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Si en este momento, como periodista, escritor y editor que debutó en el sector público, tuviese que evaluarse, ¿qué diría? ¿Cómo le fue administrando recursos públicos?
Creo que me fue muy bien, y lo digo sin titubear, precisamente porque no considero que me haya ido bien solo a mí. Le fue bien a un grupo de más de mil personas: funcionarios, contratistas, directoras, directores, la secretaría general, abogados, jefes de planeación, y personas que trabajan en el territorio, quienes lo dieron todo durante este año y medio. Evidentemente, darlo todo no significa que todo haya sido perfecto ni que todo haya salido como se planeaba, pero, sin duda, un año y seis meses después de haber estado en el Ministerio, puedo ser concreto y explicar por qué creo que hicimos una muy buena tarea y una gran labor, aprovecho la entrada para incomodar, contrario a lo que se dijo en un debate al que El Espectador no nos invitó. En esa conversación, Catalina Valencia dijo que este no era el momento de la cultura y que no veía nada. Es una lástima el canibalismo entre gestores culturales. Es triste que no podamos sentarnos a dialogar si hay críticas, y en su lugar se invite solo a unos cuantos para que se quejen e insistan en que este gobierno ha sido un fracaso. No es cierto. Este gobierno ha sido un éxito. Ha presentado al país una agenda de cambio, permitiendo la entrada de nuevas sensibilidades. Un cambio, evidentemente, produce un gran cataclismo y conmoción en la vida pública de un país. Los medios nunca han sido tan adversos a un gobierno como lo han sido con este y con asuntos preocupantes que tocan la vida personal de las personas. Entonces, insisto: ha sido una gestión enorme, no mía, sino de un equipo de personas que permanece y se queda.
Lo invito entonces a tocar unos cuantos puntos que, justamente, se mencionaron en la charla en cuestión de los Diálogos del Magazín: el 12 de diciembre nos llegó una carta titulada Ataque a las culturas, firmada por usted, en la que cuestionó el hundimiento de la Ley de financiamiento. Casi al final de esa carta aseguró que la ejecución del presupuesto había sido del 90%, y que el 10% restante correspondía a pagos pendientes para contratistas. Esto también se defendió en la rendición de cuentas realizada ese mismo día. Sin embargo, cuando revisamos el SINIC, encontramos que la ejecución presupuestal de 2024 fue del 62,6%. ¿De dónde surgen esas dos cifras y cómo se explican?
Es una maravillosa pregunta y una crítica válida tanto para el periodismo cultural, del que formo parte, como para el sector cultural en general. Desconocemos —y me incluyo— cómo funciona el sistema de hacienda y el manejo del presupuesto, a menos que lo deposites en un fondo para que lo administre un tercero. Eso es lo que históricamente se ha hecho en este país. Cuando intentas ejecutar los recursos a través de comunidades y contratos más pequeños, lo que tienes es un presupuesto que vas ejecutando de manera progresiva. Ese 62% pagado es parte de ese proceso. Sin embargo, el 90% ya está comprometido, porque los contratos están firmados. No puedes pagar todo por adelantado. Por ejemplo, si tienes un proceso de formación artística, adelantas una parte del contrato, pero no lo pagas completamente hasta que se haya finalizado, como ocurre en cualquier situación. Es lo mismo que sucede con el pago del arriendo: no pagas todo el año de golpe en enero; lo haces mes a mes. Así es como se gestiona un presupuesto global. El ministerio, en el Sistema de Información y Gestión del Patrimonio Cultural (SINIC), ha ejecutado sus recursos de manera visible. Actualmente, la ejecución está en un 74% o 78%, aunque aún hay cosas por pagar porque hay contratos abiertos: obras de infraestructura, contratos con bibliotecas públicas, entre otros. En estos casos, no se paga todo por adelantado, y aquí encontramos una deficiencia común en la comprensión de cómo funciona la hacienda pública, el Plan Anualizado de Caja (PAC) y la manera en que se trasladan los recursos mensualmente a los contratistas. Sé que hay quejas de los contratistas, pero a veces vivimos una ficción sobre lo que significa ser contratista.
