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Réquiem por un liberal africano

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No todas las civilizaciones tienen que coincidir en su modelo político.

La imposición de uno u otro patrón ha sido no solo fuente de dominación, es decir columna vertebral del colonialismo, sino causa de muchas injusticias y de muchas guerras. Sin perjuicio de la vigencia de principios universales como la igualdad y la libertad, cada cultura debería engendrar su modelo político y ser cabalmente respetada.

Ali Al’amin Mazrui vino a morir el día del aniversario del encuentro de Europa con América, que marcó el inicio de uno de los procesos de colonización cuyo estudio fue la razón de su vida. Había nacido en Mombasa en 1933 y se alejó del escenario de sus amigos de colegio para volver más tarde graduado de la Universidad de Manchester, antes de marcharse de nuevo a Columbia a estudiar Ciencia Política y finalmente a Oxford a completar su doctorado en Nuffield College, para regocijo y admiración de sus paisanos.

A partir de entonces la carrera del Profesor Mazrui no hizo sino prosperar, hasta convertirse en símbolo de una forma irreverente, avanzada, propia y original de análisis del proceso contemporáneo de la vida africana. Al lado de su carrera como académico especializado, que le mereció cantidad de distinciones tanto en universidades de su continente como del mundo anglosajón, fue consultado por pensadores y gobernantes, que por lo general son especies distintas, sobre asuntos puntuales de la vida africana, con el ánimo de obtener de su parte luces sobre la mejor manera de interpretar el pasado y el presente, y de orientar los procesos que pueden llevar a su continente a un futuro mejor.

Escuchar a Mazrui fue siempre un espectáculo de fuerza, de optimismo, de lógica y de claridad. Sus lecciones, lo mismo que las conversaciones que diferentes personas pudieron disfrutar en circunstancias desde las más solemnes hasta las más mundanas, siempre le sirvieron a alguien de inspiración. Fue preciso y agudo pero no estridente. En todos los casos hizo valer su sensatez y su lógica implacable en lugar de la carga emocional de las reivindicaciones de todo un continente destrozado por poderes coloniales que pretendieron organizarlo, para desorganizarlo, a la medida de sus intereses.

Para asombro de muchos no incurrió en interpretaciones estereotipadas de las reivindicaciones africanas, porque consideraba que el hecho de buscar su fundamento en teorías ajenas solamente llevaría a mayores desaciertos. Por eso no comulgó con las ideas importadas del “socialismo africano” y tampoco con las del Marxismo, al que consideró una más de las ideas europeas que poco tenían que ver con ese continente que jamás pasó por el proceso histórico de construcción del capitalismo, que tuvo como epicentro Europa.

Tampoco hizo eco de las reivindicaciones del Islam militante en contra de nadie. Sus reflexiones sobre el puritanismo compartido entre el Islam y la cultura estadounidense de principios del Siglo XX, son bien conocidas. También lo son sus comentarios sobre los pecados de la segregación racial que anidaba en los Estados Unidos en esa misma época y que resultaría repugnante para los verdaderos musulmanes, y subrayó la tolerancia hacia las minorías que practicaron los imperios islámicos, como el Otomano, contraria a la segregación practicada institucionalmente por los anglosajones. Para no hablar de los conflictos morales propios de la sociedad norteamericana en el ámbito de las relaciones de familia, que no se han pervertido, según él, en el seno de las familias musulmanas. Pero hasta ahí llegó.

Aunque corría el riesgo de quedarse solo, Mazrui abogó en distintos campos por una especie de “liberalismo africano”, que no era otra cosa que la mezcla cuidadosa de principios liberales, de los más clásicos, con tradiciones propias de un continente de configuración tribal en busca de un puesto respetable en el mundo contemporáneo y sobre todo en el del futuro. Esa es la huella que se percibe, según sus lectores, en la obra de decenas de libros que deja como herencia junto con innumerables conferencias que resultaban fascinantes porque provenían de un pensador universal, capaz de ligar adecuadamente manifestaciones de la inteligencia que tocaban con diferentes disciplinas, y que tenían el encanto de su herencia de niño, que fue la de la cultura y la tradición orales, tan olvidadas cuando no proscritas en Occidente y que alimentaron su memoria, su creatividad y su imaginación.

La coherencia es tal vez la mejor herencia de Mazrui, como legado no solamente para los africanos, sino para todos aquellos que se quieran atrever a pensar por su cuenta, para buscar salidas de mayor dignidad a sus pueblos, obligados por las circunstancias a escoger entre caminos que han inventado otros y que no necesariamente conducen a una felicidad auténtica y merecida.
 

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