamado Cocina criolla cartagenera de veddá veddá.

Un recetario escrito a mano por albañiles, pescadores, amas de casa, empleadas de servicio doméstico y desempleados que hasta hace un año compartían un mal común: no sabían leer ni escribir.

Ellos, por distintas razones (desplazamiento forzado, machismo, falta de recursos, entre otras más), hacían parte de las 33.000 personas iletradas que el DANE contabilizó en Cartagena a inicios de 2008.

Sus vidas cambiaron cuando dejaron los temores a un lado y aceptaron la invitación de la Fundación Transformemos, que desde ese mismo año y con el apoyo de la Secretaría de Educación Distrital de la ciudad, ha ayudado a más de 25.000 adultos mayores a salir de esa infame estadística, culminar sus estudios de primaria y bachillerato, abandonar el alfabetismo tecnológico y pensar en un nuevo proyecto de vida.

Todo este proyecto tiene un fin específico: que las ganancias por la venta del libro (tiene un costo de $15.000) se conviertan en un capital semilla para que sean reproducidas en su futuro restaurante.

Sabor palenquero

De niño, Víctor Simarra aprendió a cocinar en un fogón de leña, junto a su mamá. Él era el encargado de llevarles la “cumina aricaposanto” (arroz hervido con papaya ‘serenada’) a los hombres que trabajaban en la cosecha. Pero eso no impidió que se enamorara de su natal Palenque de San Basilio y ser la voz autorizada de varios estudios etnográficos sobre el pueblo. La violencia armada lo convirtió en un cartagenero adoptado que se ganó la vida en la Secretaría de Educación hasta que le pidieron diploma de bachiller. Hoy sueña convertirse en periodista para difundir la riqueza cultural de su pueblo.

Futura chef

Bleys Rosso aprendió a cocinar gracias a su abuelita, quien le enseñó a hacer el mote, el cacao molido y los bollos limpios que solía vender a $10 en Córdoba.

 La violencia la desplazó en 2008 hacia Cartagena, donde sacó adelante a su familia haciendo labores de limpieza en casas y en centros recreacionales. Pero en las noches, con la pena desbordando su cara, tenía que pedirles a sus vecinos que le ayudaran con las tareas escolares de sus hijos. Su meta para el próximo año es estudiar cocina en el Sena.

Eterna cocinera

En sus años infantiles, Ángela Castillo aprendió los oficios del hogar con su abuelita, la misma que le enseñó a hacer el pescado relleno en hoja de plátano. El colegio fue siempre algo ajeno a su vida, pues su familia le decía que eso “le quitaba tiempo para trabajar”. Desde hace 20 años vive en la capital de Bolívar, a donde llegó con su esposo y sus hijos, y donde se dedicó al trabajo doméstico. Ahora que sabe leer, espera realizar un curso de modistería: piensa hacer muchas sábanas, colchas y delantales.

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