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Al escribir estas líneas, la tasa de cambio se pasea muy oronda por el vecindario elegante de los $2050, en marcado contraste con el barrio bajo que le tocó trasegar hace apenas tres meses, cuando el asunto era a $1850 o cosa así. Tres reflexiones sobre este interesante e importante recorrido.
Primero, se trata de un paseo compartido. Desde más o menos mediados del pasado mes de Julio, el dólar de Estados Unidos se ha fortalecido de manera importante a lo largo y ancho de los mercados internacionales. En las plazas de primera, por ejemplo, el brinco es de algo así como 6%: un poco más de eso en el caso del Euro (6,5%), un poco menos en el caso de la Libra Esterlina (5,5%) y justo eso en el caso del Yen. Por las plazas de América Latina, hay dos velocidades. Una moderada –digamos entre el 4,5% mexicano y el 9% colombiano, pasando por el 7,5% chileno– y otra muy fuerte a nivel del Bolívar de mercado y el llamado Peso Blue en Argentina, que llegan a algo así como el 25%.
Segundo, el paseíllo ha generado malas ideas nuevas y reiterado malas ideas antiguas. Sugiere que las repercusiones de la crisis de 2007 no parecen mermar y que resulta cada día más claro que en este mundo de ciegos, el tuerto es gringo. Son muchos los indicadores financieros relevantes que así lo sugieren y son incesantes las noticias ingratas con protagonistas nuevos en este escenario particular, como Alemania y China, pero también con nuevos roles para las estrellas más recorridas, como Francia. Este último episodio de devaluación ha revivido la hoguera de la desesperación: ya se está hablando, como en los años treinta, de “estancamiento secular” y cada día vuela más alto la idea de que solamente una buena dosis de expansión fiscal y monetaria podrá salvarnos. Hasta el FMI está diciendo que hay que jalarle duro y parejo al gasto público deficitario “pero bien invertido, ala”. Con excepciones infortunadamente contadas, el debate se ha ido alejando de las reformas laborales que son necesarias para bajar el desempleo, de la racionalización de las redes de protección social creadas para otros mundos, de la necesidad de sistemas tributarios y regulatorios amigables a la modernidad y de los requisitos muchas veces impopulares que tiene la creación de un sistema educativo competitivo y serio.
Tercero, el episodio le da toda la razón a la Junta Directiva del Banco de la República al tomar la decisión de iniciar, hace cosa de un año, un ciclo tendiente a armonizar gradualmente su política monetaria en general con las realidades externas que se venían venir y que ya están llegando. La Junta tuvo razón al plantear que no era sensato mantener una posición expansiva de cara a un ajuste externo como el que empezamos a ver hacia finales del año pasado. En el último año el déficit en balanza de pagos creció de manera importante, ubicándose ya en los alrededores de 4,5% del PIB, cifra que refleja una inadecuación de la demanda interna con respecto a las nuevas realidades globales que se vienen asomando desde hace mucho tiempo. Basta pensar que si los términos de intercambio se siguen ajustando como lo han hecho estos tres meses de devaluación venteada, no solo vamos a tener el lío fiscal que muchos han anticipado (por la excesiva dependencia fiscal en el petróleo), sino un problema de balanza de pagos que, hasta ahora, poco se ha discutido.