Ese ejercicio lo hicimos. Sabemos que, para leer esos porcentajes, hay que entender los conceptos de apropiación, compromiso, obligación y pago, pero cuando uno dice que tiene una ejecución de más del 80%, está hablando de una muy buena ejecución, y en el SINIC la cifra es de un 64%…
Es una ejecución pagada, es decir, el 90% está comprometido y el 60% ha sido efectivamente pagado. Pero te insisto, ninguna cuenta en la vida se paga de antemano, salvo las que van a fondos. ¿Qué pasa con el Ministerio de Educación? Allí se transfiere casi el 90% de los recursos de manera directa al FOMAC y a otros fondos que administran esos recursos. ¿Y qué ha pasado históricamente en el Estado colombiano? Se crean fondos para transferir el total del presupuesto y, a través de ellos, se terceriza la ejecución de los recursos. Es un proceso complejo, y acepto el desafío de cuestionar el sistema. Sin embargo, lo que te puedo decir es que cuando uno llega con la intención de cambiar las cosas, como lo hicimos nosotros, también debe transformar el sistema y las formas de apropiación y ejecución de los recursos. Históricamente, se han cometido muchas injusticias en este sentido, como trasladar grandes partidas a fondos. En el sector cultural no existen fondos de ejecución directa. El único fondo creado por ley es Foncultura, pero no maneja recursos. Otros fondos, como Co-Crea, Batuta y la Orquesta Sinfónica de Colombia, son mixtos y manejan recursos por proyectos específicos. Entonces, la rendición de cuentas, que genera tanta expectativa porque la cifra parece ser el reflejo de la gestión, también tiene un enfoque político. No significa que por haber pagado solo el 60% hayas fracasado. Al contrario, podría indicar que has sido responsable y cuidadoso, que no adelantas pagos ni transfieres recursos de forma apresurada, sino que haces un seguimiento riguroso a cada contrato antes de pagarlo. Te doy un ejemplo: el Hospital San Juan de Dios. Para las obras de restauración, tú das un adelanto, lo que representa un compromiso, pero no pagas de entrada los 10 o 20 mil millones de pesos que cuesta la restauración completa. Imagínate lo que pasaría en este país si se hiciera eso. El adelanto queda comprometido, pero no se paga completamente hasta que se finaliza la obra. Ese dinero está en el presupuesto como un compromiso del 100%, pero no se verá reflejado como pagado hasta el final del año, salvo que se trate de vigencias futuras. Así funciona el sistema: las cifras no muestran el pago inmediato, sino la proyección a lo largo del tiempo.
Hablando del San Juan de Dios: de los compromisos y según estos datos que tenemos de Hacienda, que es el reporte de Seguridad de Información Financiera, es el proyecto que más baja ejecución tiene: un 6,4%…
Claro, porque son obras. En el San Juan de Dios, lo que nosotros llegamos a contratar fueron 110 mil millones para el Instituto Materno Infantil, más unos 100 mil millones adicionales para el resto de las 10 obras que estamos realizando desde el Ministerio. Eso significa que el Ministerio va a entregar aproximadamente el 70-80% del hospital en obra, y algunas obras completamente terminadas, pero todas esas obras se pagan cuando se entregan, no antes. Lo que ocurre es que tienes que contar con la reserva presupuestal, porque si no, ¿con qué pagas? Por eso surge esa ficción de que “no ejecutan bien”. Al contrario, yo creo que aquí hay un manejo fiscal muy responsable. El país ha demostrado un comportamiento fiscal modelo en estos dos años, y eso ha sido reconocido incluso en las noticias. No ha habido descalificaciones por parte de las agencias internacionales. La economía crece, la inflación baja, el dólar se mantiene estable, se crea empleo, disminuye la pobreza y el hambre. Entonces, ¿dónde está la catástrofe que anuncian día y noche? Hay un elemento político detrás de esto que me preocupa. El problema no es que ustedes no nos hayan invitado al debate, sino que allí se usaran frases apocalípticas como las de Catalina Valencia. La vi en redes diciendo que en cultura no se ha hecho nada. ¿Cómo así? Catalina ha ido al Ministerio, ha tenido reuniones, y yo misma la he atendido. Siempre hemos sido cordiales con todos los que quieran conocer lo que hemos hecho. Entonces, me pregunto, ¿por qué seguimos trabajando así en este país? Si vamos a hacer un debate, hagámoslo. Si la propuesta es ponernos las cosas difíciles, ¡chévere! De eso se trata. Yo siempre he estado abierto a las críticas. Me parecía lo correcto cuando estaba en tu lugar: cuestionar al poder, preguntarle qué está haciendo y por qué lo está haciendo, y sospechar cuando sea necesario. Me parece magnífico. Ese es otro gran logro nuestro. Nunca, jamás, cuando dirigí y edité Arcadia o trabajé en El Espectador, conseguí que el Ministerio de Cultura me respondiera directamente. Te soy franco, yo nunca pude tener un debate con ninguna ministra.
