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Ser árbitro de fútbol puede ser uno de los trabajos más injustos con el ser humano. Estar en la mira de futbolistas, analistas, directivos e hinchada producen que cada error del árbitro sea condenado fuertemente desde cada lugar del deporte. Las que más sufren en cada partido, son las mamás de los colegiados que no soportan las críticas e insultos proferidos hacia sus hijos.
Wilmar Roldán, Rafael Sanabria y Andrés Rojas vivieron apoyos distintos desde sus casas, sus madres asumieron de manera distinta la notica que sus hijos les llevaban de que se iban a dedicar al arbitraje profesional. Sin embargo, en estos tres casos sus mamás lo único que querían era que sus hijos estuvieran lejos de los escándalos que envuelven al mundo del fútbol.
Wilmar Roldán
Wilmar Roldán tenía 10 años cuando dirigió su primer un partido de fútbol. Fue un juego de niños en Remedios, Antioquia su pueblo natal. Era muy chico aun cuando recibió de madre Luz Amparo Roldán, le dio un consejo que lo marcaría de por vida. Le enseñó que trabajara de manera honesta en cualquier ámbito al que se dedicase y que sobre todo no metiera en problemas.
Sin embargo cuando su hijo le comunicó que su vida iba a girar en torno al arbitraje profesional, Luz Amparo recibió eso como una mala noticia. A Roldán no le importó que a su madre no le gustara su decisión y siguió su camino a la meta que se había propuesto. Por la desobediencia de su hijo, Luz Amparo no estuvo muy pendiente de él en las categorías inferiores. Wilmar siguió su camino en soledad, pero sabía que en su casa aunque no lo dijeran, lo estaban apoyando con mucha fuerza.
Son muchos los momentos de dificultad que tiene que atravesar un árbitro para llegar a la cima. Roldán tuvo que superar los obstáculos solo, pero en silencio su madre también saltaba junto a él. Cuando llegó el 23 de febrero de 2003 y con el la primera experiencia de Wilmar en el fútbol profesional en un partido Millonarios ante el Once Caldas, recibió una llamada de su casa. Era su mamá que lo felicitaba por haber cumplido su sueño y lo felicitaba por nunca haber dejado de perseguirlo. Las palabras de ella fueron una inyección para que su debut no se volviera en despedida.
Rafael Sanabria
Admirador de los árbitros de su época como Guillermo Chato Velásquez y el chileno Mario Canessa, Rafael Sanabria siempre quiso ser árbitro de futbol. En su casa, su mamá Inés Díaz no le puso las cosas fáciles en su camino. Ella pensaba que de esa profesión su hijo no podría llegar a vivir. “Cuando sea grande me vas a ver triunfar, estaré en los periódicos, en la televisión y dirigiré los partidos más importantes del fútbol”, le decía el rebelde joven a su madre que no quería pensar en esa posibilidad.
Para seguir su camino en busca de su objetivo de vida, Rafael decidió volarse de su casa en Toca, Boyacá a los 13 años para irse a Bogotá y así estar más cerca de su sueño. Pasaron 15 días para que Inés pudiera encontrar a su hijo. Preocupada por los actos que pudiera cometer Rafael, que estaba empeñado en seguir en busca de su futuro, decidió que ese era el momento para dejar un lado la angustia y acompañar a su hijo en su propio camino y darle la mano para que pudiera triunfar.
Bucaramanga, fue la ciudad en la que Sanabria se empezó a consolidar en el arbitraje. Como muestra de superación y de que las cosas iban por buen rumbo le enviaba fotos a su madre de los recortes de la prensa local de los partidos que había dirigido en el fútbol regional y en la primera C del fútbol nacional. Ya las palabras del niño de 12 años se empezaban a volver realidad, en su casa esas noticias llegaban para darle un aire de tranquilidad a su mamá.
Cada escalón que subió Rafael en la carrera del arbitraje era una preocupación más para su mamá, que veía el fútbol profesional como un ambiente muy hostil para su hijo. Con palabras de tranquilidad, Sanabria intentaba calmar a Inés para que viviera esa experiencia con la mayor paz posible.
Deportivo Cali ante Atlético Huila fue el primer partido en el que dirigió Rafael en la primera división del fútbol colombiano, su sueño se volvió desde ese momento, en una realidad. Cuando se concluyeron sus primeros 90 minutos en la categoría A, de su casa solo llegaban palabras de orgullo y admiración de parte de toda su familia, pero en especial de su mamá.
Andrés Rojas
Un día, cuando Andrés tenía 17 años llegó a su casa en Bogotá entusiasmado a contarle a Nubia Noguera, su mamá, que iba a estudiar para convertirse en árbitro profesional. Asombrada por la decisión de su hijo, Nubia le llevó a comprarse su primer uniforme a una tienda deportiva cerca su casa. Ese fue el mayor apoyo que recibió Andrés de parte de su madre, pues en el fondo estaba angustiada por la decisión de su hijo. Nubia no se emocionó pero sí lo apoyó.
Nubia veía el esfuerzo y dedicación que hacía su hijo por cumplir su sueño. Dirigía tres o cuatro partidos diarios en la Liga de Bogotá o en diferentes colegios de la ciudad y llegaba a la casa realmente cansado. El mejor regalo para él era saber que su madre, le tenía en la mesa un plato humeante de sopa que le preparaba con el amor de una mamá, para luego lavarle cada uno de sus uniformes para que los pudiera tener listos y limpios para la siguiente jornada.
Cuando el tiempo lo permitía ella lo despertaba temprano y lo acompañaba a recorrer la ciudad y ver como su hijo deba ejemplo dentro de la cancha. Gesto que Andrés considera como el acto de apoyo más grande que pudo recibir desde su hogar.
En 2012, cuando debutó en la primera categoría en el partido Patriotas ante el Deportivo Pasto, Andrés hizo lo que siempre había hecho previo a los partidos. Le pidió a su mamá que le diera una bendición y un beso para que lo acompañe y le diera suerte durante el juego. Todavía hoy sigue con ese ritual en cada cancha que le toque actuar. Las palabras de aliento de Nubia siempre están presentes en la vida profesional de Andrés.