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En principio, un albergue es una frase de Tolstoi (“todas las familias dichosas se parecen entre sí, del mismo modo que todas las desgraciadas tienen rasgos peculiares comunes”) y una suma de circunstancias. Malas noticias. Gente que lo perdió todo (o casi todo). Gente que, como puede, intenta construir una cotidianidad, los retazos fragmentados de una realidad pasada. Un albergue —los colegios que la Gobernación del Atlántico dispuso para que los damnificados por el último invierno pudieran vivir— es el reverso de la tragedia. La desesperanza (y la lucha) de la vida diaria.
El Instituto Francisco de Paula Santander, en Sabanalarga (Atlántico), es exactamente eso. Y tal vez algo más: niños que juegan y se divierten, y que corresponden a casi la mitad de la población de este albergue. “Ellos no tienen tragedia”, dice Orticia Polo, damnificada de Carreto y cocinera comunal. La mirada de Polo es triste, cansada, nostálgica. Contrasta con la algarabía de los niños que juegan dominó. Que no tienen tragedia. Mientras explica que acá se come poco, apenas arroz y huevos, y de vez en cuando alguna otra cosa, y le dice a una trabajadora social que necesitan más jabones. El gesto perdido de la señora Polo es su resignación. Las ganas de llorar, aunque no haya ya fuerza para hacerlo.
Hay, en todo del departamento, 89 albergues. Mujeres y hombres (60 mil, estima la Gobernación) que sí tienen tragedia. En general, funcionan con reglas básicas (horarios y turnos por familia para usar baño y cocina) y son un ejemplo de tolerancia y convivencia. Aunque son también los lugares a los que el agua no llega y en los que la gente está a salvo. Aun así se convierten, como en el caso de un albergue en Ponedera, en pequeños campos de batalla y confrontación.
En Sabanalarga, en el albergue del Bachillerato Masculino, la vida está hecha de pequeños eufemismos. Un cuarto es, en realidad, una casa. La casa 20. En esa ficción, la puerta sirve para anunciar el nombre de los habitantes. “Francia Nájera. Porfirio Reales. Ricardo Reales”. A la clásica. Al frente de esa casa —de esa puerta—, un hombre pule su barba con una cuchilla Minora frente a un espejo. Y lo hace, también, para darle otra cara a la tragedia. Una cara más pulcra, en todo caso. Una cara que represente la dignidad. O que haga saber que no pasó nada, o que lo que pasó no puede tumbarlo. Una cara que nunca renuncie a sonreír. Y que es posible ver en muchos albergues. Los censos oficiales son difíciles porque los refugios no son sólo oficiales: mucha gente también acogió a los damnificados en su casa. En Sabanalarga la historia de Dayanis Domínguez es conocida: parió a su hijo un día después de salir de Manatí, el pueblo que terminó casi todo inundado. “Ya está saliendo el agua”, dice con alguna esperanza. Domínguez —ahora madre feliz, de diminutas pocas palabras— tuvo a Moisés, su hijo, en la casa de los Villalba, que la acogieron. “Uno no puede darles la espalda a las personas”, explica Ana Benítez, esposa y compañera de Antonio Villalba. Y sí: uno no puede darles la espalda a las personas. Y menos a los hijos de la tragedia. Cuando le preguntan por el padre, Domínguez es parca: “Está en Manatí, ayudando”. Puede que Moisés lo sepa mucho después, pero valdría la pena decirlo: su padre es uno de esos luchadores anónimos que pone la cara a la tragedia. La esperanza de muchos. La frase que por estos días escribió una niña damnificada: “Nada será igual, todo será mejor”.