En la charla que usted menciona, el escirtor Giuseppe Ramírez mencionó las comunicaciones internas y externas del Ministerio de Cultura. Varios contratistas de entidades adscritas al Ministerio se han quejado de no recibir respuestas claras sobre las demoras en sus pagos. Y entendemos que estas demoras están relacionadas con la disponibilidad de recursos y los problemas del PAC, pero se refieren, ademas, a que el ministerio no respondió de forma clara y puso a los directivo de estas entidades a enfrentar un asunto en el que no tenían mucho para hacer…
Ahí hay una distorsión, y por eso es tan importante para mí reivindicar uno de los logros que, aunque algunos digan que no hay política ni logros, es real y palpable: el fortalecimiento institucional del Ministerio de Cultura. Este año, se han creado 340 nuevos cargos, lo que, sumado a los 280 que existían cuando llegué, nos da un total de 600 funcionarios de planta. Esto cambia la estructura de la institución. Cuando solo tienes unos pocos funcionarios de planta y 1.440 contratistas sometidos a la precarización, a la disponibilidad del PAC, es una situación completamente distinta. El presupuesto de funcionamiento no falla; te pagan a tiempo si eres funcionario. Sin embargo, el contratista depende de la disponibilidad del PAC, y si no se lee bien el contrato, surgen problemas. El mundo en el que se construyó todo esto, bajo una visión neoliberal y uribista, ha sido brutal, porque apuesta por menos Estado y más mercado, lo que atenta contra el trabajo digno de las personas. Si bien las comunicaciones del Ministerio fallan en muchos casos, yo soy el primero en reconocer y asumir esas fallas. De hecho, soy el primer ministro que se sindicalizó y también el primero en contestar incluso lo que no tenía por qué responder. He tratado de explicar las dificultades, sabiendo lo complicado que es para la gente cuando no reciben sus pagos a tiempo. Aunque solo nos pasó una vez, entiendo perfectamente esa desolación.
Respecto a los nuevos funcionarios de planta del Ministerio, ¿estos puestos serán fijos o temporales?
Serán fijos. No se pueden quitar. Hay algunos puestos temporales en el sentido de que se pueden hacer encargos, como por ejemplo, asignarte a ti, a Santiago o a Laura, pero para esos cargos se debe abrir un concurso. Sin embargo, esos cargos no se le pueden quitar a las personas. Son puestos de planta, y lo que hicimos fue fortalecer los grupos existentes. El gobierno anterior, por ejemplo, deshizo los grupos de artes de la Dirección de Artes. Para que un grupo exista, debe haber al menos cuatro funcionarios. Cuando se crean nuevos cargos para asesores con salarios más altos, lo que se hace es eliminar esos cuatro funcionarios de planta para poder crear un cargo nuevo con el fin de aumentar los salarios. Este tipo de decisiones desnaturaliza la estructura institucional y deja sin grupos. Al final, solo quedan contratistas, pero con contratistas no puedes tener una estructura de trabajo adecuada.
Si, por ejemplo, yo soy tu contratista y tú me dices que Laura es mi jefa, eso genera un problema, porque como contratista no tengo que subordinarme a ti. Por eso es tan importante la estabilidad institucional, porque sin subordinación no hay memoria ni lógica de trabajo.
Sabemos que hubo problemas en todas las carteras debido a la falta de disponibilidad de presupuesto, pero ¿qué fue lo que usted priorizó con el dinero que fue llegando?
Priorizamos a las comunidades, porque ese era el mandato que teníamos del presidente de la República. Según el programa de gobierno, debíamos invertir el 70% en los territorios excluidos. Por supuesto, no podíamos cubrir todos los territorios porque no teníamos suficiente dinero, pero priorizamos los del litoral pacífico, como Tumaco y Chocó, y en Chocó, por primera vez, se creó un plan departamental de bibliotecas debido a la crisis. También priorizamos el sur del Caribe, como Ayapel, San Onofre, y 11 municipios más, incluyendo Cartagena, Medellín y Cali, en barrios excluidos como Moravia, El Pozón y Agua Blanca. También se incluyó La Guajira, El Catatumbo y algunas zonas de la Amazonía colombiana.
