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La mujer del busetero

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Durante todo un semestre, mis compañeras de clase y yo trabajamos en el diagnóstico del barrio El Dorado, para lo cual debíamos hacer una serie de entrevistas acerca del día a día de la comunidad que habita en las montañas de la localidad de Santa Fe.

Los transportadores eran nuestra principal fuente, ya que conocían a las personas del barrio y podían hablar de temas de seguridad. Después de preguntar a cinco conductores sin que ninguno quisiera darnos la entrevista, con una compañera decidimos que entrevistaríamos al conductor que nos llevaba desde allí hasta la carrera Séptima con calle 45. Con cautela me acerqué para comentarle sobre el trabajo, pero él me respondió que no tenía espacio para ubicarme, pues el puesto del copiloto estaba ocupado, pero que si no me incomodaba me ofrecía un pequeño asiento entre su silla y la puerta, casi sentándome en sus piernas.

Ante la necesidad de conseguir la entrevista para el día siguiente, y sabiendo que mi compañera podría cuidar mi maleta, me acomodé en aquel cojín justo al lado izquierdo del timón, dándole la espalda a la puerta y estirando de manera incómoda el brazo derecho para poder grabar.

A pesar de que la actitud del conductor en muchas ocasiones pudo ser coqueta, con comentarios como “¡qué hace una niña tan bonita como tú por acá!” y “más bien cuéntame de ti”, jamás imaginé lo que sucedía fuera de la cabina.

Atrás, donde estaba mi compañera, una señora comenzó a hacer comentarios suspicaces sobre mí. Decía que yo era una “niña fácil”, que fijo tuve que haberle hecho algún “favorcito” al chofer para que me hubiera dejado sentar junto a él. A la charla se unieron otros dos pasajeros que comentaban que la mujer del busetero era muy celosa y que a esa estudiante podía no irle muy bien si la veían ahí sentada.

En la cabina, inocente del chisme que se estaba armando afuera, realicé mi entrevista durante el recorrido que dura alrededor de 20 minutos y que comienza en el barrio El Dorado, pasando por Los Laches y la Universidad Distrital de La Macarena hasta bajar a la carrera 10ª y luego a la Séptima. Al bajarme del bus, mi acompañante me puso al tanto del escándalo que había protagonizado, pero sobre todo me advirtió que la próxima vez que subiera al barrio tuviera cuidado con la mujer del busetero.

*Las crónicas en este espacio han sido escritas para El Espectador por estudiantes de la revista Directo Bogotá de la Facultad de Comunicación de la Universidad Javeriana.

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