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Entre colchonetas, posturas de yoga y cachorros que corrían sin orden, Mandarina, una perrita rescatada con una ligera discapacidad en una de sus patas, terminó encontrando un hogar.
Esta perrita nació sin el radio en una de sus extremidades, condición que nunca le impidió moverse ni ganarse el afecto de quienes la veían. Fue rescatada por la Fundación Patas Urbanas, en Medellín, y comenzó a asistir a las sesiones de Puppy Yoga Medellín, un emprendimiento que mezcla bienestar con interacción animal. Aunque participó en cinco clases y cautivó a todos, ninguna solicitud de adopción llegó para ella.
Ante esto, Daniela Rodríguez, una de las fundadoras de Puppy Yoga Medellín, decidió recibirla como hogar de paso con la idea de cuidarla mientras aparecía una familia definitiva. Pero con el paso del tiempo el vínculo se volvió cada vez más fuerte. Al final, Daniela decidió adoptarla. Ese momento, cuenta, le confirmó que lo que estaba construyendo no era solo una actividad novedosa, sino un puente para transformar realidades, tanto humanas como animales.
Así como Mandarina, más de 60 cachorros rescatados han encontrado hogar gracias a las sesiones de Puppy Yoga Medellín. Detrás de esta iniciativa están Daniela Rodríguez y María Alejandra Ríos, dos amigas amantes de los animales y del bienestar, que hace tres años vieron en TikTok un concepto poco conocido en Colombia: el puppy yoga, una clase de yoga acompañada de cachorros rescatados. Aunque en otros países existía desde hacía tiempo, en Colombia no había nada parecido, y menos con un modelo que funcionaba en alianza con fundaciones.
“Lo vimos en redes y pensamos: ‘¿y si lo hacemos aquí, pero con propósito?’”, cuenta Alejandra. Esa idea se convirtió en un proyecto que hoy impulsa adopciones, apoya refugios y funciona como un espacio terapéutico.
Pero el inicio no fue fácil. “La gente no entendía qué era el puppy yoga”, recuerda Alejandra. Su primera clase estuvo a punto de cancelarse por falta de inscritos. Salieron a la ciclovía a repartir volantes, pero casi nadie los recibía. Fue el perrito de Daniela, en ese entonces, quien abrió el camino: lo llevaron a una feria navideña en el Centro Comercial El Tesoro y lograron captar la atención del público. Con ese impulso consiguieron sus primeros alumnos y realizaron las dos clases que le dieron vida al proyecto.
Con el tiempo, las sesiones dejaron de ser vistas como un plan curioso y se convirtieron en un espacio esperado. Las clases se llenaban, las fundaciones empezaron a notar que la dinámica daba visibilidad a los animales y se empezaron a multiplicaron las adopciones gracias a las sesiones. Además, para muchos cachorros, era una oportunidad de socialización después de experiencias difíciles de maltrato y abandono.
El bienestar animal, la columna vertebral
Aunque algunas personas asumen que los cachorros deben seguir una dinámica específica durante las clases, Daniela y Alejandra aclaran que los animales no están allí para cumplir expectativas, son libres de actuar como quieran.
“Mientras haces yoga, ellos te acompañan de la manera más genuina, dormidos, corriendo, pasando por encima, jugando con las medias o los termos. Si un cachorro quiere dormir, duerme. Si quiere correr, corre. No se les exige nada. Es algo muy lindo”, cuenta Alejandra.
Para garantizar el bienestar de los animales, a las sesiones no se puede ingresar con zapatos y cada una cuenta con personal capacitado, kits de limpieza, protocolos de desinfección y acceso permanente a agua y alimento. Los perros deben tener al menos su primera vacuna y buen estado de salud.
Además, trabajan con una sola fundación por clase para evitar mezclar grupos que no conviven entre sí. Cada organización selecciona a los cachorros aptos para socializar.
Lo que Daniela y Alejandra no anticiparon fue la dimensión emocional que empezarían a presenciar en cada sesión, no solo en los animales, sino también en las personas. “Una vez se nos acercó alguien y nos dijo: ‘Vine porque me lo recomendó mi psicólogo. No saben cuánto me ayudó. Sufro de ansiedad y me dijeron que probara terapia con animales.’”, recuerda Daniela. “A veces estoy en una clase y me sorprende ver lo que pasa: hay gente que llora, que se conmueve profundamente. Se crea una conexión emocional muy grande ”.
Para ellas, cada jornada funciona como una pequeña terapia: comienza con una intención inicial, continúa con 20 minutos de yoga tradicional, luego 40 minutos de interacción libre con los cachorros y finaliza con una meditación pensada para regular el sistema nervioso. Según la época del año, diseñan clases temáticas como Día de la Madre, Amor y Amistad o sesiones enfocadas en el autocuidado. El espacio está abierto para cualquier persona, sin importar su edad o si ha practicado yoga antes.
Un trabajo junto a fundaciones
El trabajo conjunto con las fundaciones es la columna vertebral del proyecto. Puppy Yoga Medellín ha colaborado con organizaciones como Patas Urbanas y Mundo Peludo, y en muchos casos son las mismas fundaciones las que buscan acercarse, atraídas por la visibilidad y las adopciones que generan las sesiones. En ferias y eventos, cuando les solicitaban pagar por un stand, las fundadoras proponían un intercambio distinto: “Nosotras damos la actividad, pero ustedes permiten la participación de la fundación para promover adopciones”. Así, los cachorros no solo disfrutan del espacio, sino que también encuentran una oportunidad real de conseguir un hogar.
Entre las historias que más recuerdan está la de Stitch, un cachorro con ansiedad por separación que al principio lloraba desconsoladamente durante las clases. Con el acompañamiento de la fundación y la socialización que propicia el espacio, poco a poco se relajó, hasta que finalmente fue adoptado.
Otra experiencia que las marcó fue la visita a un pequeño refugio en Pereira, administrado por una mujer que, sin ayudas ni redes sociales, mantiene impecable un hogar para decenas de animales. “Es una de las historias que más nos ha impactado. Nos hizo sentir que podemos ser un puente incluso en lugares donde no llegamos con clases frecuentes”, aseguran.
Las sesiones pueden realizarse para empresas, grupos de amigos o en formato privado. Suelen incluir aliados que aportan obsequios y un brunch especial (comida que combina el desayuno y el almuerzo). Los valores varían según el tipo de experiencia, pero siempre una parte del pago se destina directamente a la fundación invitada, lo que contribuye a su sostenimiento. Los procesos de adopción, sin embargo, se manejan de manera exclusiva entre los interesados y cada fundación, de esta forma el puppy yoga funciona como un puente.
Con el crecimiento del proyecto también llegó un reto: ¿cómo expandirse sin perder su propósito inicial? Para 2025, Daniela y Alejandra esperan consolidar nuevas actividades de bienestar, crear eventos que integren a perros que ya tienen hogar, no solo rescatados, y abrir experiencias para perros adultos que también buscan familia y que, generalmente, son los más difíciles de adoptar.
Además, quieren llevar el modelo a más ciudades del país. Aunque ya han realizado clases en Bogotá y Pereira, su objetivo es llegar a más regiones y apoyar a fundaciones pequeñas que necesitan visibilidad y recursos para continuar rescatando.
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