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No recuerdo si he contado acá que tengo la costumbre de visitar los cementerios de las ciudades a las que voy. Mi “colección” es de a de veras imponente puesto que incluye los 23 camposantos de París; con el correr del tiempo los he recorrido todos.
Siempre encuentro sorpresas y descubro cosas inesperadas en los que visito. Y así, un día, en San Sebastián (Donostia en eusquera), casi a punto de salir ya del cementerio de Polloe, de repente me quedé parado sin podérmelo creer, delante de una tumba en cuya lápida, bajo el nombre del difunto, constaba literalmente: (COLOMBIANO). La primera, y la única, vez en mi vida que he visto algo semejante, alguien dejaba constancia de su nacionalidad hasta más allá de la muerte. Como bien pueden figurárselo, hice la correspondiente foto.
Años después, charlando con Álvaro Mutis, le conté mi hallazgo y él me preguntó si recordaba el nombre de su compatriota. Le dije que sí, que se llamaba doctor Juan E. Manrique. Entonces él me reveló que ese fue el amigo médico que le marcó a José Asunción Silva el lugar exacto de su corazón, y el resto ya lo conocen. Según Álvaro, el Dr. Manrique se sintió poco menos que culpable del suicidio del poeta, se fue a vivir a España y en ella acabó sus días siendo médico de cabecera de la reina madre, Victoria Eugenia, que veraneaba en Donostia. (Y si pienso que el doctor murió hace 100 años, un 13 de octubre, no queda sino pensar que los veraneos regios eran bastante dilatados).
Dos son pues las relaciones digamos fúnebres directas del Dr. Manrique con la intelectualidad de su país: la muerte de Silva (1896) y la de Rufino José Cuervo (1911), en París, en donde nuestro personaje se desempeñaba como ministro plenipotenciario de Colombia y le envió el siguiente telegrama al entonces presidente, Carlos E. Restrepo: “París, julio 17 de 1911. Presidente – Bogotá. Patria duelo. Murió Cuervo. Manrique”. Mayor concisión para informar de la muerte de un gramático es casi impensable; estoy convencido de que don Rufino J. la habría elogiado.
En el homenaje que la patria le rindió al Dr. Manrique, al año de su muerte, Guillermo Valencia dijo de él que “entre sus manos, por ser irremediable, se puede perder la vida, pero jamás la esperanza”. Casi un siglo después, en El cuervo blanco, Fernando Vallejo sostiene irónico que “Manrique hablaba de sí mismo en tercera persona, como César. De modestia e inseguridad no se iba a morir. Tan seguro estaba de su ciencia, que curaba con solo hablar”. Y estas, si así se quiere, son también dos relaciones más, bien que póstumas, del Dr. Juan E. Manrique con la intelectualidad de su país. No sé yo de tantos médicos que puedan jactarse de lo mismo.