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Hombre, debo decir a modo de salvedad, que fue más propio discutir, contradecir y criticar a Uribe cuando estuvo en el Gobierno. Y se dio espacio para hacerlo y hubo tiempo —¿qué tal ocho años de abusiva permanencia en el poder?—.
En la hora de ahora, lo que observo es una gavilla que se ejerce contra el expresidente desde el Gobierno, pero también desde sectores judiciales y políticos, y, ni para qué decirlo, desde la dictadura vecina, que con toda la paciencia de nuestra Cancillería, insulta en los peores términos a quien representó la República por largos años.
No quisiera, como parece pretenderlo el Centro Democrático, que Uribe vuelva al poder ni mucho menos manipulando articulitos constitucionales. Pero, bueno, ¿qué es eso de atacarlo, primero porque quiere la guerra y, agotado lo anterior, porque, en su momento, quiso la paz?
La paz que pretendió Uribe, mediante fallidas entrevistas con Pablo Catatumbo, que serían en Brasil, no eran diferentes a los acercamientos de otros gobiernos con la insurgencia. Recuerdo los tiempos de Belisario y los nocturnos y graciosos encuentros en el Campo del Moro, en Madrid, o los viajes del procurador Jiménez a Panamá para hablar con los narcos, que financiarían la deuda externa del país. Diría que todos los gobiernos han combatido y al mismo tiempo han tratado de zanjar pleitos armados mediante conversaciones de paz.
Pero la paz de Uribe, que no llegó a serlo, no comprendía el agravante de conversar en un país comunista, origen mismo y fuente de la insurgencia. Para mí —es una conjetura— las conversaciones de paz de este Gobierno y el repentino vuelco político de Juan Manuel Santos al llegar al poder no son de su entera propiedad.
Hace dos años pienso que quien verdaderamente gobierna en estos temas es don Enrique Santos Calderón, de suyo el más capacitado entre brillantes hermanos y de quien muchos creímos llegaría, si fuera el caso, a las esferas del poder. Sus contactos con la izquierda desde cuando era el hijo díscolo de don Enrique Santos Castillo facilitaron la actual negociación, como se supo de los preliminares a los interminables diálogos de Cuba. Hoy, este Enrique, o Enriquito, como le dicen sus amigos, se mantiene de bajo perfil, luego de algunos rifirrafes con alias el Médico, cuando éste hacía parte de los negociadores por la guerrilla. Pero del influjo de Enriquito no se duda, dado su mayorazgo y su recia personalidad.
Es época de traiciones. Ni para qué mencionarlas. Algunos no traicionan, sino que es de su estilo vital permanecer con quien se halle en el poder. Pero ¿qué tal un alto comisionado de Santos, y antes de Uribe, desvelando las intenciones de paz de su jefe anterior? ¿… Y es que eso de la paz era malo o bueno?