Allí se destinó la mayor parte de la inversión del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, específicamente en lo que llamamos Los pactos culturales. Se invirtió en programas de formación artística y cultural, así como en las demás direcciones del ministerio. Si analizamos el presupuesto del ministerio, que el año pasado fue de un billón largo para inversión (no para funcionamiento, que es lo que cubre los salarios), 360 mil millones de pesos fueron destinados a formación artística y cultural. Y aunque Catalina Valencia diga que no se logró nada, es falso. Llegamos a 1.540 colegios, lo cual puedo certificar con los profesores de los centros de interés, que básicamente son los antiguos colegios vocacionales. Es decir, al final del día, los estudiantes podían elegir entre deportes o artes, y eso se implementó tanto el año pasado como este año. Además, la ministra Yanay Kadamani consiguió con el Ministerio de Educación la creación de 1.200 plazas dentro de la carrera pública de maestros, para que artistas puedan aplicar y ser profesores de artes en colegios.
Hubo problemas con el Programa Nacional de Estímulos, retrasos en el pago de los contratistas, entre otros. Hoy mencionó en la entrevista de Caracol Radio que seguramente cometió errores porque los ministros no son infalibles. ¿Esos problemas se deben a un fallo estructural del Ministerio de Cultura?
Cometí errores, y lo reconocí públicamente en redes sociales y en un primer debate con Giuseppe Ramírez y Esfera Pública, cuando se nos cuestionó el tema de las convocatorias y las becas, algo con lo que además estoy de acuerdo. Esa cantidad de papeles, de informes para justificar cosas que ya se hicieron, es una demencia. ¿Por qué, si te ganaste una beca para hacer una obra de teatro, tienes que llenar un informe para decir que hiciste la obra de teatro? La obra de teatro debe ser el informe. Lo mismo con una novela o cualquier proyecto artístico. La burocracia nos tiene sometidos a un sistema demencial. Creo que el sistema de estímulos y becas es bueno, pero le falta mucho por mejorar. La cantidad de propuestas que este gobierno comenzó a recibir, tras eliminar varios requisitos, aumentó considerablemente. Eso nos obligó a repensar el proceso. Tomamos medidas para eliminar requisitos, fortalecer los equipos, garantizar mayor transparencia en las fechas y simplificar los sistemas de pago. Ya no es ese esquema de “un pedacito ahora y otro pedacito después”, que dejaba al artista en el aire si no llegaba el segundo pago. Entiendo perfectamente la desesperación de la gente. Mi aspiración es que mis compañeros, compañeras y la nueva ministra o ministro se comprometan a continuar este trabajo. Si yo hubiera llegado al ministerio en este momento, con este mismo proyecto, sin duda seguiría en esa misma línea de transformación.
Dijo que renunció, entre otras razones, porque no podía trabajar con un jefe de gabinete demandado por maltrato hacia las mujeres. Hablemos de eso, pero, además, cuentenos cuál es su posición respecto a esta exposición del Consejo de ministros?
La frase “lo personal es político” es verdad para mí. No soy, ni mucho menos, un modelo a seguir en nada. No soy moralmente mejor que nadie, tengo millones de fallas y grietas morales en mi vida. Seguramente sigo siendo machista, con comportamientos misóginos todavía, pero es algo que estoy trabajando. Es una lucha constante que tengo con mi hija y con Tatiana, que es mi compañera en estos debates. Aquí en mi casa hay un diálogo permanente sobre esos temas, sobre el cuerpo, el respeto y la cultura patriarcal en la que vivimos. Ese punto de partida, para mí, es clave en el cambio cultural. Si no me sonrojo al ver que mi principal interlocutor es un maltratador de mujeres denunciado —y no es algo que yo me esté inventando—, entonces estaría fallando en mis principios. Esta persona fue denunciada en España hace pocos meses, y además tiene otras acusaciones que no puedo probar, pero lo cierto es que es un operador político de una corriente que siempre he criticado y seguiré criticando. Si no puedo defender eso públicamente, ¿por qué debería quedarme? No estoy de acuerdo con tragarse sapos solo por mantener un cargo. Respeto la decisión soberana del presidente de la República, a quien le tengo gratitud, respeto y aprecio. Comparto su ideología y su propuesta de país, pero debo ser consecuente con mi realidad y con el proyecto cultural que represento.Si me hubiera quedado, ¿qué habría pasado? A cada crítica me habrían preguntado: “¿Y el maltrato a las mujeres, qué?” ¿Qué iba a responder? ¿Inventarme justificaciones? No, porque no se puede justificar el maltrato. Tampoco se puede decir que “los feminismos también son agresivos”, porque eso es falso. La realidad es que los hombres matan mujeres, punto.
