
Para Liliana Sanguino, la moda es mucho más que ropa. Es una forma de comunicación única, y cada quien tiene un lenguaje distinto. Desde niña lo supo, cuando se enamoró de unas botas y le dio lora a su mamá durante días para que se las comprara. Una vez las tuvo en sus manos, sin embargo, le dio vergüenza ponérselas: cayó en la cuenta de que no iban con las tendencias del momento y que absolutamente nadie las tenía. Cuando empezamos a conocer el mundo, queremos, sobre todo, encajar, así que atreverse a usarlas implicaba sentirse diferente, extraña. Por fortuna, muy pronto entendió que aquello que cubre nuestro cuerpo justamente puede expresar nuestra individualidad, aquello que somos y que los otros no son. Dedujo, entonces, que lo que llevamos puesto es para nosotros, no para mostrar. Es nuestra manera de decir qué nos gusta y de expresar nuestras ideas.
Esta manera de entender la moda siempre la acompañó. Vestirse, todos los días, era un acto revolucionario, ya que a diferencia de muchas otras personas, a ella no le interesaba entrar en los moldes, sino transgredirlos. En un principio, su relación con la ropa era un amantazgo: le atraía profundamente pero debía ubicarse en un segundo plano; por las exigencias de su papá ingresó a la Universidad de Los Andes a estudiar Arquitectura. Fue una carrera extraña, pero la chuleó en su lista de cosas para hacer. Y luego escapó a Londres, donde, por fin, dejó que su amor por la moda la envolviera y le diera alas. Ahora se la pasa en el aire. Después de unos años en los que demostró su talento en el medio, se convirtió en líder del programa de Diseño de Modas del London College of Fashion y, luego de cuatro años, se dejó llevar por su deseo de evolucionar, y entró a trabajar como docente de la Universidad de Westminster.
Liliana es profesora de Mercadeo y promoción de moda, una rama clave para la productividad de la industria dentro de la cual se encuentra la magia del diseño de vitrinas, área en la que se ha vuelto experta. Las marcas la llaman para que ella monte esa escenografía que determina que los compradores se enamoren de la ropa. Esa labor se relaciona con su posición como curadora y diseñadora del stand de Colombia en el International Fashion Showcase de Londres en 2015, que ganó el premio a mejor stand. La caleña lo tiene claro: en los espacios de compra y exhibición pasa todo. Después de que se fabrica la ropa hay que pensar en cómo venderla. Ahí es donde se pone a prueba la creatividad y todo es posible mientras el consumidor tenga una buena experiencia. Por toda su talento y su historia, Liliana es una de las invitadas especiales de Ixel Moda –que se llevará a cabo en Cartagena entre el 5 y el 6 de mayo–.
Detrás de lo que nos ponemos
“Es bueno ser diferente”, dice Liliana sin una pizca de duda. Según ella, la moda se trata de eso. Por esta razón, ser colombiana, en lugar de haber significado un obstáculo, se convirtió en una ventaja: ella ve las cosas de otra manera. En los años que ha vivido en Inglaterra, hasta el Brexit, siempre había sentido que era un país incluyente. No importaba la nacionalidad, la edad o la raza. Si eras bueno algo, tenías que intentarlo. “Mi ascenso en el medio se dio de una manera muy orgánica –asegura Liliana–. Se abrieron plazas en London College of Fashion, apliqué y entré”. Claro, hay que prepararse y ella nunca ha dejado de hacerlo. Luego de cinco años de trabajo hizo una maestría y luego se le presentó el reto de la Universidad de Westminster, que la apasiona.
En su adolescencia le quedó muy claro que las masas no eran para ella. Cuando todos deseaban los últimos tenis Reebok, ella buscaba algo exclusivo. En ese momento descubrió la ropa de segunda mano. Estaba en Nueva York, donde compró los clásicos Levis 501. Luego, en un viaje a Europa, se enamoró de un abrigo de piel de oveja. Lo que más le gustaba de esas prendas de segunda era que cargaban con una historia. Para ella, eso es lo más emocionante de la moda, trae consigo anécdotas, puntos de vista de otros tiempos, ideologías, formas de afrontar la vida. Eso es lo que más le gusta enseñarles a sus estudiantes: el peso histórico de la moda. Desde esa base, pensar en lo que nos ponemos deja de ser banal o trivial. La ropa, como testigo, habla de la cultura, de las costumbres y de las prácticas de las sociedades. En ocasiones, incluso, puede ser una declaración de principios.
A medida que avanza en su discurso, es claro que para Liliana la enseñanza es vivificante y edificante. Lo que más le gusta es ver cómo crecen sus estudiantes y todo lo que le pueden aportar a la sociedad. “La moda, como cualquier otro arte, es una forma de expresión y tiene valor expresar lo que uno cree. Por eso es importante que la moda mantenga sus ideales, promueva una imagen saludable y evada la discriminación de edades, razas, religiones o sexos”. Eso les enseña a sus estudiantes. Eso replica en su trabajo, que pueden ver los caminantes de Londres en las vitrinas. Eso la motiva a levantarse todas las mañanas, porque sabe que a través de lo que hace ayuda a reconstruir la sociedad a partir de la tolerancia, la inclusión y el respeto, por los otros y por nuestros cuerpos.
Fotos: Cortesía
