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El condón es más antiguo que la Iglesia católica. Tripas de animales con una de sus puntas atadas, vejigas natatorias de peces o de cabras, capuchones fabricados con lienzo, calabaza, cuero, seda y papel aceitado les sirvieron a los amantes de civilizaciones tan antiguas como la egipcia para evitar el contagio de enfermedades venéreas.
Por esto para muchos resulta algo tardío el anuncio hecho este fin de semana por el papa Benedicto XVI en el sentido de aceptar que los católicos “bajo ciertas circunstancias” usen el condón, hoy fabricados con látex.
Puntualmente, el Pontífice le explicó al escritor Peter Seewald, quien prepara un libro-entrevista titulado “Luz del mundo” y que saldrá a la venta el 23 de noviembre, que “pueden haber algunos casos justificados del uso del condón, por ejemplo cuando una prostituta utiliza un profiláctico. Ello puede ser el primer paso hacia una moralización, un primer acto de responsabilidad, consciente de que todo no está permitido y no se puede hacer todo lo que uno quiere.”
Mejor tarde que nunca ha sido la opinión de organizaciones que trabajan en la lucha contra la epidemia del sida, el contagio de otras enfermedades de transmisión sexual y con grupos poblacionales vulnerables.
“Este desarrollo reconoce que un comportamiento sexual responsable y el uso de preservativos desempeñan importantes papeles en la prevención del sida”, dijo el director ejecutivo de Onusida, Michel Sidibé.
“El hecho de que este comentario haya salido a luz pública va a permitir una mejor apertura de las personas a no sentirse culpables por usar el condón”, sostuvo Miriam Betancourt, de la Asociación de Mujeres Médicas.
Aunque no se trata de un pronunciamiento oficial, las palabras del pontífice fueron tomadas como una posición más flexible. Durante décadas la Iglesia Católica ha sido fuertemente criticada por su postura radical frente al uso de un dispotivo que ofrece una efectividad del 95% a la hora de prevenir una enfermedad de transmisión sexual y del 97% como método de control natal.
El portavoz oficial del Vaticano, el jesuita Federico Lombardi, intentó matizar las declaraciones de Ratzinger afirmando que no representa ningún “cambio revolucionario” dentro de la doctrina católica.