Le recuerdo la frase de Gustavo Petro: “Los feminismos destruyen hombres”…
No lo comparto y lo critico públicamente: eso no es cierto. Me indigno con los chistes machistas, con escuchar a locutores hablando de las piernas, cuerpos, estatura, tono de voz o gustos musicales de sus compañeras, reduciéndolas a una voz de compañía. Eso es lo que debemos desmontar culturalmente, entre muchas otras cosas. No estoy de acuerdo con esa frase del presidente, y hoy, como ciudadano, puedo decirlo: el feminismo no mata, el machismo sí.
Volvamos a ese Consejo: usted qué piensa de lo que pasó ahí. Quedó claro que hay una fractura gigantesca en el gabinete, una inestabilidad que se hizo evidente.
La gente espera ver en un gobierno lo que ha visto tradicionalmente en este país o lo que muestran las series norteamericanas: estructuras sólidas, ordenadas, con jefes, hegemonías y secretos. Pero lo que vieron fue lo que realmente sucede en un consejo de ministros. ¿Qué me parece que estuvo mal? Televisarlo sin que hubiera un acuerdo sobre el orden del día ni los temas a discutir. Eso fue un error, porque primó lo emocional sobre lo programático, y cuando eso pasa, todo se convierte en un chisme o en una telenovela de quién dijo qué y quién no se lleva bien con quién. El error fue exponerlo públicamente, porque mostró una debilidad, aunque los desacuerdos no eran personales, sino sobre ideas que no comparten el progresismo.
Hicimos un texto sobre la narrativa de Gustavo Petro, sobre su discurso, sobre todo porque nos llamó la atención sus constantes referencias literarias, musicales, artísticas y, sobre todo, su insistencia en compararse con Aureliano Buendía. Una de nuestras fuentes, nos dijo: “De cierta forma, y con estas referencias que ha utilizado, Petro ha construido una imagen de político artista y, a medida que pasen los días para llegar al final de su mandato, veremos a Petro buscando el poder ya no en la política, sino en la grandilocuencia del lenguaje. Cada vez más aferrado a la ilusión de la palabra, lo veremos más como un artista y menos como un político, pero esa no es la función del cargo…
Estoy absolutamente en desacuerdo, por una razón: creo que estamos asistiendo, gracias al presidente Petro, al regreso de la política. Y la política se hace con palabras, con ideas, con discusiones complejas sobre una sociedad. Pueden ser buenas, malas o regulares, pero nos permiten hablar de temas tan complejos como el feminismo, el patriarcado, el colonialismo, la purofobia, el clasismo y la racialización. Creo que es maravilloso en una sociedad que no se ha atrevido a hablar de esos temas, porque eso está vedado, porque se dice que no es cierto: “Aquí no somos racistas”, “Aquí no somos clasistas”. Pero eso es mentira. Creo que el presidente ha lanzado desafíos a la sociedad a través de intervenciones que a muchos les parecen incómodas. Me pregunto: ¿qué hubiera pasado si el presidente no tiene la audacia de trinar lo que trinó ese domingo a las 3 de la mañana sobre América Latina? A mucha gente le desagradó y le pareció gravísimo, pero ese tuit es la expresión de algo que el progresismo ha defendido toda la vida: aquí hay un colonialismo por parte de Estados Unidos hacia América Latina, convirtiéndonos en un laboratorio social de muchas de sus políticas.
¿Y usted qué interpreta de las recurrentes citas de Cien años de soledad o de que se compare tanto con Aureliano Buendía?
