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Cuando se observan las imágenes televisivas que muestran la batahola y algazara en que está Bogotá con el paro del transporte tradicional de busetas, viene a la mente la idea de que la capital de nuestra República es tierra de nadie.
Lo complicado del asunto es que uno se pregunta ¿para qué tenemos autoridades civiles? ¿Acaso no tienen ellas por misión fundamental y central preocuparse intensamente por la convivencia pacífica entre todos los asociados? Colombia tiene problemas muy delicados para que sus autoridades crean que las leyes de la economía se pueden manejar a los trancazos o con “varilla ventiada”.
Si se quiere que los pasajeros de las busetas utilicen los del SIPT, debe ser a punta de medidas satisfactorias de mercadeo, con obsequio de tarjetas a las familias, para que la gente se vaya enseñando y encariñando con el novedoso sistema. Buscar la migración con medidas de Pico y Placa no es efectivo ni científico. El paro se generó en razón de que la medida utilizada es a todas luces, equivocada y nada cordial. Los procesos a la fuerza hay que evitarlos en una democracia, pues “no casan con ella”.
Es increíble que las autoridades de Bogotá no les tengan respeto y consideración a las comunidades de trabajadores y estudiantes que se han visto desde el pasado lunes 20 de octubre en pesado trance por la huelga del transporte tradicional, que se une a la serie de problemas que esas mismas comunidades tienen todos los días con la atroz inseguridad y las congestiones que se presentan en las estaciones de Transmilenio.
Desafortunado que con los líos y enredos que tiene la hermosa capital en esos órdenes, la administración pública tome medidas que resultan exacerbando e irritando los ánimos.
Esto ya estaba previsto por expertos e inexpertos. La autoridad es una variable muy delicada para exponerla al pisoteo y al ludibrio. Los servidores públicos no pueden olvidar, jamás, que la convivencia y tranquilidad la requieren las familias todos los días. Bogotá está siendo maltratada por sus servidores públicos. Están “echándole sal a las heridas”.
Rogelio Vallejo Obando.
Bogotá.
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