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El síndrome y el caos del panóptico

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El diseño y el funcionamiento del aparato del poder público en Colombia no dejan de evocar una viva réplica del panóptico descrito por Foucault.

Sin embargo, el dispositivo de la vigilancia se despliega en el universo de las autoridades públicas. La mirada escrutadora que controla la actuación de los servidores públicos de todas las ramas del poder y en todos los niveles, teóricamente cubre por completo el espectro de su actuación y no deja resquicio alguno fuera de su dominio visual. El castigo apunta a catapultar una rigurosa gramática y catecismo sobre el correcto uso del poder y a fijarlos como impronta imborrable en el espíritu y en la materia de todo acto a través del cual se ejercite una competencia pública: ley, sentencia, acto administrativo.

El funcionamiento real del panóptico opera como barrera que disuade a muchas personas talentosas que estarían dispuestas a entregarse al servicio público como designio vital. Y no sólo porque su aplicación ciega, caprichosa y en ocasiones excesivamente formalista le haya restado margen y razonabilidad, sobre todo, a la función administrativa, como por los peligros que representa caer bajo la maraña de los procedimientos disciplinarios, fiscales y penales que puede terminar ahogando el destino de un profesional brillante y honesto, por lo general carente del sistema inmunológico del que sí dan prueba cierta los funcionarios y contratistas corruptos.

En la medida en que el panóptico, de hecho y de derecho, ha terminado progresivamente por ser una variable en manos de la “maquinaria política”, el sistema de vigilancia se ha tornado cada vez más selectivo y arbitrario, como quiera que lo que hace y lo que no hace, es decir, la conjugación de los verbos vigilar y castigar, así como su definición y la decisión acerca de su oportunidad y medida, se establecen y dosifican, no en pocos casos, a partir de criterios políticos que ya no son los objetivos e imparciales que deberían primar en un Estado de derecho. De otro lado, cuando los controles se aplican se advierte con alguna frecuencia exceso de formalismo y escaso conocimiento de la realidad y de las verdaderas exigencias estatales. Arribamos a un punto en el que el panóptico doméstico aplicado a lo público ha sido inane para poner coto a la corrupción, pero en cambio ha erosionado el ejercicio inteligente y razonable de las diferentes funciones del Estado.

En estas condiciones, sin antes poner orden y racionalidad a los sistemas de vigilancia, someter las funciones que cumplen los miembros de los órganos límite —altas cortes— a un tribunal de aforados, controlado o no por la casta política (no se sabe qué cosa es peor), equivale a llevar al paroxismo el esquema actual del panóptico, que ha sido impotente para combatir la corrupción, pero muy eficiente para paralizar el Estado e inhibir que la inteligencia nacional tome las riendas de lo público.

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