Me imagino que es una filia suya, algo que se le volvió reiterativo. Él es un hombre que encuentra gran inspiración en García Márquez. De hecho, cuando editamos y escribimos su libro, El Presidente, me contó algo que no se ha mencionado mucho: su inspiración en la historia de García Márquez en Bogotá. Gabo llegó a Bogotá como un hombre caribe a trabajar en tu periódico, El Espectador, llevado por Guillermo Cano, que lo recibió de forma hospitalaria en una ciudad muy poco amable con los caribeños. Gabo siempre resintió el clasismo y el racismo de Bogotá, hasta que en 1982 decidió romper definitivamente y se fue a vivir a México. Ese clasismo hacia lo caribeño viene desde el siglo XIX. Aquí siempre se ha dicho: “¿Cómo pueden trabajar allá con ese calor? Nadie piensa, es un desastre, son perezosos y borrachos”. Ese resentimiento por querer reivindicar lo caribe también está en el presidente. García Márquez fue expulsado del país en 1982 tras ser acusado de ser auxiliador del M-19. Se fue a la embajada de México, que le puso un carro para salir al aeropuerto y huir. Rafael Santos, bajo el seudónimo de “Ayatola”, escribió en El Tiempo que Gabo “fabricaba” su persecución para vender libros, cuando ya había vendido millones desde Cien años de soledad y estaba a meses de ganar el Premio Nobel.
En la entrevista que le hicieron hoy en Caracol Radio, dijo que estaba buscando trabajo, pero ¿en qué? Usted ya dijo que quería seguir en la política…
Sí, porque yo creo que la política no se reduce a un cargo y porque sería irresponsable de mi parte haberle lanzado tantos desafíos al sector cultural y decirle, organícense, hagan algo, y poco hablar desde ese lugar que tiene un lugar de poder. Y ahora, cuando ya me toca estar afuera, decir, no, bueno, ya no más, ahora ya me voy yo solito. No, pues yo tengo que seguir trabajando en esto. Lo político no es solamente ocupar cargos políticos. Por supuesto que si algún día me vuelven a invitar a la función pública, volveré,dependiendo por supuesto de quién me invite, porque yo tengo ideas, defiendo posiciones, si hay un gobierno de coaliciones y yo puedo representar la coalición de izquierda, ahí estaré, bajo ciertas condiciones, yo no me articulo a lógicas de poder en donde el alcalde o el presidente de turno me va a decir lo que yo tengo que pensar sobre este país y sus culturas, si no puedo ser libre ya sabes qué es lo que pasa, eso es una desventaja, eso está en mi contra, porque ya sabes que si yo no coincido, pues doy un paso al costado, aquí la gente quiere ejércitos y servidumbres y yo me rebelo contra eso, porque yo crecí en el periodismo, porque eso era lo chévere de hacer periodismo en mi época y en la tuya todavía en el periodismo en el que estás, en que había que batirse con las ideas y con los textos y los enfoques y había que criticarse. Haré lo que esté a mi alcance y donde esté, seguiré planteándole preguntas políticas al país. En Planeta construí un catálogo que hacía preguntas políticas al país, que le abrió campo a la izquierda y a los libros sobre historia y sobre el país. En Arcadia hice lo propio, en la Feria del Libro también. Y así, en cada uno de mis trabajos he intentado que eso que ha sido excluido históricamente encuentre lugares en esta ciudad letrada que a veces es tan excluyente con otras sensibilidades de este país. Yo creo que por ahí empieza también la paz, por abrir puertas, hablar entre nosotros y entender que los desafíos del cambio cultural también pasan por eso que dice también el feminismo y es que lo personal es político.
Hay un gran porcentaje del sector cultural y de ciudadanos que están muy desilusionados del proyecto de Gustavo Petro. Se dice, además, que va a ser muy difícil que un gobierno de izquierda regrese al poder. ¿Usted qué les diría?
Estoy en completo desacuerdo con esa idea. El tiempo de la cultura no es el tiempo de las elecciones políticas. Eso me parece una pequeñez y un parroquialismo absoluto. ¿Quién está hoy desilusionado del gobierno de Gustavo Petro? Yo diría que las clases medias altas, privilegiadas, que esperaban un cambio inmediato. Los comprendo, son mis amigos o gente con la que yo hablo. Pero allá en Timbiquí, Guapi, Pasto, Sandoná, Riohacha, Manaure, el Pozón, el Catatumbo, Ocaña, en esas comunidades la gente hoy se siente reconocida por este gobierno, porque ha hecho un esfuerzo de reconocimiento cultural como ningún otro. Yo hago parte del privilegio y lo reconozco, pero aun así creo que hay que trabajar por los que no tienen nada.
*Lo invitamos a ver la entrevista completa mañana, 7 de febrero, a las 10 de la mañana, en el formato de video Entrevistas El Espetador (www.elespectador.com)